El coloso de la cinta de acero.
por javier Bosmediano
Esta
es una historia de dos hermanos que cursaban sus últimos años de escuela; ellos
siempre caminaron juntos y se dejaron
llevar por su curiosidad y sobre todo por sus emociones infantiles de forma
singular; sucede en esos días en que no
quieres ir a la escuela por alguna razón, entonces, tomas otro camino, una alternativa
de juego o de distracción distinta pero no siempre sucede esto, sino lo
contrario o quizá las dos cosas distracción y desgracia al mismo tiempo.
Es una
edad en la que no estás consiente simplemente se presenta un camino desconocido
para ti, lo tomas, pero no sabes que tan desconocido puede resultar.
Mi
nueva escuela evangélica me agradaba, no a mi entera satisfacción, pero si me
agradaba, algunos acontecimientos que los vivimos, son ahora los recuerdos más
duraderos que los llevo conmigo, cuando se trata de compartirlo, lo hago, pensando
en que nosotros los dos hermanos, no estábamos demasiado cuidados en casa y, en
materia de educación tampoco existía la preocupación que hoy se nota en las
nuevas generaciones donde se forman núcleos de convivencia organizada en sus
afanes y otras actividades.
Nos
cuidábamos unos a otros entre hermanos y nuestro pasatiempo era el juego. Un
juego que permitía el contacto afectivo lleno de calidez entre los integrantes.
Por los poros de los niños corrían torrentes de adrenalina y emoción. Hoy ya no existen por obra de los avances
tecnológicos. Esos pasatiempos que involucraban a muchos niños en la rayuela,
el florón, los marros, las canicas y las infaltables escondidas.
O “a
las cogidas” El juego que más disfrutaba era aquel en que existían dos bandos
de niños uno de los bandos se llevaba el
diablo y el otro San Benenito, cuando el diablo venía a llevarnos al infierno,
todos entrábamos en estado de miedo colectivo, nos atábamos unos a otros
fuertemente entrelazados los brazos, pero el diablo era el más fuerte y lograba
desatarnos e irremediablemente tendríamos que acompañarlo al infierno y por
supuesto nadie quería eso. San Venenito venía cojeando por el camino a
propinarle su merecida paliza al diablo usurpador de los dominios del santo;
lamentablemente éste no llegaba a tiempo a auxiliarnos, entonces el diablo se
llevaba la mejor parte y ganaba la pelea.
No
faltaba la “Chichiba Barbona” en la que un grupo hacía una fila a manera de burros de carga; el otro grupo saltaba en los
lomos del otro grupo que tenía que aguantar el peso de los jinetes hasta que
estos terminaban una letanía de canticos y números, si el grupo de los burros
no aguantaban la carga, se tenía que repetir la monta este juego era por demás
sabroso.
Otra
forma de pasatiempo eran las infaltables canicas donde se demostraba la
habilidad y puntería del jugador para hacerse con el mayor número de ellas.
etc. O el juego de aquella pelota que se la lanzaba lo más alto posible hasta
que nos escondiéramos para no ser alcanzados por el muchacho que nos quemaba de
un tiro con su pelota. En fin había mucha creatividad al momento de jugar en el
barrio; estos juegos nos permitan desarrollar destrezas de pensamiento,
creatividad y motricidad; eran épocas en que no conocíamos los juegos electrónicos
menos aún el celular o el Internet.
Por
las noches incluían historias de espantos: duendes, fantasmas y aparecidos así como las leyendas mal contadas por algún
vecino del barrio que nos mandaba a la cama a dormir llenitos de susto.
Al
llegar a casa después de clases y antes del almuerzo teníamos obligaciones de
oficio con nuestros padres como la de limpiar la chanchera que teníamos al
extremo de los terrenos vecinos. Las tareas escolares las realizábamos por
intuición, no creo que había alguien cercano que nos orientara en el nuestros
apuros, así nuestra relación con la escuela en términos de aprendizaje no era
buena y tampoco estaba definida como una responsabilidad o algo parecido, era
una circunstancia que no lograba entender y realmente no me gustaba, su
permanencia se me volvía tediosa. En consecuencia, a cualquier estímulo del exterior
sucumbiría, así fue como me “jalé la pera a clases” un día porque tenía
fobia a los profesores enojados cuando me atrasaba y ese día me atrasé a
clases.
Siempre
les tuve miedo a los adultos en la escuela, siempre recibí castigos muy fuertes
e inesperados este terror me perseguiría a lo largo de toda mi vida
estudiantil; lo debo confesar así sin recelo porque a la final fue una parte de mi vivencia en
la que
me sentí lastimado en lo más
sensible de mi espíritu lo que no permitió disfrutar de mi niñez, menos de mi
adolescencia como yo lo hubiera deseado.
