domingo, 5 de abril de 2015

Los tres sueños. uno mas parte de la coleccion de la sirena








Próximos a escribirse:
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La carrera final 
El avión presidencial estrellado.

Los tres sueños.


La tarde era gris, una bruma fastidiosa  mermaba las fuerzas del espíritu que calaban en el ánimo del pobre hombre y se esparcía por toda la atmósfera de la ciudad, nada dejaba ver la densa niebla que cubría desde sus ojos hasta la acera de enfrente. De pie frente a la puerta de la casa de sus padres no sabía que o a quien esperaba, tampoco esperaba ningún acontecimiento especial ese día fastidioso.
Parecía el alma diluirse en agua turbia enfermando el corazón y el espíritu.

 Esa tarde el hombre estaba de pasada por aquella casa donde un día fue feliz en su niñez trepando junto con sus hermanos menores el frondoso  árbol de chirimoya  que quedaba en la parte de atrás de la casa grande. Esos días  veraniegos de sol y alegría los extrañaba desde siempre, se acordó de cuando se treparon al otro lado a una huerta vecina a robar aguacates y luego fueron vendidos por unos cuantos centavos que se hicieron muchos al contarlos y de esa ocasión en que jugaron él y sus hermanos a ser unos ricos comerciantes como su padre lo era en ese entonces o de esa noche cuando hicieron fritada en una improvisada chanchera abandonada en el terreno al final de su casa  ya jóvenes todos se reunieron y terminaron libando y tocando guitarra con un místico con cara de extranjero y unas dos o tres jovencitas alocadas.

 Frente a su casa, se encontraba la pequeña tienda de calzado de su amigo, un hombre de unos 80 años que trabajaba satisfactoriamente reparando el calzado de sus innumerables clientes de la ciudad, cariñosamente sus amigos lo llamaban “el sancudo” por lo delgado de sus carnes, sus largos brazos y piernas y por  su reducida cabeza  siempre que el hombre podía se daba tiempo para visitar a su amigo el sancudo no solo era su amigo sino que además llevaba una mistad con el padre  de este hombre por más de cuarenta, años. Este fulano gustaba de charlar cosas que suelen contar los hombres viejos: sus glorias pasadas, sus aventuras juveniles y de cómo se abrieron  paso en la dura tarea de criar a sus hijos; al hombre le interesaba charlar con este señor, porque sabía que una rica experiencia como la suya, le serviría para tomar las decisiones correctas cuando las circunstancias lo ameritaban.  No se percató el hombre que de entre la niebla, empezaba a aparecer la trompa de una furgoneta que se acercaba desde la calzada hacia la el filo de la vereda para apostarse enfrente del hombre que permanecía de pie, junto a su casa al fin pudo ver la furgoneta completa en medio de la oscuridad ya caída la tarde, de la puerta del copiloto salía el negro Salazar, el hombre de 80 años, llevaba prisa por el ademán de abrir la puerta de la  furgoneta y dirigirse directamente a la puerta de la casa de mis padres, también pude ver sin mirar los rostros de otras abigarradas personas que acompañaban al negro Salazar en el interior de la furgoneta, eran personas vestidas de negro, pero la niebla de la crecida tarde no dejaba distinguir quienes era, no tenían rostro. Mi sorpresa fue en aumento porque al percatarme de quien salía del coche era nada menos que un hombre muerto ya hace unos cuatro o cinco meses, si porque don Salazar había fallecido de un fulminante paro cardiaco en el momento en que se agachaba a cerrar las puertas de su tienda de calzado,   
Ya no tomaba en cuenta para la fecha cuantos hombres habían fallecido por varias razones: compañeros de trabajo, unos más llevados que otros, sin tomar en cuenta que hacía un año había perdido la vida su sobrino, un chico de futuro prometedor quien murió a causa de un accidente aviatorio, el muchacho tomo el turno de otro piloto que debía volar ese día por lo que “El Beto termino sus sueños en los cielos de Taihsa” al estrellarse su avioneta después de unos minutos de despegar, sin causa aparente y consigo terminaron los sueños de 4 profesionales de la salud del Ecuador y del extranjero como decía la primera plana del periódico local.

Jamás había visto el hombre  paralizada a una persona del dolor y del espanto: era la madre del muchacho al saber el deceso de su hijo con el que en el futuro contaría para ver crecer a su nieto que le daría al procrear con su joven novia comprometidos días  antes de su muerte para casamiento.

