lunes, 18 de marzo de 2019



Cuentos desde la ventana
Fragmentos

La sonrisa de Sofía. y El mundo de ella. "La muñeca"

Día y hora fijadas. ¿Cómo no entender un acto de amor si este ocurre con solo una mirada? Más aún cuando mis emociones han emergido desbordándose a través del cauce aletargando de mis huesos; toda mi sangre que de prisa está hilvanando mi carácter, hace que me sienta liviano al tiempo respirando la calidez de la brisa que viene llegando desde la cinta costera del Pacífico.
Cientos de chalupas de pescadores dispersas en las proximidades de las playas dibujan un lienzo en rosa. El sol, es un botón rojizo suspendido en el horizonte dorado de una tarde ya caída. 
Estoy colgado otra vez en las manos de mi destino y nada impide lo que la voluntad apremia; debo cumplir con la cita. Otra vez tentando a mi suerte, y esta sensación me complace. ¿Crece en mi la expectativa por las aventuras hacia lo incierto?
Acuden las consecuentes preguntas en mi cabeza, que no termino de hacérmelas porque Sofia está a punto de aparecer.
Ella es alguien a quien conocí en Guayaquil cuando la interrumpí   su contemplación hacia el rio. Sofía estaba mirando el pintoresco cerrito de Santa Ana a través de los binoculares dispuestos en la balaustrada del malecón.
Me dejo su nombre como recuerdo y luego desaparecimos los dos en caminos diferentes. De este acercamiento ya ha pasado un año, sin embargo, hemos considerado la posibilidad de encontrarnos otra vez.
El encuentro ocurrió sin previo aviso en la acera del frente. 
La he visto desde la cabina de teléfonos donde estoy torpemente digitando los códigos nuevos que desconozco. Su mirada serena, su caminar acompasado y seguro, un rostro delicado cubre mi atención, no se figuran poses en su actitud ni se evidencia intención de sorpresas, Sus ojos reflejan franqueza y en sus palabras fluye la libertad de lo que quiere expresar.
No hace falta conocerse demasiado, pues una sonrisa dice lo necesario y luego lo que está por empezar es lo que quedara en la cabeza y el corazón. Y los días que nos esperan aún no han acabado.
Nos miramos, un recorrido breve dibuja mi silueta en sus ojos, hice lo mismo; mis facciones entre las suyas denotan complacencia por lo que está ocurriendo. Estamos empezando a conocernos, a darnos lo que llevamos por dentro celosamente guardado.
Está muy cerca de mí; ha sonreído, la calidez y la serenidad vuelven a mi rostro, se acerca y saludamos tibiamente cómplices de un encuentro anunciado y que ya empezaba a desdibujarse en las ondas azules de un mar de tiempo.  
Es que los pasos que marcan mi destino es una paleta de artesano donde estoy mezclándome al azar, desde hace ya varios años, con los colores de la esperanza y la sorpresa.
 Hola Sofia, me alegra verte, temí que no vendrías.
 Que pesar Javier, no   dependía de mi. Tuve que demorarme; estaba a expensas de otras personas que me trajeran a tiempo
 No te imagine así. Estas delgada. Sonríe sin tratar de disculparse, ella es así, y su porte va por encima del mío. Me gusta como se ve.
 Hace calor aquí
 Pura vida, así somos en Costa Rica.
El chofer, que hizo de mi guía todo el tiempo nos espera hasta ponernos de acuerdo en lo que haremos al salir del aeropuerto; es una especie de cómplice y su expectativa crece con la mía.
El mundo de “la muñeca”

Me ha tomado mucho tiempo entender algo que siempre estaba allí, en cada encuentro, en cada mirada apenas halagadora, en cada reacción de lo cotidiano.
Era diferente a lo común o al menos eso aseguraba con determinación.
 Yo no soy ecuatoriana- decía-, nací en Colombia y si juegan Ecuador y Colombia, ¡Qué pena, yo siempre voy a Colombia¡.
Sus días, sus noches y hasta la forma de levantarse para empezar el día, todo era muy suyo sin lugar a objeción. No se preocupaba por demostrarse inteligente, solo era ella en todo lugar y en cualquier núcleo de gentes.
De buena estatura, notábase que en sus años juveniles gozó de un cuerpo muy fino; su delgadez y  talle delicado, hicieron ganarse el nombre falso de “muñeca” entre sus amigos más cercanos.
El amor por los niños jugaba un valor importante en su vida, siempre nada era demasiado para ellos. El amor, el cariño, todo les  entregaba a ellos; sabía hacerles sentir bien y ella se complacía con su ternura, en contraste con su orgullo desmedido que no le permitió gozar a plenitud de la comprensión de los que ya la conocíamos.
Irremisiblemente orgullosa, sentía un falso apego a lo que creía más cerca a lo que la identificaba con su personalidad; en más de una ocasión, nos separábamos durante días, mientras yo me sentía indiferente, ella desmejoraba y se notaba en su semblante. Sin embargo, aseguraba sentirse muy cómoda y en paz en esa soledad.
 

Desprendida cuando de sentirse a comodidad se trataba, se gastaba los lujos que quería y lo primero era para ella una buena mesa.
 La muñeca hacia sus cosas, siempre y cuando la hicieran sentirse bien a su manera. Las leyes que regulan su vida, ella las creaba no las distinguía como éticas o morales, acertadas o perniciosas si las rompía nada pasaba; había días en que negaba la noción de lo correcto, pero era exclusiva y original en sus gustos. Ella creo un mundo habitado solo por ella. No usaba brasier.
Cuando tocábamos el punto de su lugar en el mundo entre lo real y lo quimérico, era asombrosamente convincente; sin embargo, parecía vivir en una burbuja de pensamientos, hechos para su comodidad, desde donde se sentía tranquila, sin tratar de confundirse con el resto de sus mortales.
 Estudiante destacada apreciada por sus maestros que la mimaron siempre al igual que su madre que gozaba de buena posición económica a tal punto de prestar todo su dinero para luego perderlo con la fatal consecuencia de quedarse en la ruina.
 Dejo las aulas cuando contrajo matrimonio a los 17 años con un hombre joven alto y deportista perdidamente enamorado de ella.  Su separación para mí es un misterio, no alcancé a comprender como dos seres que se aman y se necesitan pueden separarse por el capricho de una mujer y los intereses particulares de otro.
Su matrimonio maduró con accidentadas circunstancias en una convivencia, hasta cierto punto sin puntos de acuerdo.