Íbamos mi hermano camino de la escuela un poco
retrasados y pensando seriamente si entrar o no a, la cara el profesor enojado
era patética y no sabía las de razones de nuestras impuntualidades; cuando de
pronto en la puerta se encontraba un
joven de no más edad que nosotros, este extraño
nos invitó a caminar, luego nos dijo que lo acompañáramos a un pequeño
paseo en tren hasta que sea la hora de retornar a casa; o sea a eso del mediodía.
¡Los trenes me atraen mucho!- pensé- y
eso está mejor que la escuela claro que si…Su locomotora, ejercía una fuerza
magnética en mí; se me figuraba la máscara de la cara del diablo, pero el temor
lo desafiábamos en grupos de niños que regresábamos los domingos de las
caminatas desde unos terrenos donde habían unas cochas de agua que la gente las
llamaba “el agua amarilla” por esta ruta, en varias ocasiones vimos pasar al tren,
se lo escuchaba venir desde de lejos, el crujido de sus aceradas ruedas sobre
las rieles nos sobrecogía regresábamos a verlo y era el coloso de los rieles de
acero que pasaba cerca de nosotros haciendo zumbar nuestros oídos por la
descomunal fuerza de sus vagones desplazándose por entre la cinta metálica
interminable, pero jamás pensé que un día tomaría la decisión de subir a uno
para viajar solo por mi riesgo.
Nos
reuníamos en los patios de la estación cuando el tren estaba estacionado subíamos por sus escalinatas hasta el techo
allí corríamos por el lomo de los vagones, bajábamos y volvíamos a subir uno a
uno los vagones las veces que sea necesario hasta vernos agotados de someter al
coloso a nuestro antojo, siempre y cuando estaba estacionado.
Inspeccionábamos cada uno de sus misteriosos
escondrijos, veíamos con curiosidad como se acoplaban entre ellos los vagones y
el estrépito que producían cuando chocaban; luego la fricción contra los rieles era estridente. Sin embargo un paseo en tren,
me parecía de lo más fantástico y extraordinario, por mi cuerpo corría una
extraña sensación desconocida que me intimidaba, pero al mismo tiempo la idea
de un paseo en tren me atraía con
fuerza.
Nuestra
decisión fue inmediata, aceptamos la invitación del extraño desconocido Irnos
en tren a Cachaco, mi hermano y yo no
teníamos idea de dónde queda ese lugar; por supuesto, ya a la tarde estaríamos
en casa a eso de las 12:am; eso pensé. El pecado de faltar a clases se iba poco
a poco desvaneciendo. Así fue como abordamos en horas de la mañana el tren,
empezando nuestro codiciado viaje.
En
tanto el tren empieza su tortuosa cabalgadura mi curiosidad cada vez más se
agiganta y toma una forma fantástica. Hoy
trato de conservar el recuerdo de lo vivido.
Las
personas en su mayoría negros y campesinos toman su asiento en el tren, llevan
petacas, fundas y mochilas, uno que otro animal doméstico y algo de beber. Las
señoras se suben con niños de pecho y otros más grandecitos se toman de las
manos. Todo el escenario se convierte en un espectáculo de circo nunca antes
visto por mí, parece que el tiempo se detiene en ese vagón que parte con rumbo
desconocido hacia otra dimensión. A veces deteniéndose en lugares desconocidos
mi mirada se perdía por extensos valles a los dos flancos de la ruta un paisaje
siempre verde se puede ver desde sus ventanas, son terrenos de varias
haciendas; allí a lo lejos el ganado pastando con tranquilidad y los campesinos trabajando la tierra, a
nuestro paso algunos perros ovejeros salen asustados a ladrar al tren que sigue
su marcha inmutable.
El tren tiene que detenerse en algunas
estaciones y entonces la algarabía otra vez, la gente grita y gesticula entre
ellos se entienden, se dejan encargos, hacen comercio suben y bajan las cajas de frutas, leche, el
queso, el tomate de la sierra, se intercambia por frutas tropicales. Los
empleados del tren entran y salen de sus oficinas llevando el correo y otros
trámites necesarios; parece que es el tren una comarca flotante en búsqueda de
horizontes perdidos en la gigante espesura de la selva y al mismo tiempo el tren, parece la vida de estas
personas. Entonces en un costado de la vía se puede ver a algunos negros
apilando unos maderos enormes de color amarillo
todo el lugar está lleno de aserrín, son los durmientes que tienen que
subir al tren para construir otros tramos de la vía. A ese tren solamente le
hacía falta volar como en las pinturas
del genial……………………….. y así complacer mi encanto.