 Contaba también la vida de aquel hombre que había venido desde España a posesionarse como profesor de planta de la institución, se hicieron grandes amigos, solían charlar larguísimos ratos, paseaban por la ciudad, en ratos libres al hombre le encantaba saber de cómo un inmigrante en otro país se busca la vida. Sus vivencias eran realmente de otro mundo no solo tomaba el mejor vino y degustaba los mejores platillos tropicales de mesas gourmet o su mentado “jamón pata negra”  que dejaban como remanente los hombres adinerados de las Islas Canarias sino que también habría zanjas de dos metros trabajado como albañil calándole el frio del invierno en largas y extenuantes jornadas, pero siempre tenía un fino sentido del humor y un temperamento fuerte, un hombre disciplinado y directo. Este otro muerto se llamaba German, y lo que le impresionó  de su muerte es su fortaleza física a sus 63años, trotaba, caminaba, hacia natación  y ejercicios en el gimnasio de su casa, donde le esperaba una mujer joven de unos 35 con quien estaba casado y su hija quien aún no terminaba el 3ro de bachillerato. Un dia el tipo se despidió, de todos como pudo de día en día uno por uno en el colegio sin articular palabra de su mortal enfermedad: cáncer al colon.
 El día que le invitó a tomarse un té en su hermosa y bien distribuida casa decorada con muebles clásicos de ricas maderas en donde nada hacía falta, y todo estaba dispuesto como para permanecer una vida entera cómodos y a satisfacción familiar le dijo, mira flaco, “yo tengo una relación maravillosa, y se jactaba de ello y era cierto porque el hombre amaba entrañablemente a su familia; se veía eternamente feliz cuando llegaba al seno de su hogar de no ser por el cáncer que le quito su vida a los tres meses de enterarse de su enfermedad.

Así el hombre estaba quedándose sin amigos, su familia contaba muy poco a la sazón todos sus hermanos estaban pendientes de sus propia vida y nad[D1] a les importaba lo que pensara o sentiría el hombre que se encontraba conversando con los muertos a falta del contacto con los vivos.

Un día su madre que vivía unas dos cuadras de la casa de  este hombre solía salir por las noches, aun temprano llegaba al puesto de ventas de comida rápida que tenía el hombre; allí su madre tomaba un poco de aire antes de irse a dormir al hombre le quedaba el deber de acompañar del brazo a su anciana madre que estaba ya bastante enferma y su caminar era lento y tortuoso.
No se explicaba por qué su madre le visitaba por las noches y se hacía llevar del brazo de su hijo de vuelta a casa.
Pasaron los días desde que su madre llegó tal cual como se estaba haciendo costumbre al restaurante de comida rápida del hombre.

Su padre, un hombre que frisaba sus 86 años, de porte esbelto cabellera cana y brillante como la plata pura su torso y sus extremidades se acoplaban perfectamente en armoniosa figura  dándole un aire de juventud regalada al caminar, sus costumbre de ir y venir de su tienda de ternos para caballero que administraba con profesionalismo durante 60 años día tras día  le hicieron fama porque a pesar de su edad su vigor se notaba al caminar derecho y  placido por las calles de la ciudad, tomaba su bicicleta y los fines de semana solía ir a ver a los jugadores jóvenes en la cancha del parque donde le esperaban sus amigos, ya no jugaba, pero departía con los más veteranos que asistían a las rondas deportivas; cuando joven el  padre del hombre  fue un deportista consumado de la pelota de mano y del ecuaboley sin contar con las obligadas caminatas que tomaban la mitad de un día y parte de la noche partir desde Otavalo hasta su tierra de Intag en su servicio de acólito en la iglesia de la parroquia.

 Un día su padre le contó a su hijo con resentimiento, una noche en que llovía: toqué la puerta de una pequeña cabaña, para que me dieran posada, salió un indígena, me miro ensopado por la lluvia y me negó posada, la noche era oscura y no se podía ver nada, más adelante estaba otra casa era de mi compadre, pero él no estaba esa noche en casa no tuve más remedio que seguir caminando hasta que amaneciera el día.

 Visto así su padre era un hombre de mil batallas,  hacía gala de una salud envidiable aún para sus hijos que adolecíamos de achaques repetitivos e incurables. En su alimentación su padre no se cuidaba de comida alguna, pues nada parecía hacerle daño y más bien lo que consumía parecía hacerle buen provecho. En casa los platillos que degustaba eran de lo mejor, las hijas de su padre le complacían en todos su gustos y hasta cuando era agasajado con paseos en los fines de semana no faltaban las comidas al paso en los puestos de ricas fritadas o de cualquier tipo de carnes alas que era el invitado especial de sus hijas acompañadas de su consortes, pues constituían su padre el orgullo de la familia porque siempre estaba dispuesto a departir en cualquier  festejo dentro o fuera de casa.