 Deberías haber sido muy feliz con tu esposo, por lo que me has contado. Lo diste todo, compartiste lo que tenías, él te amaba, te trataba bien y te complacía, que pasó entonces, le pregunte otra vez porque su historia termino fatal.
 Soy extremadamente caprichosa, me contesto, nadie puede con mis caprichos. Se fue a estudiar con una beca a Cuba, regresaba cada año y yo le esperaba cada vez más enamorada. Un día me sorprendió con un ramo de rosas en la casa, sin avisarme que volvería de Cuba en vacaciones. Mi hombre me amaba.
Un día me preguntó si yo quería que el regresara de Cuba, yo le contesté que eso era cuestión de él, entonces, se fue, pensando ya no regresar por mí. Me quede sola y fue una decisión que tomé sin pensarlo dos veces, le dije que lo decidiera él.
 Puro capricho tuyo, te ha servido de algo ser así
 No lo sé; no lo he analizado mi forma de ser es así, es lo que importa y nunca voy a cambiar.
 Las cosas importantes no se improvisan, ni se toman a la ligera, le dije a manera de consejo, pero la muñeca era de las personas que los consejos no le servían de mucho, los ignoraba.
Angustiada, por el bienestar de su único hijo que nació tan bello como un querubín; en el acto el infante le fue arrebatado, por el cariño y esmerados cuidados de su abuela.
 Ella, la pobre “muñeca”, nunca supo cómo ganarse a su bebé, pues su abuela no lo permitió. 