Sin
duda a alguien se le ocurrió la idea de que un tren viajara por los caminos del
Ecuador y este mentado señor se llamó Dn. Eloy Alfaro, mejor conocido como el
viejo Luchador.
Este
revolucionario y visionario manabita latinoamericano viajó satisfecho por los
rincones que logró unir, vitoreado por sus seguidores a bordo del tren, pero
nunca se imaginó que en ese mismo tren que paradójicamente logró construir
fuera llevado de Guayaquil a Quito donde se le esperó en la Plaza Grande para
asesinarlo y quemarlo en lo que se conoce como “La Hoguera bárbara”[1], producto de la virulencia
política enardecida en el Ecuador de entonces.
Se
cuenta que en el afán de conectar Guayaquil con Quito, la cinta de acero en un
momento, pareció vencerse al encontrarse con una enorme pared de roca, casi
perpendicular a la que llamaron “la nariz del diablo”. Sin duda concitó la
atención de toda la gente, que construía esta titánica obra y empezaron a
llamarle “El ferrocarril más difícil del mundo”, que no pocas vidas de ecuatorianos y extranjeros ya había cobrado;
las herramientas que tuvieron que utilizar era de un acero puro que se
importaba desde Inglaterra para perforar la roca a pulso que habrían de abrir
los túneles a lo largo de la geografía ecuatoriana. Obra titánica sin duda,
comparada con la construcción de la Gran Muralla China en la antigüedad.
Muchos murieron físicamente en esta difícil
empresa, pero el espíritu renovado de algunos ingenieros lograron hacer lo que
hasta ahora se considere una obra maestra: un zigzag cava la roca y permite el
tren avanzar primero y luego retroceder hasta alcanzar la altura necesaria para
llegar a la ciudad de Alausí, destino final del coloso, partiendo desde
Riobamba.
Por
momentos me detengo en mi relato para tratar de entender lo sucedido en esta
época históricamente relevante en la vida miserable del país. El oscurantismo
habría de cegar las mentes de un pueblo casi ignorante. Hubiera querido estar
presente en el momento en que la turba enardecida por las pasiones, víctimas de
un instinto asesino, ciegos de ira, casi en estado salvaje, toman la vida de un
hombre valioso en su manos, lo torturan y lo asesinan como si se tratase de un
monstruo abyecto, y cruel al que debían
eliminar en ese estado de pánico e ignorancia; o tal ves se les antojaba un
macabro festín con un anciano de 70 años cual estropajo tirado en la calle al
que deliberadamente debían quemar sin saber que se trataba de un portentoso y talentoso hombre cuyas virtudes
constituyen una herencia y legado en el consciente colectivo del Ecuador y América
así pensó Dn. Juan Montalvo cuando afirma que “los grandes hombres no se
conforman con poco han de combatir hasta ver colocada la imagen de la libertad
en el altar de la patria”.
Al encuentro con lo desconocido.
De
rato en rato, el tren hacía sentir su gemido profundo y largo; entonces parecía
tomar fuerza, empinándose con toda su carga de fierros y gente, era que se
aproximaban los túneles…., ¡si a eso lo que vinimos, a cruzar los túneles!,
agujeros largos, pardos, verduscos y húmedos lugares que el hombre los había
cavado al interior de las entrañas de la tierra para hacer que el tren pasara;
a la salida de los túneles se podía escuchar el portentoso sonido del agua
cayendo desde las alturas de las montañas y formando hermosos piscinas de
azuladas aguas naturales, eran las cascadas que formaban parte del paisaje que se podía ver en el trayecto
del tren, en verdad era idílico y sobrecogedor .
-¡Salgamos
a la puerta, gritaban los muchachos,-vamos a ver a los murciélagos que
revolotean por encima del tren . Entonces me daba miedo, me escondía por los
rincones; a lo mejor un murciélago se acercaría a mi cuello y me chuparía la
sangre. Eso me aterraba, lo había escuchado en las radionovelas de “El Conde
Drácula” en casa por las noches. En ese entonces tenía unos 9 años y no sabía
distinguir la ficción de la realidad; por lo que se me figuraba que el
murciélago era un engendro de los vampiros
Otros momentos parecía tomar fuerza. En su recorrido, se presentaban ante mi paisajes
nunca antes vistos y poblaciones diferentes, todos eran negros o de piel morena
sus cabellos negrísimos y tenían un brillo raro, pasamos por las poblaciones de
Lita, Guallupe, Chuchubí, Lita alto tambo y otros que no recuerdo ahora.
Luego
de un lapso indefinido llegamos a
nuestro destino, era la población de Cachaco, inmediatamente una persona nos
esperaba era el padre del muchacho que nos llevaba, tras caminar eso de un
kilómetro llegamos a una casa de madera y techado de zing. Recuerdo al padre
que nos dijo:
-Hasta
que esté la comida vayan a pasear por el río.