Como era costumbre visitar a la familia , el hombre se acercó a su casa, con la intención de saludar a su padre y saber cómo se encontraba su estado de ánimo, era entrada la noche y lo único que le motivaba entrar a la casa de su familia era saludar a su padre  porque consideraba que era un deber de hijo saludar con su padre; así lo hizo, abrió la puerta de la alcoba paterna, siguió a su interior, se dirigió hacia la cama donde este descansaba pero para su sorpresa, no vio esa noche allí a su padre, y en su lugar vio a su tío hermano de su padre y que estaba de lo más jovial posible, reía con naturalidad con sus dientes blanquísimos como perlas y su bigote cortado finísimo su cabellos ondulados y castaños, llevaba  un sombrerito de copa baja hecho en paja toquilla ; como lo usados en las costas de panamá, hablaba con soltura y actitud festiva, mientras hablaba dirigiéndose al hombre a manera de saludo tocó el ala del sombrero en ademan de coquetería fina; el hombre trataba con mucho esfuerzo entenderlo , pero era inútil, a pesar que sabía que su tío tenía un léxico bien articulado por sus continuo viajes por el país, su acento era de un costeño algo así como un montubio vivaracho y soñador. Se jactaba en vida de ser un traficante exitoso del aguardiente destilado ilegalmente en las zonas de una tierra prodiga pero accidentada; el tío sorteaba valles y montañas en el transcurso de las madrugadas para sacar el dulce aguardiente de las montañas a la ciudad  Así lo vio el hombre impresionado por su juventud y su temprana desaparición, víctima de una caída allá en su tierra de intag, murió al caer de las gradas de su casa tratando de subir a su alcoba enteramente borracho. El hombre  se sobrepone a la impresión y le dice: “voy a rezar por usted, tio , usted ya está muerto”, con otra sonrisa el tío se despide  y el hombre abandona la habitación.


Así pasaron y pasaron los días entre sueños poco predecibles y la triste enfermedad de su madre, su ingesta de medicamentos era traumática, las continuas inyecciones de insulina, la estaban dejando delgada y poco a poco sus fuerzas decaían; ahora era la viejecita que yacía en su cama descansando y comiendo solamente sopitas diluidas y con poca proteína.

 Era domingo, y se acercó a la casa de su madre a ofrecerle dar un paseo por la laguna que quedaba cerca de la ciudad, así lo hizo y vio a su madre un tanto recuperada, entonces le dijo, “quiere salir, está con ganas de salir a dar una vuelta”, a lo  que respondió que si, entonces  el hombre se quedó esperando a que su hermana salga con su madre para pasear por la tarde, pero no fue así , su hermana salió un tanto preocupada y mal humorada al mismo tiempo diciendo, ven ayúdame mamá sufrió un desmayo, entro a casa y la encuentro al pide su cama en completo estado de desvanecimiento, el hombre le pidió a su hermana paciencia para poder ayudar a su madre que quedo en la cama como un manojo de piel y huesos recostados. 

Pasaron los días y el hombre ha vuelto a casa de su padre porque era menester sacarle a pasear porque a los pocos días del primer sueño su madre ya había fallecido sin tiempo a despedirse del hombre porque su permanencia en el hospital fue rápida y luego de haberse levantado un rato de su cama volvió a acostarse para no volver a levantarse debido a un paro cardiaco que apenas dio tiempo a las enfermeras a pretender resucitarle con masajes a su adolorido y martirizado  corazón víctima de las constantes preocupaciones de una madre que no ha logrado ver a sus hijos entenderse con las cosas más sensibles de la vida, la desdicha el dolor y el desamor de los demás son cosas que el corazón cansado de una madre no puede resistir.

Salió el hombre con su padre en dirección al lago donde el aire era más puro, y contando con el semblante sano de su padre charlaron de los sueños que el hijo aún no alcanzaba a cumplir y como estos sueños no implicaban ningún compromiso para el padre, entonces el hijo dio rienda suelta a una entretenida charla de adultos; le contó que siempre ha querido viajar más allá de las fronteras de su patria; los dos estaban sentados en el tronco de un árbol caído en el césped, y por primera vez el hijo estaba disfrutando de su padre porque el tono de la charla se volvía agradable y comprensible, el hijo le contó a su padre que una hermosa mujer estaba en tierras lejanas y que en 12 años de ausencia aún tenía la esperanza de volver a  verla charlar amenos y revivir viejos recuerdos de una vida corta  en la compartieron tiernos amores el hombre tomaría el primer avión al terminar el año escolar pues el hombre era profesor en un colegio y contaba los días para que llegue el momento de embarcarse e irse en búsqueda de su vida pasada, ya había tenido un intento de viaje anterior y había fracasado por el  envió de una carta mal redactada    de invitación  mientras le contaba esto a su padre, este lo alentaba con sanos consejos diciéndole que un hombre debe terminar lo que empieza y si esto su hijo lo quería hacer, debía terminarlo pese a cualquier adversidad que se oponga en el camino al terminar la charla el hombre sintió que había charlado con un amigo al cual había echado de menos casi siempre y ahora se complacía de haberle hecho partícipe de una decisión  que solo uno de sus mejores amigos la aprobaría.
La mujer  que estaba en España, había respondido positivamente al deseo del hombre enviándole una carta de invitación debidamente autentificada por la   policía española en Madrid.