lunes, 7 de diciembre de 2015

Un café en Paris 


 La suerte estaba echada para aquel tipo, no había nada que hacer en muy poco tiempo el mundo se la había venido encima, sin trabajo, ni en que ocupar su tiempo, cobijado con las estrellas de la noche sentado frente a una pequeña mesa donde reposaba un vaso de triste vino el cual apuro con despecho. -No quiero estar aquí,- se dijo desde lo más profundo de su alma. – No me voy a quedar aquí- atado a la suerte de ver transcurrir el tiempo, y sin motivos para vivir. Víctima de la desesperación que le producían sus pensamientos y una fuerte depresión que le llevaban con fuerza su mente por ciénagas desconocidas, cabeza gacha, en su mano derecha asido a un pequeño punzón de metal rasgaba el tablero de la mesa intentando dibujar en él algo así como una musa inspiradora sin rostro que le hiciera cumplir sus deseos y lo que él quería ese momento es estar lo más lejos posible de aquel ambiente sórdido: la ciudad pequeña y extraña llena de gentes vacías, el mismo paisaje todos los días, los mismos problemas recurrentes y sin solución, víctima de malos presagios, con un libro bajo el brazo todos los días leyendo historias de otros mundos , descubriendo personajes extraordinarios y cargados de excepcional valentía que lo podían todo, donde la suerte les deparaba mejores días, al final todo parecía salir como debe ser para un hombre con agallas, el triunfo, el amor y el éxito personal, pero por sobre todo la naturalidad de sus vidas hechas para transformarlo todo a su paso y él, en cambio, desafortunado, sin horizontes, con una miserable copa de vino en la mano deteniéndose de vez en cuando a ver de soslayo por encima de los arboles las únicas estrellas que las conocía de memoria porque todas las noches las veía desde el balcón de su casa antes de irse a dormir por las noches. Sin un peso en su bolsillo, ni posibilidades mediatas de resolver su fatalidad, estaba convencido de que lo único que le dejaría tranquilo sería la determinación de reencontrarse con sus luchas y sus propósitos, pero no tenía el valor necesario, un pesimismo enorme le ensombrecía toda intento de redención. Mientras escribía esto en el aula donde trabajaba como profesor, estaba la estancia repleta de muchachitas y muchachitos de 12 años que se relajaban después de 200 días laborables de exigentes jornadas de aprendizaje, él también estaba extenuado pero cogía aire para relajarse, el año escolar estaba llegando a su fin a dos días de terminarlo, las luchas con los estudiantes habían terminado y sus exigencias de preparar clases y mantener la rutina, también estaba llegando a su fin, pero se notaba los estragos del cansancio por las madrugadas y días sin dormir a causa de las preocupaciones del trabajo de ser profesor de segunda enseñanza donde las reglas del juego habían cambiado radicalmente para los profes. Era seguro y nos costaba creer: Estábamos en desventaja frente a todas las esferas sociales producto de una desatinada política educativa que subestimaba una tarea digna por naturaleza. En sus veinte y dos pasados años cursaba estudios universitarios a distancia y su única distracción era mirar películas y salir a caminar por las noches con algún desocupado amigo hasta que el cansancio le rondaba a sus pies y poder coger el sueño que se le escapaba a merced de martillarse el mismo pensamiento en su cabeza l, -debo salir de aquí-, siempre que lo pensaba se hacía promesas que el tiempo no las veía cumplirse. Solamente ese vaso de vino era testigo de las innumerables veces que hacía lo mismo, escuchar la radio o algún casete de música pregrabada, hasta ese momento no se había dado cuenta de lo profundo que puede calar la soledad en plena edad de juventud. Su problema principal era el pesimismo que le producía verse sin futuro y sin oportunidades porque era demasiado difícil salir adelante sin conocer a nadie que le diera la mano, en edad de conquistar el mundo y pudiendo desempeñarse en cualquier campo de la actividad intelectual, en cualquier espacio encontraba barreras difíciles que superar y las puertas se cerraban a su paso sin mayores explicaciones. Su mente le parecía un océano ingobernable movido por huracanes girando alrededor de su cerebro. Ni que decir de las horas que se le figuraban interminables, pero un día, después de sus trabajos universitarios habituales se sentó a contemplar el ocaso un horizonte rosa pálido, detuvo sus escenas literarias hizo una pausa y se dijo: “Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades” entonces su asiento le pareció más cómodo, y solo esperó ver la puesta del sol sin hacerse ningún cuestionamiento. En sus ratos libres de lectura, le sorprendió el sórdido mundo de la delincuencia juvenil francesa caldo de cultivo de la Revolución francesa de 1897, el bajo mundo de París le era impresionante. Una ciudad delictiva vibraba bajo las alcantarillas de París; ni que decir de las catacumbas donde estaba enterrados formando verdaderas paredes los esqueletos y calaveras los miles de cadáveres que morian envenenados por el agua insalubre de Parsis y asesinados en el reinado del terror de Roberspiere. Entonces pensó para sí mismo, el momento llegara en que pise mis pies en Paris e iría a conocer los restos de esas ciudades memorables por sus contrastes entre la opulencia y la miseria de tiempos medievales. Los estratos delictivos de Paris pululaban bajo el fastuoso mundo de la aristocracia parisina. A lo mejor se quedaría a vivir en París, le encantaba mirar los bailes de salón y de cabaret de las grandes avenidas del Paris en medianoche y escuchar “la Bohemia” de Charles Aznaburg en el ya legendario “Molino Rojo” de la o permanecer callado sorbiendo un vaso de vino lentamente y el último cigarrillo de su existencia en algún bar de callecitas poco alumbradas de la capital del mundo. Nunca se le quito de su mente las ganas de terminar su vida lejos, de donde le vieron crecer su padres amigos y familia y ahora que estaba viviendo cuesta abajo las postrimerías de su vida, tenía ahora en la mano el pasaporte visado para transitar por Europa en un viaje de entretenimiento, pero eso no era su fin, al inicio, aquel bohemio que solo le importaba el momento en que se vería lejos de esa mesa y de ese triste vino, se había esfumado, ahora pensaba como haría para quedarse y no tener que volver hacia donde estaba atado por su trabajo, el cual no le satisfacía, por haberle resultado todos esos años infructuosos para sus fines, su trabajo era solamente el instrumento para mantenerse activo y ocupado con una responsabilidad por demás ensordecedora para su cerebro que clamaba por libertad lejos de todas esa apariencia que hace ver a la tarea educativa una noble forma de ganarse la vida. Esta circunstancia solo le brindaba un estilo de vida nada profundo nada de satisfactorio ni reflexivo. Empezaba por entender que, el no hacer nada sería la mejor forma de dar forma su espíritu en la contemplación