A eso de las 11 de la mañana bajamos a conocer el rio, jugábamos muy
felices chapoteando en el agua,
colectando algunos bichos raros del lugar y piedrecillas de formas
caprichosas que simulaban faunos petrificados. El sol de mediodía estaba en su
cenit, poco a poco las felices horas
pasaban para dar paso a la tarde. Era la hora de regresar a casa preocupado,
pregunté:
-A qué
horas sale el tren de regreso a Ibarra.-
-A
esta hora ya no regresa el tren, lo hará mañana muy temprano.
Inmediatamente
me di cuenta que me engañaron, el tren no regresaría ese mismo día
- ¡No
es que debemos regresar a casa ahora mismo, si no vamos a casa , mi padre nos
va a matar!.
–No se
puede ahora, el tren sale mañana por la mañana.
Escuchar
esta respuesta, me dejó sin palabras, mi hermano y yó estábamos muy asustados,
no ir a casa era algo que no estaba en mis planes,.. Qué diría en casa, que
diría como justificación a mi maestro; las lágrimas se me salió de puro miedo,
le temía a mi padre por su forma de reprendernos, le temía al maestro por su
estricta forma de increparnos por la mínima, la falta era dura y lo sabíamos;
no era para menos.
Esa fatídica noche no comía ni podía dormir.
En algo debía pensar, mi hermano, parecía estar tranquilo sin hablar, me daba
algo de valor, pero yo era el mayor y la responsabilidad recaía sobre mí.
Yo no tenía idea de los que nos esperaba. Me
había dejado llevar por una situación
que no sabía controlar.
Lo que
pasó después lo recuerdo hasta ahora. A eso de las 3 o 4 de la tarde del
siguiente día ya estábamos de regreso en Ibarra, sin el valor de ir a casa por
la reprimenda que nos esperaba, ya en la tarde el sol se ponía en las montañas
y mientras se confundía entre las grises nubes, mi temor aumentaba. Nos
encontrábamos en el parque de La Merced, sentados en una banca de piedra,
empezaba sentir frío y no teníamos a
donde ir, cuando de pronto….
-Que
hacen aquí…?.
Levanté
la mirada, era nada mas que mi profesor de 6to grado Washington Dávila. No articulamos palabra, solamente un sudor
frío corría por mi cuerpo. El profe nos tomo del brazo y nos llevó a un almacén
de ropa que mi padre era el propietario y allí nos dejó. Nos ordenó que
fuéramos a casa, en la noche no paso nada, dormimos en casa, al siguiente día
iríamos a la escuela.
La
desobediencia, se castiga.
De
regreso de la jornada de clases, nos metimos en nuestro cuarto y estábamos
esperando lo peor, y así fue. Entró mi padre al cuarto, nos encontró sentados
en la cama en posición de oración.
-Porqué
no fueron a clases, que hicieron, preguntó
-Es
que un amigo nos llevó en el tren y dijo que volveríamos el mismo día,
Respondí…., vacilante, acongojado, desarmado
y fatal
Mi
padre no esperó más argumentos, estaba
con una especie de látigo de cuero en la mano, y se veía encolerizado se
alcanzó con los dos y nos propinó la paliza más dura de nuestras vidas, creo
que no se cansaba de darnos de latigazos, como queriendo dejar bien sentada su
autoridad de padre y hacernos notar que nuestra desobediencia se pagaba muy
caro.
Nadie
pudo intervenir a nuestro favor; debíamos pagar por ello y punto, eso era todo.
Mi
apreciación de lo ocurrido para mi es confusa, para la época en que sucedió me
parece que yo no estaba siendo consciente de las consecuencias, lo acepto; pero
lo que si sé es que a esa edad cualquier aventura es atrayente y si los
cuidados y la vigilancia es poca, no se puede dar cuenta de los desafortunados
resultados que les puede ocurrir a dos niños de 10 y 12 años respectivamente. Lo importante de este acontecimiento
es en realidad lo que he podido
compartir con ustedes de la forma como yo lo he querido.
Todas
las cosas tienen una historia, los trenes la tienen y son testigos mudos de una
época en que todo el mundo de la segunda
ola marco el progreso de la civilización humana dando inicio a una etapa
denominada la revolución industrial. El carbón fue la materia prima que hacía
que el hombre pudiera mover máquinas gigantes como trenes y barcos a vapor y
otras máquinas manufactureras de uso en grandes fábricas de producción en
serie. Pero a mí en particular me atraen los trenes, estos gigantes de acero
tiene un efecto mágico en las personas que los disfrutan, son fuente de
inspiración de artistas, novelistas y cineastas que los han dotado de vida,
magia y misterio alrededor del mundo.