Aquel hijo cuya madre había fallecido hace un mes y quince días, acudió a contarle la noticia a su padre algo así como queriéndole  hacer cómplice de una aventura en la que su hijo se embarcaría, pero no pudo a cambio, recibió la noticia de que su a padre estaba internado en el hospital de la ciudad, apenas sabido el hecho el hombre acudió al hospital, vio a su padre consciente todavía y este al verlo, le tendió la mano para asirse a la del hijo que no creía ver a su padre moribundo en una camilla de hospital con sus ojitos apagados respirando artificialmente. Ya no pudo el hombre consolarse con su padre y decirle que estaba a punto de cumplir con sus sueños, se acercó a su oído y le dijo simplemente: no se preocupe papá le estamos llevando a Quito a buscar un especialista que le va a curar para que ponga sanito, lo apremiante del momento hizo que el hijo saliera de la salita de emergencias,  

Que si me preguntan que mi madre se llevó a mi padre digo que sí porque los seres humanos que trascendemos al más allá sabemos que continuar en la tierra sin la compañía de su gran amor no podemos continuar con el corazón en la mano queriendo encontrar en la soledad de la noche el lado frio de la cama que deja la ausencia de un amor amasado con lágrimas por más de 60 años.  




Los tres sueños.




































 [D1]

miércoles, 1 de abril de 2015

Alfonsina, uno de mas de los doce cuentos que seran al terminar la coleccion.




La sirena
Por Javier Bosmediano.
                       “Como el toro he nacido  
Para el luto y el dolor
Como el toro te sigo y te persigo,
Y dejas mi deseo en una espada,
como el toro, burlado como el toro…”
                            Miguel Hernández.
                       Poeta español

