Cuentos desde la ventana
Fragmentos
La sonrisa de Sofía. y El mundo de ella. "La muñeca"
Día
y hora fijadas. ¿Cómo no entender un acto de amor si este ocurre con solo una
mirada? Más aún cuando mis emociones han emergido desbordándose a través del
cauce aletargando de mis huesos; toda mi sangre que de prisa está hilvanando mi
carácter, hace que me sienta liviano al tiempo respirando la calidez de la
brisa que viene llegando desde la cinta costera del Pacífico.
Cientos
de chalupas de pescadores dispersas en las proximidades de las playas dibujan
un lienzo en rosa. El sol, es un botón rojizo suspendido en el horizonte dorado
de una tarde ya caída.
Estoy
colgado otra vez en las manos de mi destino y nada impide lo que la voluntad
apremia; debo cumplir con la cita. Otra vez tentando a mi suerte, y esta
sensación me complace. ¿Crece en mi la expectativa por las aventuras hacia lo
incierto?
Acuden
las consecuentes preguntas en mi cabeza, que no termino de hacérmelas porque
Sofia está a punto de aparecer.
Ella
es alguien a quien conocí en Guayaquil cuando la interrumpí su contemplación hacia el rio. Sofía estaba
mirando el pintoresco cerrito de Santa Ana a través de los binoculares dispuestos
en la balaustrada del malecón.
Me
dejo su nombre como recuerdo y luego desaparecimos los dos en caminos
diferentes. De este acercamiento ya ha pasado un año, sin embargo, hemos
considerado la posibilidad de encontrarnos otra vez.
El
encuentro ocurrió sin previo aviso en la acera del frente.
La
he visto desde la cabina de teléfonos donde estoy torpemente digitando los
códigos nuevos que desconozco. Su mirada serena, su caminar acompasado y
seguro, un rostro delicado cubre mi atención, no se figuran poses en su actitud
ni se evidencia intención de sorpresas, Sus ojos reflejan franqueza y en sus
palabras fluye la libertad de lo que quiere expresar.
No
hace falta conocerse demasiado, pues una sonrisa dice lo necesario y luego lo
que está por empezar es lo que quedara en la cabeza y el corazón. Y los días
que nos esperan aún no han acabado.
Nos
miramos, un recorrido breve dibuja mi silueta en sus ojos, hice lo mismo; mis
facciones entre las suyas denotan complacencia por lo que está ocurriendo.
Estamos empezando a conocernos, a darnos lo que llevamos por dentro celosamente
guardado.
Está
muy cerca de mí; ha sonreído, la calidez y la serenidad vuelven a mi rostro, se
acerca y saludamos tibiamente cómplices de un encuentro anunciado y que ya
empezaba a desdibujarse en las ondas azules de un mar de tiempo.
Es
que los pasos que marcan mi destino es una paleta de artesano donde estoy
mezclándome al azar, desde hace ya varios años, con los colores de la esperanza
y la sorpresa.
–
Hola
Sofia, me alegra verte, temí que no vendrías.
–
Que
pesar Javier, no dependía de mi. Tuve
que demorarme; estaba a expensas de otras personas que me trajeran a tiempo
–
No
te imagine así. Estas delgada. Sonríe sin tratar de disculparse, ella es así, y
su porte va por encima del mío. Me gusta como se ve.
–
Hace
calor aquí
–
Pura
vida, así somos en Costa Rica.
El
chofer, que hizo de mi guía todo el tiempo nos espera hasta ponernos de acuerdo
en lo que haremos al salir del aeropuerto; es una especie de cómplice y su expectativa
crece con la mía.
El mundo de “la muñeca”
Me
ha tomado mucho tiempo entender algo que siempre estaba allí, en cada
encuentro, en cada mirada apenas halagadora, en cada reacción de lo cotidiano.
Era
diferente a lo común o al menos eso aseguraba con determinación.
–
Yo
no soy ecuatoriana- decía-, nací en Colombia y si juegan Ecuador y Colombia, ¡Qué
pena, yo siempre voy a Colombia¡.