de la primera esencia, Una nueva forma de conocer la existencia de Dios, los libros de meditación oriental y budistas le estaban transformando el mundo y para entenderlos debía alejarse lo más posible de los convencionalismos y encontrar una vida retirada: soledad, el no hacer nada, ser simple y natural estaría bien para él; pero antes debería conocer la obra del hombre y el espíritu que se encierra en ella; a través del paso de los años: los magníficos palacios, deslumbrantes catedrales y monumentos de glorias pasadas dedicadas a sus dioses donde el hombre hizo su mejor esfuerzo por perpetuar su nombre en las civilizaciones venideras. En cuanto al amor ya no concebía como una forma de satisfacer los deseos de libertad encadenada por el deseo de la carne y el disfrute sexual eso, seria solamente sucumbir a un momento mientras dura el amoroso acto; lo importante era dejar fuera la posesión del uno con el otro para sumirse a lo más simple y natural en el arte de amar. Pero como encontrar ese estado de amor, no sabía cómo empezar ni quien sería ese cómplice de su nueva aventura. Haría ese viaje si ese viaje deseado hace 15 años, cuando cavilaba embriagado frente a un vaso de triste vino, ahora estaba decidido para pasear en Europa tomado de la mano de “la chica de sus sueños”, un cómplice, Si la chica de sus sueños existía la encontraría sin esfuerzo, pero si no tendría que adaptarse, a momentos convencionales, pero sin provecho a sus fines “conocer el amor de forma simple y natural” sería un sueño demaciado costoso y creo no tendría talento contemplado hasta ahora. Se dijo a si mismo “El amor junta los cetros con los cayados; la grandeza con la bajeza; hace posible lo imposible; iguala diferentes estados y viene a ser poderoso como la muerte”, se sonreía en silencio Cervantes El aeropuerto, un espacio impresionante por sus instalaciones modernas con letreros luminosos que comprometen mi atención, sin cabida a atenderlos a muchos de ellos, solamente espero dirigirme bien y no perderme en esta burbuja gigante de cosas y gentes. Para acceder al embarco o desembarco; los viajeros que estábamos dispuestos en diferentes pisos hacia arriba y hacia abajo corrían hacia las escaleras interminables como gusanos eléctricos movilizando muchedumbre de todas las razas y colores. Las personas parecían seguir seguían un patrón de conducta similar tenían la necesidad de ir y venir porque algo les traía y algo les llevaba de vuelta; para otra vez volver cual aves viajeras del espacio infinito buscando refugio y estabilidad o dando sentido a sus vidas llevadas por alguien o algo que son el motor de sus afanes; estaban llegando unos y otros abandonando el aeropuerto para dirigirse a sus países de origen, satisfechos o no de sus motivos de viaje. Luego de esperar por interminables 35 minutos, iban apareciendo las primeras maletas en el rotor que las movía en círculos interminables, tarde como uno 40, minutos para que apareciera la mía, cuando hube de tomarla, el ansia mía creció y mi corazón ahora latía al 100 por ciento de mi capacidad respiratoria. Mis nervios se alteraron haciéndome sucumbir en un estado de éxtasis al dar cada paso hacia la salida de pasajeros donde me esperaba ella, la única mujer que se ha refugiado en mi corazón casi eternamente. El aeropuerto de Barajas es uno de los más grandes y modernos del mundo, orgullo de los españoles de un cuerpo de instalaciones, se salta a otro más moderno grande es T4 o terminal 4, para llegar allí de toma un tren que guía a los pasajeros a dicho espacio He salido del lugar de embarques hacia el salón donde están esperando a los viajeros; he buscado entre la gente a Susana a quien no había visto por espacio de tres años. Ella sale de entre la gente con una cálida sonrisa en los labios, yo quisiera decirle que la adoro solo por el hecho de estar allí ese instante mágico y real a la vez yo igual he sonreído y le he dado un beso al saludarla, el gusto de verla me ha hecho que mi sangre adormecida por la distancia recorra en un segundo todo mi cuerpo como un tren aparcado a punto de partir en el espacio del olvido sin tiempo y sin fin ….? Al poco rato de salir de las instalaciones, es momento de dividirse para luego volver a encontrarse; ella toma direcciona a su casa, yo al hotel. El chofer, un hombre de unos cuarenta años colombiano y radicado ya unos 16 años me conduce en un lujoso Mercedes Benz, por entre las avenidas de salida que conducen al centro de la ciudad, mi primera impresión fue sentir el calor del verano, miraba, desde la ventana del auto, sin mucho interés el asfalto de la carretera, los espacios de tierra que se extendías a lo lejos eran estériles y secos allí empecé a ver primeras construcciones de las afueras de Madrid. Al rato atravesamos un túnel de 14 kilómetros, que descongestionaban una ciudad atiborrada de autos lo atravesamos en muy poco tiempo. El Hotel Convencion en Madrid está bien frente a una antigua terminal de trenes hoy convertida en estación de metro y centro comercial llamada “Príncipe Pio” tiene lo necesario, y más. Una hermosa vista al Manzanares, el rio que cruza la moderna ciudad de Madrid; he salido a mirarlo el verano lo tiene seco, pero las calles y las arboledas que se ven a lo largo y hacia a los flancos, le imprimen al lugar una hermosa vista atrayente; deseos de pasearse en sus riveras tomando un refresco y mirando a los ojos de la mujer que acaba de recibirme en el aeropuerto Cómodo y espacioso, el hotel era mi primera parada del paseo, este me hacía sentir como un verdadero turista en tierras desconocidas En la recepción pregunte por mi guía de viaje Carmen, quien había dejado un letrero que decía desayuno a las 7: 15 salida a Burgos 8am, era todo; no me han dado razón de dónde puedo encontrarme con mi guía turística, seguro aparecerá al siguiente día; estaba algo preocupado, al llegar inmediatamente después de desempacar algo de nueva ropa, tome un baño. me sumergí todo el cuerpo en una amplia bañera de agua tibia con jabones de olores donde me quedé dormitando, mientras los primeros pensamientos inquietaban mi tranquilidad: “Qué hago aquí”, después de tres años de no verla, no sé qué podría yo esperar de ella, o ella que podía esperar de mí, si hace un año atrás estábamos a punto de olvidaros de nuestra existencia el uno del otro y ahora la invitación que le hice a viajar había despertado expectativas nuevas que estaban ocupando mis pensamientos y sintiendo como el agua tibia relajaba mis nervios después un largo vuelo de 10 horas. No alcanzada a dilucidar si está bien o mal haber llegado a Madrid, no a tiempo, sino a destiempo ya olvidado como es de entenderse con alguien a quien un día se amó con delirio y a placer. En otras condiciones, este viaje era maravillosos, lo esperado por cualquier viajero, el estar en Europa con la compañía ideal conociendo un mundo distinto al mío, escuchado solamente de oídas, esas mil y una historias que se conserva en cada