Alfonsina
 
El lugar, era donde el tiempo parece detenerse porque novedad alguna no llegaba a ser de importancia para sus habitantes; gente inmutable dedicada a las labores del campo como la única manera de conocer el mundo dentro de su propio mundo un pueblecito enclavado en un lejano paraje montañoso bañado  por dos grandes ríos, el cual se me figuraba que un día desaparecería por la majestad caudalosa de sus aguas  y la frágil insignificancia del pueblo hecho de una sola calle con  doce o quince casas; unas de madera, otras de caña y unas pocas hechas de grandes bloques de barro como para durar siglos de siglos.
En San francisco de Sigsipamba, el 6 de enero es una fecha de festejo en que los pobladores esperan el año nuevo con una fiesta fruto de su imaginación.
Es una forma de desearse que el nuevo año sea mucho, mejor que el anterior. De esta fiesta se encarga a una familia que el año anterior ha recibido un muñeco que es el símbolo del año nuevo, a este personaje hecho de trapos se ha de vestirle cambiándole su ropa y por supuesto esta familia se hace cargo de los gastos que se genere  en la noche de fiesta o sea, tragos y comida. A eso de la media noche se entrega al muñeco al nuevo prioste que se encargará del festejo del siguiente año.
Una tarde, conversábamos con Martha, amiga inseparable, ella me puso al tanto de las festividades del 6 de enero; me dijo:
- Este año la fiesta la hace la familia de Dña Elvira, y para el próximo los priostes van a ser los profesores les vamos a dar al símbolo de San francisco, es el  patrono del pueblo es un muñeco que representa a los comuneros, lo deben cambiar de vestido; asi el  nuevo año empezará con muncha suerte para todos.  Usted y Marcelo son los elegidos. Luego prosiguió:
 No vayan a  negarse, porque el muñeco es milagroso, ustedes deben pedirle un deseo, si lo festejan bien y con fe, se les cumple  pero si no lo toman con voluntad, les puede ocurrir una desgracia.
-No es problema, voy a conversar con Marcelo le dije muy convencido, pues en lo más profundo de mi ser estaba necesitando algo así como un hechizo mágico que producto de la superstición hiciera que me ocurra el milagro que estaba esperando.
 Esa era la sentencia que todo el pueblo conocía y era una forma de seguir manteniendo la tradición  festejándose año a año; en fin la fecha se venía encima yo solamente estaba esperando lo que venga porque me sentía bien allí, solamente quería que Alfonsina apareciera de un momento a otro, porque no estaba en ninguna parte de la plaza del pueblo.
La noche del 6 de enero llegó, pero antes a la tarde ya estuvimos armando la discomóvil y cada uno de los profesores tenía que disfrazarse de lo que se le ocurra. Poco a poco le gente llegaba  e iba  apostándose en sus ventas. Los globos, los confites y los dulces las manzanas con miel, los niños corrían a lo largo de la calle con silbatos y cornetines poniendo el ambiente de fiesta, un hombre que cargaba a un mono en una especie de armario, pequeño hecho de cajoncitos pequeños sacaba de uno de los cajoncitos un sobrecito de colores, a cambio de 25 ctvos, el mono les echaba su suerte o el horóscopo para ese día. Este era el puesto que más demanda tenia entre la abigarrada muchedumbre. También había llegado una  camioneta pequeña desvencijada  tapado con unas lonas pintadas con la publicidad de un brebaje que sanaba enfermedades de los pulmones, el riñón y el  hígado. Otro remedio por el que los comuneros se apilaban era un sobrecito con un polvo blanquecino que evitaba el aparecimiento de las caries.
   Los comuneros salían de sus casas con sus mejores vestidos, la tarde estaba luminosa y colorida  en un costado de la plaza se detonaban los voladores y desde lo alto de la torre de la capilla se apostaba una corneta que emitía las notas de la una música que envolvía la atmosfera  del pequeño pueblo. A lo largo  de la calle se veía paseando a los jinetes que llegaban de otras comunidades a encontrarse con sus amigos, se los veía tomándose una cerveza o comiendo los platillos del infaltable chancho honrado para toda ocasión.  Los comuneros eran gente mestiza el único negro del pueblo era un alborotista que les tenía subyugados con sus cuentos y fantasías nunca cumplidas a los comuneros que ahora no le hacían mucho caso porque estaban sorprendidos de las bondades de la medicina que ofrecía el extranjero del carromato.