Sus
días, sus noches y hasta la forma de levantarse para empezar el día, todo era
muy suyo sin lugar a objeción. No se preocupaba por demostrarse inteligente,
solo era ella en todo lugar y en cualquier núcleo de gentes.
De
buena estatura, notábase que en sus años juveniles gozó de un cuerpo muy fino;
su delgadez y talle delicado, hicieron
ganarse el nombre falso de “muñeca” entre sus amigos más cercanos.
El
amor por los niños jugaba un valor importante en su vida, siempre nada era demasiado
para ellos. El amor, el cariño, todo les entregaba a ellos; sabía hacerles sentir bien
y ella se complacía con su ternura, en contraste con su orgullo desmedido que
no le permitió gozar a plenitud de la comprensión de los que ya la conocíamos.
Irremisiblemente
orgullosa, sentía un falso apego a lo que creía más cerca a lo que la
identificaba con su personalidad; en más de una ocasión, nos separábamos durante
días, mientras yo me sentía indiferente, ella desmejoraba y se notaba en su
semblante. Sin embargo, aseguraba sentirse muy cómoda y en paz en esa soledad.
Desprendida
cuando de sentirse a comodidad se trataba, se gastaba los lujos que quería y lo
primero era para ella una buena mesa.
La muñeca hacia sus cosas, siempre y cuando la
hicieran sentirse bien a su manera. Las leyes que regulan su vida, ella las
creaba no las distinguía como éticas o morales, acertadas o perniciosas si las
rompía nada pasaba; había días en que negaba la noción de lo correcto, pero era
exclusiva y original en sus gustos. Ella creo un mundo habitado solo por ella.
No usaba brasier.
Cuando
tocábamos el punto de su lugar en el mundo entre lo real y lo quimérico, era
asombrosamente convincente; sin embargo, parecía vivir en una burbuja de
pensamientos, hechos para su comodidad, desde donde se sentía tranquila, sin
tratar de confundirse con el resto de sus mortales.
Estudiante destacada apreciada por sus
maestros que la mimaron siempre al igual que su madre que gozaba de buena
posición económica a tal punto de prestar todo su dinero para luego perderlo
con la fatal consecuencia de quedarse en la ruina.
Dejo las aulas cuando contrajo matrimonio a
los 17 años con un hombre joven alto y deportista perdidamente enamorado de
ella. Su separación para mí es un
misterio, no alcancé a comprender como dos seres que se aman y se necesitan
pueden separarse por el capricho de una mujer y los intereses particulares de otro.
Su
matrimonio maduró con accidentadas circunstancias en una convivencia, hasta
cierto punto sin puntos de acuerdo.
–
Deberías
haber sido muy feliz con tu esposo, por lo que me has contado. Lo diste todo,
compartiste lo que tenías, él te amaba, te trataba bien y te complacía, que
pasó entonces, le pregunte otra vez porque su historia termino fatal.
–
Soy
extremadamente caprichosa, me contesto, nadie puede con mis caprichos. Se fue a
estudiar con una beca a Cuba, regresaba cada año y yo le esperaba cada vez más
enamorada. Un día me sorprendió con un ramo de rosas en la casa, sin avisarme
que volvería de Cuba en vacaciones. Mi hombre me amaba.
Un día me preguntó si yo
quería que el regresara de Cuba, yo le contesté que eso era cuestión de él,
entonces, se fue, pensando ya no regresar por mí. Me quede sola y fue una
decisión que tomé sin pensarlo dos veces, le dije que lo decidiera él.
–
Puro
capricho tuyo, te ha servido de algo ser así
–
No
lo sé; no lo he analizado mi forma de ser es así, es lo que importa y nunca voy
a cambiar.
–
Las
cosas importantes no se improvisan, ni se toman a la ligera, le dije a manera
de consejo, pero la muñeca era de las personas que los consejos no le servían
de mucho, los ignoraba.
Angustiada,
por el bienestar de su único hijo que nació tan bello como un querubín; en el
acto el infante le fue arrebatado, por el cariño y esmerados cuidados de su
abuela.
Ella, la pobre “muñeca”, nunca supo cómo
ganarse a su bebé, pues su abuela no lo permitió.