aun de sus plazas y museos de ciudades eternas con espíritu propio codiciadas y conquistadas por hombres de paz y de guerra desde la antigüedad hasta la modernidad. La he llamado y no me ha contestado, estará en dos horas, según me dijo, al decirnos un hasta luego en el aeropuerto después de despedirnos, ella iría su casa y yo al hotel a esperarla. He salido a visitar la calle , una puerta al estilo europeo situada en la mitad de un redondel, me muestra que estoy en el viejo mundo hoy cosmopolita en cuya amplia acera se forman mesitas con parasoles donde los turistas toman café, vivo o soda; comen bocadillos que no son apetecidos por mí, no los conozco y me he aventurado por una calle larga, es una terraza, provista de restaurantes al aire libre donde te ofrecen una cerveza con algún bocadillo incluido, he pedido una; el aire caliente me reconforta y me relaja tomo a sorbos cortos mi cerveza que me sabe deliciosa un sabor a cebada fresca segada por manos laboriosas de los campesinos que trabajan la tierra , miro al frente y pasan por mi delante hombres y mujeres extraños, yo la espero a ella, porque la conozco aprendí a conocerla y será ella quien me brinde la serenidad que necesito para poseerme de ese encanto de ser un viajero feliz además encuentro deliciosa comida y algunas tiendas, donde se ve de todo manjares, dulces delicias expuestos en enormes vitrinas y otros comercios donde se leen las primeras ofertas de artículos y ropa en verano. Madrid es así todo el tiempo con impresionantes centros comerciales para comprar, y disfrutar, donde te sientes bien y donde te gustaría vivir, si no fuera por los 40 o 45 grados de temperatura que soportas en verano, sus plazas históricas, edificios emblemáticos, avenidas comerciales como la Gran Vía , donde se confunden los turistas de distintas partes de Europa del este, franceses, ingleses alemanes polacos turcos y chinos además de la cantidad de gente migrante del África e India están pululando por la grandes avenidas y calles de Madrid y le brindan un espectáculo multicolor de razas, están allí en las calles de Madrid. El metro a resultado algo fascínate para mí, primero el hecho de no saber cómo comprar un tiquete de transporte me deja inútil, pero esta ella Susana, solicita y servicial, me indica y me dice cómo moverme en ese espacio desconocido, yo sigo sus pasos y me dejo llevar por ella, la encuentro la mujer soñada por mí. - Aprenda a moverse aquí eso me ha dicho – aunque no tenga que vivir acá, aprenda a moverse, es fácil Después de pensar de que no vendría al hotel por las tres veces que había llamado y no me había contestado al teléfono, pensé: sería capaz de dejarme hacer el tour solo, si así es lo haré solo de todos modos. Antes de terminar la frase, en un segundo apareció ella en la puerta, del hotel. Después de regresar de mi paseo en solitario al dirigirme por el pasillo hasta mi habitación, la encuentro, es Susana, está halando una pequeña maleta, y un bolso grande de mano, entonces sé que es en serio que me acompañará como quedamos en mi aventura turística de tres semanas. Esa noche ha llamado a una amiga, Rubí es una de sus amigas que migraron hace 16 años y trabaja como interna en una casa de españoles, digna e inteligente con argumentos sólidos ha conversado toda la noche que duró la velada, aunque yo estaba exhausto después de la 10, horas de viaje; he tomado sangría, he comido chorizo, cerveza con bocadillos en un restaurante y otro llenos de turistas y españoles que salen aprovechando el verano para encontrarse con sus pares y pasarla bien. Paseando por el Palacio real fotografiando las soberbias esculturas del Quijote hemos caminado por el Paseo del Prado, donde se destacan grandes edificios con colosales puertas de hierro y un serie de pasamanos y forjados en grandes cordones de hierro forjado artísticamente mientras avanza la noche, las dos amigas se muestran interesadas en que me ambiente en la moderna ciudad de Madrid y empiece a disfrutar de solicitas compañeras, pero ella Susana, se suma de una forma natural y distante sin ninguna expresión de alegría en su rostro, yo intuyo que no es indiferente el verme pero tampoco muestra una señal de alegría, yo no soy la persona que ella está esperando, y me doy perfecta cuenta. No puedo evitar sentirme solitario en un lugar que espere estar no ahora , sino al menos en un momento justo, si hubiera estado en ese mismo hotel hace aproximadamente cinco años atrás, cuando me despedí de ella, con la esperanza de volverla a ver , cuando no se me paso por la cabeza hacer lo que ahora estaba haciendo, “un viaje en tour” hubiera sido la solución perfecta si por un minuto hubiera decidido viajar al encuentro de Susana, en el tiempo preciso no estaría complicado como ahora lo estoy, ¡porqué tengo la pésima costumbre de hacer las cosas a destiempo, porqué mis decisiones son tardías y fallidas, porque no logro entender que las cosas se dan en el tiempo preciso y no cuando yo quiero hacerlas , las decisiones tardías se pagan caro, el amor se oculta, los intentos son fallidos, nada puede cambiar, solo la esperanza que se muere con el deseo a flor de piel y los desdenes ocultos en la mirada perdida y esquiva del amor de tu vida, eso es lo que fui a buscar? Eso encontré…, eso encontré como premio a mi alocada búsqueda de la verdad. Estoy cursando el tercer día en Madrid. Por la mañana vista panorámica de la ciudad, Carmen es la encargada de darnos a conocer sus monumentos y contrastes; desde el viejo Madrid con su sabor castizo, sus elegantes plazas de oriente continuando nuestra visita hacia el nuevo Madrid con sus modernos edificas y jardines, el paseo de la castellana, la Plaza Cibeles, símbolo de la ciudad, etc. La puerta de Alcalá nos espera histórica y señorial frente a esta el majestuoso parque del Retiro lugar de descanso de reyes y nobles ahora dispuesta a los veraneantes en domingo. Carmen nos ha dado poco tiempo para conocerla, yo he decidido junto a dos turistas mexicanas quedarnos un rato más en el Parque del retiro porque una sinfónica esta preparándose para presentar su concierto y esto me gusta mucho , al salir a tomar el autocar, este ya no estaba , que me asusté un poco si, claro que si porque estábamos perdidos junto a tres personas mexicanas, después de mirarnos unos a otros hemos logrado acordarnos que iríamos a Hard Rock un bar en el centro de la ciudad para nuestra fortuna no estábamos lejos, las mexicanas corría si dirección precisa, yo las seguía a buen paso un poco relajado, pues ya nos comunicaremos con Carmen y eso era todo. Con un poco de dificultad, hemos visto un letrero vistoso: Hard Rock, lo recuerdo por su ambiente, no tan espacioso pero si acogedor en cuyas ricas vitrinas se ostentan ejemplares de guitaras eléctricas originales aplaudidas por los amantes del rock . Hemos esperado con paciencia, luego de poco tiempo se ve del autocar bajar a los turistas acalorados a calmar su sed con una soda en el