Nosotros estábamos charlando amenamente en mi habitación de alquiler tomando una que otra cerveza, a pesar de las expectativas yo me sentía tranquilo estaba pensando en lo que sucedería en ese año, no tenía planes, ni compromisos en camino, solamente una idea estaba fija en mi cabeza donde estará ella, aquella mujer que me habían presentado el primer día de trabajo en el colegio, a lo mucho tenía unos treinta años; no se veía demasiado delgada, su figura era perfecta se podía notar que era una mujer que desprendía mucho dinamismo y alegría,  sus ojos  claros de un verde bajito hacían contraste con el color canela de su piel. Su mirada apacible llamó mi atención  y por donde se la mire era hermosa ni demasiado alta, tampoco  muy bajita, a la luz del sol su cabello tenía un brillo delicado como el de la miel madura en días de primavera. Vestía blusas multicolores pequeñitas que se ajustaban a su talle finísimo. Cuando hablaba su voz parecía calmar el entorno y a toda criatura que habitara a su alrededor.
Me llamó la atención su seguridad al emitir sus opiniones cuando le eran requeridas lo que hizo que mis sentidos se agudizaran para entenderla y conocerla mejor, cosa que no fue fácil, debo decirlo.
Siempre servicial con todas las personas, tenía una paciencia extraordinaria para soportar a los demás, claro está que tampoco le gustaba que alguien se pase de listo con ella porque sabía detenerlos sutilmente, con estilo.
Trabajaba siempre su jornada, era su virtud y lo hacía libremente. Recuerdo que me decía que un colegio sea grande o pequeño los trámites administrativos son los mismos y tomaba el mismo tiempo organizarlos. No la veía mucho solamente en los recreos cuando todos salíamos a  tomar el sol junto al árbol de naranjas del huerto del colegio, allí charlábamos, reíamos contándonos chistes o comentábamos los últimos acontecimientos de la semana.
Ese encuentro diario era idílico porque nadie molestaba nuestra paz, así la convivencia con los compañeros era serena y alegre.
No la he visto en toda la tarde, estará en su casa, pensé intrigado
 Entonces empecé a inquietarme, ya estaba entrada la noche, me sentía un tanto alborotado, salía  de un lado y otro en pretexto de encontrarla por allí. De pronto, se acerca Martha y me dice:
- Venga Javier, tráigale a Marcelo, le necesitan en la plaza, le van a entregar el muñeco.
- Si, claro que si, voy enseguida.
Salí en búsqueda de los demás amigos a la entrega del muñeco, en esos momentos me iba dando cuenta de que me estaba aferrando a una superstición, quería recibir el muñeco aferrándome a mi buena suerte vaticinada por un oráculo popular. Después mi suerte estaría echada Muy adentro de mí estaba pidiendo un deseo: salud, amor dicha y felicidad, creo que era un poco de todo lo que no tenía.
 En ese ambiente me podía dar cuenta de que existía magia. Como si cada uno de los acontecimientos y situaciones estuvieran de alguna manera conspirando en mi favor para que mi deseo se cumpliera. Toda la gente que se me acercaba, me parecía gente maravillosa, me sentía a gusto con todo el mundo y mi alegría se dejaba notar, ya estaba embriagado de ese ambiente, lejos de todo prejuicio, y lejos de la gente de la ciudad, de conocidos y familia, no había nadie que estropeara tan agradables momentos.
El muñeco pasó por las manos de toda la gente que lo hacía bailar, pero al final me lo entregaron como símbolo de que en el siguiente año, le haríamos la fiesta del 6 de enero. Nada suntuoso o derrochador, solo se trataba de continuar con una tradición de gente trabajadora, creyente y supersticiosa por sus evidentes  costumbres.
Pero ella no estaba ya entrada las ocho de la noche, en un momento me figuró verla en su ventana, pero no me detuve para llamarla. Estaba en su casa, esperando que alguien se acercase para invitarla a salir.
Placido, un conocido del grupo del colegio se acercó diciéndome:
- Javier, vaya usted por Alfonsina, invítela para que esté con nosotros en la fiesta-. Por un momento dudé, tal vez no era yo el indicado para traerla, pero si quería verla, tendría que ir a buscarla, y así lo hice, subí las gradas de su casa, golpeé la puerta, salió la vi, estaba muy bonita y encantadora Un deseo, empezaba a  darse forma esa noche.
- Por qué no ha bajado antes- le pregunté.
- No pensaba bajar, hacía frío y preferí quedarme en casa.
- Sí está haciendo un poco de frío, pero en la plaza esta un ambiente cálido, salimos un rato, que me dice.
- Sí, claro, donde están los demás?.
- Venga por acá estamos todos.
La noche decurria tibia y lenta, no había prisa por nada, importaba el hecho de estar acompañados charlando de cosas sin importancia; la fiesta fue como se esperaba, sin nada de que lamentarse, valía la pena que ella esté con nosotros y en cualquier momento  podía acercármele y hablar un poco más. Sin embargo, más entrada la noche tuve que darme cuenta de algo que siempre resté importancia.

Era que Alfonsina tenía un compromiso, yo sabía de ello, pero siempre le resté importancia, eso no me preocupaba. No sé por qué lo hice tal vez porque mi ilusión eclipsaba la realidad.
Al cabo de estar pensando en este particular, el hombre asoma no sé de dónde diablos, dice haber estado con un amigo suyo en otra comunidad cercana, le pide a ella que baile con su amigo y con nadie más, al inicio  ella  lo hace, pero después baila con quien escoja. Alfonsina le resta importancia a lo sucedido, pero se ve perturbada, sin embargo, empiezo a entender que cuando estábamos juntos bailando,  sentía, que toda preocupación se esparcía en la helada noche, se trastocaba tibia y única como de un mundo de dos detenido por el tiempo, y sostenido en los impulsos fuertes de dos seres que se miran y se desean al mismo tiempo. De mis poros se exhalaba una transpiración que me delataba cada vez que me sentía cerca de sus finos labios.
Así como apareció, de súbito desapareció, era que se había marchado, no supe cuándo porque de rato en rato me encontraba entretenido alzando alguna copa con los vecinos del lugar. El conquistar un amor toma tiempo, pensé.
El tiempo siguió su marcha después de esa noche casi no hablábamos mucho, cada quien a sus ocupaciones, pero llegó el mes de abril, ambiente de primavera poca ropa, el sol calentaba los huesos hasta fundirlos, el rio era la mejor opción, pasamos largos ratos entre tardes de verano y noches de guitarreadas iluminados por un débil candil o  unas dos velas. Esa noche nos propusimos festejar el día del maestro, era un evento ya anunciado y no se podía pasar por alto. No faltó quien llevara una botella de ron, algo de comer y mucha fiesta, eran días perfectos; me dije para mis adentros, de esta forma  me gustaría vivir siempre, con poca plata pero sin preocupaciones.
Decidimos ir a un paraje turístico en Ambuquí, se trataba de un pueblecito ideal donde el sol abriga pero no abrasa, en un salón no demasiado grande nos encontramos solamente entre compañeros y compañeras de trabajo.
Las horas transcurrieron muy de prisa,  era ya de noche y debíamos volver; esa noche algo en mi interior me decía que estaba a punto de suceder: un acontecimiento decisivo a mi favor o en mi contra, era el momento de decidir lo que debía hacer respecto de mis sentimientos, creo que me estaba tardando demasiado y en mi corazón se anegaban sentimientos a punto de explotar.
Había pasado un año desde que la conocí en el y en todo ese tiempo, no me atreví a decirle algo respecto de lo que me estaba ocurriendo, y era que esa noche debía decirle lo que estaba buscando: su amor, debía mirarme a los ojos.
Ella debía descubrir el fondo de mi alma y debía saber que mi corazón latía alocadamente por un beso de sus labios; un deseo atrapado en mí estaba a punto de estallar; La penumbra del bus nos acompañaba, estaba un poco embriagado por los tragos y supongo que eso me daba valor de decirle lo que me propuse:
-Alfonsina, quiero decirle algo…, musité. Pero el temor me perseguía, pensé  de inmediato “ y si me rechaza”;  no sé qué debía hacer.
-No, no me diga eso, me dijo como imaginado mis intenciones no quiero escucharlo, me dijo y su voz, la delataba  estaba hecha  un montón de nervios como yo. Me di cuenta que nos sentíamos igual.
- Es que tengo que decirle algo que  usted tiene que saber, al menos déjeme decirle lo que siento y lo dije de un solo golpazo: yo la quiero mucho, estoy enamorado de usted y estoy empezando a sufrir porque siento que necesito su amor”. Quiero que lo sepa. Le decía mientras se me hacía un nudo en la garganta, era el momento más sensible de mi vida, nunca antes me había confesado con nadie; mis ojos comenzaron a humedecerse sin ningún esfuerzo mis lágrimas brotaban como gotas de rocío sobre un manojo de madreselvas  ruborizadas en medio de la complicidad de la noche. Entonces levanté la mirada, me dirigí hacia ella, me miro y nos dimos un beso y después otro y otro y muchos más, era que estaba probando el cáliz más dulce del amor. Tomé su mano y no la solté hasta que terminó el viaje.
No había pasado una semana de lo ocurrido cuando nos reunimos un jueves por la noche, los compañeros de trabajo, no sé con qué pretexto. Alfonsina estaba en su alcoba y yo lo sabía, recuerdo que ya entrada la noche estábamos en la habitación de un amigo; hacíamos planes, nos encantaba hacer algún plan que a final de cuentas se cumpla o no era cuestión de la suerte o del empeño que se ponía en consolidarlo, pero siempre se debía hablar de algo que interese a la institución o al trabajo, problemas por resolver no faltaban  o se charlaba de algo en particular o simplemente era la hora de jugar cartas y reír un poco a costilla del evento humorístico del día. Nuestras compañeras eran inseparables, las tres se llevaban bien. En algunas ocasiones provocaban situaciones en las que nos veíamos ridiculizados, simplemente por el hecho de reírle a la vida, pero en esa ocasión estábamos solamente los hombres. De un momento a otro me sentí molesto conmigo mismo y abandoné el lugar  pero lo disimulaba. No sé si fue por el deseo que tenía de verle; será que me pasé pensando en los besos del bus. Estaba realmente embriagado de amor  y perdía la conciencia de lo correcto, pero pesaba más la fuerza de verla y hablarle; yo sabía que era peligroso, que no debía hacerlo, ella perdería su estima y yo sería el causante de un escándalo mayor en un futuro inmediato. Sin embargo y sin previo aviso, sin autorización alguna subí las escaleras de piedra de una vetusta casa, se me figuraba un castillo azul encantado por lo que guardaba en su interior: una apetecida mujer de sabrosas caderas y piel color canela. Por primera vez, estuve decidido a estar con ella, era de madrugada no alcanzaba a ver a nadie en las calles, y mi desafortunado esfuerzo terminó en tragedia. Abría su puerta, no tenía llave, me estaba entrando a su casa  a tientas, despacio como  queriendo no ser visto en la cueva de un tesoro escondido, me dije en secreto: “Mujer, un extranjero ha venido a sorprender tus secretos, pero ese extranjero tiene corazón y  puedes perdonarlo” me vi en su habitación, ella dormía, me senté a su lado muy despacito y le hablé en voz baja, dije su nombre. Alfonsina me escucho y sabía que se trataba de mí. En el acto, salto de la cama y le vi en medio de la habitación sorprendidísima y algo asustada en camisa de dormir. Se veía un tanto aletargada por el sueño, pero verme allí, le causo rabia, mucha rabia, pero se contenía, me dijo:
       ¡Javier, váyase de aquí, váyase ahora!
       Hablemos, un rato y me voy, un momento nada más, no se ponga así, ¡cálmese y me voy!
       No, no quiero, ¡váyase de aquí, qué le pasa!.
 Me repitió como cinco veces o más debí haberlo hecho, sin embargo, no lo hice, era que de alguna manera quería provocar una situación comprometedora para que recordara que yo iba a ser el hombre que le amaría toda la vida. Quise acercármele, pero me detuvo con sus manos, entonces comenzamos a forcejear con las manos tocándonos en intentos de que saliera de allí, por algunos minutos duró una situación disimulada entre el temor y el recato, luego de pocos instantes, empecé intentar calmarla y poder irme, ella me apuró una bofetada, que no la sentí. Solamente salí, me fui en camino hacia la puerta de salida,  era de día me encontré con alguien que me tomó del brazo,  me dejé llevar despacio hacia afuera, sin articular palabra.
No tardaron los días de invierno en llegar, el lugar era insoportable lodazales por todas partes ni un espacio seco por donde caminar   y un frio extremo que se calaba en las paredes de barro de las casas, produciendo en sus ocupantes una sensación de esquimales en sus iglús  buscando abrigo.
-      Si quiere tomar un café puede venir Javier, me dijo, yo acepté, fui invitado esta vez. Tomaba los sorbos de café sin quitarle la mirada de encima, se veía tranquila, yo estaba dejándome llevar por un camino de sana complacencia.
-      Puede venir cuando quiera y tomarnos un café, pero luego debe irse.
-      Está  bien dije-, pero quería que tomar café durara toda la noche, y en efecto charlamos hasta entrada la media noche, ella decidió meterse en su cama
-      Puedo acostarme a su lado- le dije casi convencido
-      Está bien.