viernes, 5 de junio de 2015

Un hecho desafortunado







Un hecho desafortunado.
Volviendo a mis etapas infantiles les contaré mi primera desgracia. En Ibarra se fue la luz, los vetustos postes de madera que ya no servían, fueron reemplazados por los de hormigón, las veredas de mi barrio, estaban llenas de huecos que habían excavado los albañiles, en una calle sola, por lo menos había cuatro o cinco huecos grandes dispuestos a lo largo de toda la cuadra. Mi hermano menor y yo saltábamos  uno por uno. Yo tomé uno de los huecos para saltarlo a lo ancho, entonces siento la mano de mi hermano menor que me detiene del saco, algo asustado por prevención, no alcanzo la otra orilla y voy a dar al fondo, aproximadamente unos dos metros, me dolía la cabeza, sentía un escozor en la parte  posterior del cráneo, me toque mi cabeza estaba rota, lo sentí porque me chorreaba mucha sangre por detrás de mi cabeza.
 Además  quedé en una postura muy incómoda, los pies para arriba y la mitad el cuerpo en la otra pared del hueco; algo así como doblado en dos y no podía salir, mi hermano como es lógico corrió a casa por ayuda, para fortuna mía la asa estaba bastante cerca de donde me había caído.
Para la época esperábamos ansiosos la llegada del abuelo; un hombrecito pequeño de sonrisa bonachona, inmediatamente, le asocie a la mirada del buen  Sancho Panza de la novela universal del Quijote de la mancha,  su cara era redonda, llevaba bigote cortado, sus ojos pequeños e hirsutos de mirada inquisidora como si todo lo analizara o lo supiera, era un don que lo había adquirido sin pedírselo a nadie, ya no tenía dentadura, nosotros lo veíamos curiosos lavar su dentadura, cosa que no le gustaba, para mí edad era rarísimo ver los dientes del abuelo en sus manos callosas por la labranza de la tierra, además, el abuelo no tenía cortado parte del dedo anular  de su mano derecha, se los había volado en un trapiche en donde se fabricaba la panela, con el pulgar cortado, nos hacía cosquillas mientras bailaba para nosotros Mi abuelo se llamaba Jorge, acólito de profesión de estatura pequeña su carita más bien redonda que alargada y su sonrisa era infantil, en la iglesia era requerido e infaltable sabía entonar a viva voz los réquiems para los muertos y toda celebración religiosa; se jactaba de hablar en latín, pues conocía todo el misal de los ritos religiosos y tocaba el melódico, mientras cantaba a voz en cuello. Había aprendido de los curas  a quienes servía de forma honorable y respetuosa,  ellos le habían enseñado  esa lengua muerta, se lo veía muy esporádicamente por acá en Ibarra  nos llevaba a su tierra, la zona de Intag, al llegar las vacaciones.
 Nosotros no entendimos porqué estaba separado de mi abuela; solamente le escuchábamos a mi abuelita  decir que el abuelo tenía en la una mano  la biblia y en la otra el trago. Lo que si se es  que durante la estadía con el abuelo en esas tierras prodigas por el trabajo y la generosidad de dios, empecé a valorar cada pisada y cada contacto con la tierra en una especie simbiosis natural  a pesar de no ser un hombre de las montañas, ni poder trabajar la tierra como es propio del campesino que conoce y descubre los secretos de producir la tierra,  mi mejor ruta hacia lo trascendental es hacia las entrañas de la tierra y sus tupidos bosques, las enmarañadas vegetaciones sus caminos polvorientos y el mirar hacia lo alto de las montañas con esa sensación indescriptible de libertad con   sus ríos diáfanos y profundos sucumbir hacia el lecho de  sus corrientes dejándose llevar al compás de sus ondas claras y azuladas   las cascadas vertiginosas y sus fuentes de agua  las frutas y los alimentos y cada insecto que corretea en la hoja de un robusto árbol es parte       del milagro de la existencia misma con la que el hombre está comprometido por el resto de su permanencia en el planeta.  Componer mejor Neruda en Temuco ferrocarrilero

 La abuela, a pesar de no estar siempre entre nosotros era adorable, la veíamos llegar al almacén de mi padre llevando para la casa huevos, café y frutas; se la veía un tanto enferma, padecía de fuertes dolores de cabeza y sus huesitos ya estaban bastante gastados, por lo que su caminar era lento y penoso, verla así nos despertaba ternura, la  veíamos llegar y lo primero que hacía era abrazarnos y darnos cariño, luego sacaba de un algún bolsillo secreto de sus ropas de color negro una “monedita” con la que comprábamos un helado en la heladería de la esquina. Cuando la abuela estaba con nosotros en Intag siempre nos atendía con mucha amabilidad, mi madre decía que si no fuera por ella, mis primeros hermanos no hubieran nacido, porque mi madre dio a luz sus  dos primeros hijos con la ayuda de mi abuela quien se dedicó a cuidarle a mi madre con esmero durante el embarazo y el posparto de mi madre.
Mi abuela tenía un huerto de nardos, muy grande y bello se dedicaba al cultivo de los nardos frondosos y frescos  su destino eran adornar los grandes floreros de los regios salones y galerías de Otavalo e Ibarra  dándoles un toque elegante de pálido marfil. Una desgracia fatal le sucedió a mi abuelita, quien perdió la vida
 al bajarse del bus cogida su atado de nardos.

Nosotros esperábamos la llegada del abuelo a Ibarra que era una ciudad pequeña de 50 mil habitantes a lo sumo, en el año 75. Sus calles estaban tapizadas de piedras en forma de bolas anchas que le daban el aspecto de una villa medieval. Su arquitectura se sintetizaba en un conjunto de manzanas donde se edificaban casitas de adobe y techado de teja pintadas  con cal blanca.  Terremoto 1868
Este empedrado plano y derecho que se extendía de norte a sur a lo largo de todas las calles de la ciudad con sus dos parques principales, El parque Pedro Moncayo y La Merced, empezaba en la plaza Boyacá y terminaba en Caranqui. Cuentan que cuando el libertador Simón Bolívar  visitó por primera vez la ciudad le impresionó la belleza antigua de sus largas  y aplanadas calles   empedradas  como una obra de arte medieval  y dijo:  “Conocí una cuidad de piedra” algo más sobre Ibarra.
Volviendo a mi caída, no fue de graves consecuencias, pero había quedado cosido a la cabeza un trozo grande de gaza desinfectada que el abuelo al verme me dijo que yo ya estaba listo con el equipaje para el viaje. Quien no estuvo de acuerdo en enviarnos a mi hermano y a mí de vacaciones, fue mi padre porque días más tarde me sacarían los puntos. Ese día quedé bastante  apenado yo diría que frustrado; ahora que lo pienso cada vez que se me dificultan las cosas creo que las desgracias me persiguen, no puedo concretar lo que empiezo. Ese día estaba solamente esperando la llegada del abuelo quien nos llevaría  de vacaciones a una hermosa tierra desconocida para mí y era por largo larguísimo tiempo.
La segunda llegada del abuelo.
En fin, un buen día apareció el abuelo en casa con su jergueta azul marín un sombreo de fieltro negro  y un pequeño maletero color café de cuero grabado. La llegada del abuelo nos entusiasmó al máximo. Al siguiente día estábamos listos; a eso de  las 6 am tomábamos el bus que nos llevaría desde Otavalo a un lugar llamado Apuela, en horas del mediodía estábamos en casa de una tía quien nos recibió con el almuerzo:  un plato tolbado de fréjol  con arroz y un vaso de limonada. Minutos después, estuvimos saliendo de allí. Cruzamos una plaza en un costado de esta se podía ver una iglesia campesina caminamos al frente de esta hasta doblar por un costado que daba a un camino pequeño pendiente abajo se podía ver una filera de algunos caballos apiñados y amarrados a unos árboles de lechero. Mi abuelo en el acto habló con uno de los dueños de   los caballos y le dijo:
-Podría usted ayudarme con mis nietecitos hasta donde  pueda llevarnos. Íbamos camino de “el calvario” así le decían los lugareños al lugar donde vivía mi abuelo, por lo tortuoso de llegar pendiente arriba hasta el pueblo.
-Claro que si don Jorge, no se preocupe- A fin de cuentas todas las personas se conocían y se daban la mano así era en esos tiempos, además a mi abuelo le consideraban los parroquianos, en unas ocasiones era el Teniente político, o el secretario de alguna parroquia rural lugar de la zona. Despúes de avanzar unos quilómetros por un sendero de pequeños arboles de lechero lo primero que alcancé a ver en el camino fue un largo puente hecho de enormes vigas de  madera añosa y gastada por el paso del tiempo  fijado por una estructura de piedra y sostenido por unos gruesos cordones de metal algunos fierros gastados sujetaba la estructura que al paso de las bestias con sus cargas  y las personas de a pie, se mecía como hamaca haciéndonos perder la vista en una especie de mareo al ver el correr de las torrentosas aguas del diáfano Rio Apuela. El agua que viajaba vertiginosa chocaba con fuerza contra las piedras agrietadas haciendo crepitar hacia arriba borbotones de blanquísima espuma  que alcanzaba a bañar nuestras cabezas. El bramido del agua me asustaba y de no ser por mi abuelo que guiaba nuestros pasos, no lograríamos atravesarlo.   
Luego de cruzar el añoso puente acabándose al sol y al agua se habría a nosotros un largo camino junto al rio en cuyo sendero se me figuraba que de súbito   nos encontraríamos  con un piquete soldados medievales  con sus armaduras de plata, acorazados  con escudo y lanza, nosotros nos haríamos hacia un costado y ellos pasarían de largo a las cruzadas en busca de gloria para su rey.
_ Abuelito, mira hacia esa curva del camino- le dije porque me , llamó poderosamente mi atención por delante trotaban a paso rápido  una recua de acémilas con cargas de cabuya y más atrás se veía la figura de un hombre de unos 55 años flaco y desgarbado, de cejas pobladas y una barba lacia y larga que empezaba  a pintarse de gris  llevaba una  armadura  envejecida por los años una lanza se destacaba en su diestra y venia avanzando al tránsito que le llevaba un caballo   igual de desmejorado como su dueño.
El abuelo no disimulo su asombro pero yo encontré a este caballero de mirada halagadora  y triste figura un personaje de leyenda con el que debía entablar una larga conversación, si me lo permitía claro está.
- Buenos días caballero adonde le guían sus pasos esta mañana y que aventura le ha traído por estos  singulares parajes.
- Estando recogiendo mis libros y situándolos en el lugar que ocupan he sido víctima de un encantamiento que no sé de qué suerte me ha depositado a mí y mi noble amigo en este camino que dios ha elegido para encontrarme con vuestras mercedes, sacándome de mi destino que ocupa mi razón de ser.
-         Y cuál es su destino , noble caballero,-pregunté 
-         Soy caballero andante y es preciso que en mis afanes esté el ir buscando un hombre que no se deje envolver del mal presagio de terminar convertida víctima de la ambición, al cual estoy obligado a entregarle la caja de los tesoros encontrada en la cueva de montesinos, destinada para este fin.
-         Si encuentras al hombre indicado al que entregaras el tesoro, que es preciso hacer con él? - le inquirí dejándome llevar por mi curiosidad.
-         Que hay demasiada hambre y miseria en el mundo por do he venido he encontrado a  hombres, mujeres y niños   víctimas de la injusticia e impotentes de resarcirse en sus derechos, mientras la opulencia y el derroche campea libre a su antojo de corromper a la humanidad. Decía esto el buen caballero, mientras se posaba la mirada en la quietud de mi abuelo que no pronunciaba palabra alguna.
-         Decidme, quien es el hombre con el que te  dejáis acompañar
-         Es mi noble abuelo y queremos llegar al pueblo del El calvario de donde se pertenece y al mismo que voy ya pasar unas semanas de vacaciones.
-         Si, seguro estoy que tú eres el que busco dado que  la casualidad ha permitido este dichoso encuentro.
-         Un caballero como yo necesita de su escudero y como lo podréis  haber notado yo no tengo uno así que os haré nombrar mi escudero al cual le presentaré a la corte que  me pertenezco   y en pago a sus servicios le haré gobernador vitalicio del lugar que el escoja en estas santas tierras de Dios.
Mi abuelo visiblemente reía disimuladamente y me dijo
-         Igual que éste han aparecido muchos por aquí andan un poco descocados pero se los deja pasar y nada mas.
Aludido mi abuelo le respondió,
-  Para mí sería un honor serviros noble caballero, se ve que tus afanes son dignos de   apoyo  en tan encomiable empresa, tenéis razón al decir que mucha miseria y sed de justicia existe en este mundo ancho y        sin fin; pero como veis, mi única encomienda, está como podéis ver el llevar a mi nietecito a disfrutar de la paz y el regocijo  que le puedo brindar en esta hermosa tierra donde yo he visto la luz por primera vez y es donde mis tareas se ocupan desde que el sol sale hasta que anochece. Pero te puedo decir que he oído decir que existe un lugar en otro continente donde por medio de tus encantos te podéis transportar, he oído que en un lugar llamado Calcuta encontraras a una pequeña mujer que lleva una túnica desde su cabeza hasta sus pies la encontraras fácilmente porque en su frente lleva una franja de color azul con la que la  distinguirás, además se deja acompañar de una hermosa princesa  ella esta bendecida su alma por el todopoderoso y se ocupa de los enfermos y desvalidos  y sus recurso son muy pocos,
Dicho esto,  con un movimiento a su corcel, el hidalgo se hizo a un lado permitiéndonos continuar nuestro viaje mientras se alejaba nos decía, intentare encontrarla, pueden estar seguros de ello.
- Crees abuelo que con el tesoro de la cueva de Montesinos le alcance a esa mujer a terminar con el hambre de los niños.
- Imposible me respondió el abuelo, ningún tesoro por cuantioso que sea alcanzará para terminar con las miserias humanas, No se trata de riquezas sin de solidaridad.