Yo lo hacía como si se tratara de un rito sagrado. Al rato estaba metido en su cama sin atreverme a rozar su cuerpo, sentí el contacto de su piel  sus caderas se acercaban cada vez más rozando mis muslos; sentí un sobresalto que me llevo a abrazarme de su cuerpo en forma total. Y sin reparos. Me pareció que la noche duró lo que dura el destello de una estrella sin encontrar descanso ni tregua mientras nos bebimos el uno al otro con una sed que empezaba a secarnos los labios.
 En sus treinta años juveniles era el complemento de mis treinta y cinco gastados años.
Mi paciencia y mi  dicha estaban justificadas,
Fue muy complicado el tener que desprenderme de sus tibios brazos y salir y encontrarme con la gélida noche para ir hacia mi habitación, no lo hacía , no podía era que me sentía tan bien el estar entrelazados uno del otro yo estaba como fundido en su cuerpo, no se puede describir con palabras, cuando los cuerpos se acoplan en una amalgama de sensaciones bebiendo de los besos prometidos y deseados, desgarrándose la piel como queriendo encontrar  cual es la fuente de donde se desprende  una violenta pasión que cada vez nos envolvía sin querer parar como una forma de aferrarse a la vida.
Como ocurrió esto:
 La luna estaba grande y redonda, se podía ver a lo lejos el correr  las aguas del límpido río como una serpentina plateada que rompía entre  las sombras de las montañas, los árboles y las casas se agigantaban a lo largo de la calleja, los hombres y las mujeres recogidos en la penumbra de sus hogares charlaban alumbrados por el candil de una esperma, solamente se escuchaba el susurro de sus conversaciones a través de ventanas que proyectaban  sombras animadas; seres indiferentes a la sensación que yo estaba empezando a vivir en complicidad con la soledad y luz  diamantina de la inmensa luna.
Se podía ver en el firmamento brillar  en las profundidades de lo infinito de una noche clara y constelada. Allí estaba Dios y yo le agradecía cada noche. La luz de los astros se refleja en cualquier objeto, las baratijas y los papelitos de caramelo que se hacían innumerables en el camino a cada paso que daba para llegar a su casa. A lo lejos las carcajadas de los bohemios que trasnochaban en la cantina del viejo anciano se me hacían familiares; se trataba de los compañeros de trabajo y otros campesinos que trasnochaban rumiando sus recuerdos, jactándose de sus  hazañas y picardías más recientes. Algunas veces  salía de su casa y me dirigía hacia la cantina, es que necesitaba de un trago, no podía creer lo que me ocurría cada vez que Alfonsina me habría las puertas de su corazón, ella tenía una forma sutil de demostrar su cariño; era silente, tibia y expresaba su amor con innumerables caricias que yo respondía con inusitado afán.
 Al siguiente día me preguntaba que había hecho, yo le decía que me había tomado algunas copas, ella me dijo: - Usted es un borracho; - ese día me dio mucha vergüenza y traté de cambiar de actitud, al momento,  me di cuenta de que  ella me podía decir lo que  pensara sin que pueda dañar mi corazón.
De repente advertí  que estábamos compartiendo muchas cosas. Entre Alfonsina y yo, estábamos compartiendo una vida, pero era una vida sin compromisos, pensé que siempre que en algún momento sus decisiones serían el separarse de mí, a pesar de que dormía con ella, comíamos juntos preparando lo que nos apetecía. Si se trataba de discutir algún asunto importante, lo hacíamos sin tratar de  lastimarnos, pero siempre pensé que algo no estaba bien y que ocultaba en su pensamiento: el hecho de abandonarme para siempre.
Los últimos meses del año 1999 llegaron los ecuatorianos estábamos expectantes esperando el cambio de moneda como una medida urgente para sacarnos de la crisis económica en que los banqueros junto con las mafias de la política nos habían metido. Para el año 2.001 el país sufría las consecuencias de una banca rota que afectaba por igual a pobres y ricos; claro con más fuerza  a los pobres.
Alfonsina me habló un día y me dijo:

-      Javier me voy del país. Voy a España, tengo un puesto de trabajo esperando por mi.
-      Cuando se va será el próximo año.?
-      No, me voy en ocho días
                                                      ¡ Hasta en el ultimo destello                                                                                                                    de luna                                                                                                                                                               te recordaré, no solamente porque                                                                                                     te amé
Sino por lo difícil de alcanzarte!
Me quedé recordando los versos  del poeta:  “la noche está callada y constelada/ puedo escribir los versos más tristes esta noche”[2].


                                        




[1] Título de la obra literaria del escritor Alfredo Pareja Diescanseco
[2][2] Pablo Neruda:20 poemas de amor y una canción desesperada,p20.