El paisaje era sin duda, salvaje pero al mismo tiempo paradisiaco y encantador.  
De vez en cuando nos encontrábamos con árboles de guayabas o de naranjas. Mi abuelo nos comentaba que 20 años atrás todo había en abundancia, las naranjas, se perdían el hileras infinitas de árboles. Nadie las compraba y el ciento se vendía en tres reales. Hoy decía cuesta 35 sucres. La naranja de Apuela es única en el mundo dulcísima y sin semilla, lástima que en otras partes, la hormiga arriera les liquida, pues se come toda la hoja del árbol.  Nosotros admirados de ver las naranjas en el camino el abuelo nos cogía  y las comíamos con tortillas de tiesto preparadas para el camino.
La caminata nos resultaba cansada, no estábamos acostumbrados a esas aventuras, sin embargo no nos podíamos quedar y el abuelo descansaba muy poco porque iba entretenido en la conversa con algún conocido suyo. Nosotros nos entreteníamos mirando las mariposas y los insectos que no conocíamos y nos resultaban extraños por sus formas y apariencias, mientras el abuelo nos comentaba sobre la “Leyenda del Señor de Intag”. Mi abuelo decía la gente de Apuela es muy católica. Cada domingo acuden a la misa de 9 y de 12 del día. Todos los fieles son creyentes del Señor de Intag. Los antiguos dicen que hubo tres esculturas  iguales, preciosas bellamente talladas por manos de un  verdadero talento artístico, uno de ellos corresponde al de Apuela. Cuentan que un día apareció una mula echada, a causa del peso de la carga en un sitio cercano a Apuela llamado Cristopamaba. Después de esperar largas horas por el dueño, este nunca apareció.
Las autoridades abrieron el baúl que transportaba y en su interior encontraron un Cristo desarmado. Le armaron con mucho cuidado, le hicieron una especie de choza con hojas de anón y le dejaron allí, sin valorar su belleza. Pero cada día, la imagen del Cristo aparecía en algún lugar distinto de donde le dejaron, cuentan que un día apareció en Apuela que quedaba a varios kilómetros del lugar donde habían dejado la escultura. Los lugareños comentaban que  el hecho  se repetía con frecuencia; entonces la gente se organizó y decidió hacer una capilla en la actual parroquia. Y cada año festejan la llegada del Señor de Intag con una fiesta en la plaza mayor. Muchos afirman que la imagen fue hecha por Caspicara y que las potencias de la escultura eran de oro puro. Los Cristos quedaron uno en Otavalo, otro en Caranqui y el último en Apuela.
Realmente mis pequeños pies de niño citadino no daban más, entonces queriéndome detener y sin hacerlo  pregunté:
  -Ya llegamos abuelito?.
-¿Sí alcanzas a ver por detrás de esos árboles?; fíjate allí ya asoman las orejas del pueblo-, nos decía.
Nosotros alzábamos la vista y alcanzábamos a ver en la distancia una pequeña parte de unos techados de teja de unas casas pequeñitas. Según el abuelo, eso que asomaba a la distancia eran graciosamente llamadas por mi abuelo “Las orejas del pueblo“.
Así fue como hicimos contactos por primera vez con los parientes: tíos y tías, primos y primas por montones  también con las costumbres de la vida en el campo. El abuelo solía contarnos historias de fallecidos conocidos suyos que llegaban por la noche, se sentaban en una silla junto a su cama a agradecerle  por sus oraciones, mi abuelo era entre otras cosas acólito de capilla y era infaltable en las velaciones de los muertos en el pueblo; junto a los deudos rezaba largas noches el rosario que les purgaría a las almas del fuego del infierno. Pero sucede que en esas noches de rezo no faltaba el sabroso aguardiente de Intag, famoso por su alto grado de alcohol que se fabricaba en los trapiches de toda la zona. Así fue como me hice la imagen de mi abuelo Jorge: un hombre muy católico, amable y solidario con su gente, de buen humor y le encantaba andar con sus nietecitos a donde él iba.
Por las mañanas muy por la mañana, leche de vaca calientita con café pasado. La abuela que desde muy temprano estaba lista para servirnos el desayuno nos decía: “Mijo, coja la panela y sazone su café”.  
En una de las casas del pueblo vivía una señora de cabello largo y albino sus ojos no se podían exponer a la luz del sol; siempre estaba cubierta de harina desde la cabeza hasta los pies; era una señora gorda de cachetes colorados, en su caminar lento iba sacudiéndose el harina que volaba por toda la casa e iba a depositarse en los trastos y todo objeto de madera de la habitación. Jamás he vuelto a probar uno de esos grandes panes rellenos de leche y mantequilla, sabrosísimos por demás horneados en leña. Cuando regresé a la ciudad, el pan de la ciudad dejó de gustarme, extrañaba el pan de  de Intag.
La iglesia del pueblo estaba en una explanada cuesta arriba a la que se llegaba por un largo camino tapizado de grandes piedras rectangulares. Allí se veía tendidas al sol secándose la fibras de cáñamo que los campesinos las extraían de una planta llamada penca. La agricultura y la extracción de la cabuya para fabricar cordeles de forma artesanal, era la fuente de subsistencia de los inteños, grandes bultos de cáñamo enrollados a manera de melcochas gigantes viajaban en los camiones que salían de la zona hacia la ciudad, la gente viajaba cómodamente sentados en esos bultos mientras charlaban hasta llegar a su destino final. No menos de 100 quintales salían por semana a Apuela para que sean transportados hacia Otavalo además  la panela.  El aguardiente era una actividad de contrabando a la ciudad de Otavalo e Ibarra.
Mi padre tenía un tío de esos con fama de mujeriego y  trasnochador contrabandista de aguardiente y por consiguiente enemigo de los guardias del estanco, estos guardias se dedicaban a perseguir a los contrabandistas de aguardiente donde quiera se encontraban, Agustín Pasquel, el tío de mi padre un hombre alto y delgado de aspecto intolerante,  seco de carnes, de nariz perfilada y delgada, lo vi un día en que mi abuelo habría de llevarme a Otavalo, para luego seguir el camino de Intag, el tío de mi padre  estaba allí frente a mí en una casa antigua de paredes grises y patio con glorieta al centro , no olvidare su aspecto usaba un sombrero de paja  toquilla, su delgado bigote cano se destacaba entre unos labios finísimos   otorgándole regia personalidad  estaba viejo y parecía enfermo, pero en cuanto estuve frente a él, éste  alzo la mirada para distinguirme yo le parecí insolente al tratar de conocerlo, no pronunció palabra alguna, se me figuraba el Quijote de la mancha, era igualito a las imágenes del hidalgo caballero de la triste figura. Pero en distinta versión y personalidad por supuesto.
Mi madre un día me contó algo de la personalidad de los Pasqueles, especialmente de los hombres, eran en realidad una dinastía de hombres rudos dedicados a las faenas del campo y a  transitar por todos los senderos de la zona en búsqueda de aventuras, siempre armados por su condición de contrabandistas de aguardiente. Agustin, estaba una noche libando con sus amigos, pero antes sus entradas al pueblo eran triunfales en un hermoso y bien dotado caballo entraba a la plaza mayor disparando su revolver en todas las direcciones llamando la atención de las jovencitas más bonitas del lugar, les reunió a sus amigos para contarles que había hecho una apuesta con los guardias del estanco, les dijo que pasaría su preciosa carga de aguardiente sin que ellos pudieran tocarle a él o a su carga. Y lo haría en medio de sus narices. Inmediatamente, los guardias se pusieron en alerta vigilándolo todo el día y toda la noche para saber qué camino de la montaña seguiría para interceptarle en su afán de ganar la mentada apuesta. Mientras Agustín charlaba despreocupadamente con sus amigos durante la madrugada, a eso de ya entrada la tarde del día anterior un féretro de tabla rasa se hacía acompañar de  unas cuantas indígenas a pie  en actitud de luto, caminando descalzas, pasaban las pipas de aguardiente al interior del insignificante ataúd de madera por las narices de los guardias del estanco.
Alborozado  un tanto pasado de copas Agustín , salto de súbito de su silla   a la mitad de la noche sacando  de su cintura un poderoso Smith Watson calibre 38 largo y les dijo a sus trasnochadores amigos haciéndose notar el odio acrecentado que tenía por los guardias de estanco: “Quien me acompaña quiero desaparecerles a unos cuantos de esos guardias que están en el control de Aguagurún, nadie de sus amigos quiso secundarle en su loca decisión, entonces salió a la plaza y desahogo sus intentos de muerte  disparando repetidas veces al aire de la inmensa noche. Se cuenta que los caballos de Agustin eran ariscos y mantenía una obediencia única a su amo, lo cuidaban y lo llevaban a su casa a pesar de que iba montado dormido o despierto. Solamente el tiempo habría de dominar las ínfulas de contrabandear aguardiente, al tío Agustín, ya cansado y enfermo, se retiró a su casa de Otavalo a dejarse morir por el peso de los años gastados en sus aventuras de un hombre de valor y honor.
Recuerdo que una de las religiosas que se encontraban como misioneras en aquel convento de “El calvario” junto a la iglesia ubicado en ese rincón más alejado del pueblo, me preguntaron que quien era yo y que hacía por allí, les expliqué que venía con mi abuelito, me preguntó que si yo sabía cantar, le dije que sí; entonces tomó un megáfono, se situó en la piedra más alta desde donde se veía todo el pequeño pueblo, desde allí canté algunas canciones, las mojas me decían que tengo una preciosa voz de lo que me convencí y seguí cantando todas las canciones que me las sabía siempre que estaba de camino hacia los parajes que  día a día iba descubriéndolos en mi aventura en “El Calvario”.
Años más tarde unos  jóvenes trotamundos  europeos llegaron al lugar para enseñarles a tejer bolsos de cabuya teñidos de varios colores  como  artesanías de exportación. Hoy sé que los extranjeros, se quedan largas temporadas en “El Calvario” disfrutando su estancia en esa parte de la sierra ecuatoriana compartiendo experiencias con los campesinos, pero yo he dejado de ser niño, ero lo que viví no se borrará de mi corazón y el recuerdo del abuelo a quedado para siempre en mi mente.