Un
hecho desafortunado.
Volviendo a mis etapas
infantiles les contaré mi primera desgracia. En Ibarra se fue la luz, los
vetustos postes de madera que ya no servían, fueron reemplazados por los de
hormigón, las veredas de mi barrio, estaban llenas de huecos que habían
excavado los albañiles, en una calle sola, por lo menos había cuatro o cinco
huecos grandes dispuestos a lo largo de toda la cuadra. Mi hermano menor y yo
saltábamos uno por uno. Yo tomé uno de
los huecos para saltarlo a lo ancho, entonces siento la mano de mi hermano
menor que me detiene del saco, algo asustado por prevención, no alcanzo la otra
orilla y voy a dar al fondo, aproximadamente unos dos metros, me dolía la
cabeza, sentía un escozor en la parte
posterior del cráneo, me toque mi cabeza estaba rota, lo sentí porque me
chorreaba mucha sangre por detrás de mi cabeza.
Además
quedé en una postura muy incómoda, los pies para arriba y la mitad el
cuerpo en la otra pared del hueco; algo así como doblado en dos y no podía
salir, mi hermano como es lógico corrió a casa por ayuda, para fortuna mía la
asa estaba bastante cerca de donde me había caído.
Para la época esperábamos ansiosos la llegada
del abuelo; un hombrecito pequeño de sonrisa bonachona, inmediatamente, le
asocie a la mirada del buen Sancho Panza
de la novela universal del Quijote de la mancha, su cara era redonda, llevaba bigote cortado,
sus ojos pequeños e hirsutos de mirada inquisidora como si todo lo analizara o
lo supiera, era un don que lo había adquirido sin pedírselo a nadie, ya no
tenía dentadura, nosotros lo veíamos curiosos lavar su dentadura, cosa que no
le gustaba, para mí edad era rarísimo ver los dientes del abuelo en sus manos
callosas por la labranza de la tierra, además, el abuelo no tenía cortado parte
del dedo anular de su mano derecha, se
los había volado en un trapiche en donde se fabricaba la panela, con el pulgar
cortado, nos hacía cosquillas mientras bailaba para nosotros Mi abuelo se
llamaba Jorge, acólito de profesión de estatura pequeña su carita más bien
redonda que alargada y su sonrisa era infantil, en la iglesia era requerido e
infaltable sabía entonar a viva voz los réquiems para los muertos y toda
celebración religiosa; se jactaba de hablar en latín, pues conocía todo el
misal de los ritos religiosos y tocaba el melódico, mientras cantaba a voz en
cuello. Había aprendido de los curas a
quienes servía de forma honorable y respetuosa,
ellos le habían enseñado esa
lengua muerta, se lo veía muy esporádicamente por acá en Ibarra nos llevaba a su tierra, la zona de Intag, al
llegar las vacaciones.
Nosotros
no entendimos porqué estaba separado de mi abuela; solamente le escuchábamos a
mi abuelita decir que el abuelo tenía en
la una mano la biblia y en la otra el
trago. Lo que si se es que durante la
estadía con el abuelo en esas tierras prodigas por el trabajo y la generosidad
de dios, empecé a valorar cada pisada y cada contacto con la tierra en una
especie simbiosis natural a pesar de no
ser un hombre de las montañas, ni poder trabajar la tierra como es propio del
campesino que conoce y descubre los secretos de producir la tierra, mi mejor ruta hacia lo trascendental es hacia
las entrañas de la tierra y sus tupidos bosques, las enmarañadas vegetaciones
sus caminos polvorientos y el mirar hacia lo alto de las montañas con esa
sensación indescriptible de libertad con
sus ríos diáfanos y profundos sucumbir hacia el lecho de sus corrientes dejándose llevar al compás de
sus ondas claras y azuladas las
cascadas vertiginosas y sus fuentes de agua
las frutas y los alimentos y cada insecto que corretea en la hoja de un
robusto árbol es parte del milagro de la existencia misma con la que
el hombre está comprometido por el resto de su permanencia en el planeta. Componer mejor Neruda en Temuco ferrocarrilero
La
abuela, a pesar de no estar siempre entre nosotros era adorable, la veíamos
llegar al almacén de mi padre llevando para la casa huevos, café y frutas; se
la veía un tanto enferma, padecía de fuertes dolores de cabeza y sus huesitos
ya estaban bastante gastados, por lo que su caminar era lento y penoso, verla
así nos despertaba ternura, la veíamos
llegar y lo primero que hacía era abrazarnos y darnos cariño, luego sacaba de
un algún bolsillo secreto de sus ropas de color negro una “monedita” con la que
comprábamos un helado en la heladería de la esquina. Cuando la abuela estaba
con nosotros en Intag siempre nos atendía con mucha amabilidad, mi madre decía
que si no fuera por ella, mis primeros hermanos no hubieran nacido, porque mi
madre dio a luz sus dos primeros hijos
con la ayuda de mi abuela quien se dedicó a cuidarle a mi madre con esmero
durante el embarazo y el posparto de mi madre.
Mi abuela tenía un huerto de nardos, muy grande
y bello se dedicaba al cultivo de los nardos frondosos y frescos su destino eran adornar los grandes floreros
de los regios salones y galerías de Otavalo e Ibarra dándoles un toque elegante de pálido marfil.
Una desgracia fatal le sucedió a mi abuelita, quien perdió la vida
al
bajarse del bus cogida su atado de nardos.
Nosotros esperábamos la llegada del abuelo a
Ibarra que era una ciudad pequeña de 50 mil habitantes a lo sumo, en el año 75.
Sus calles estaban tapizadas de piedras en forma de bolas anchas que le daban
el aspecto de una villa medieval. Su arquitectura se sintetizaba en un conjunto
de manzanas donde se edificaban casitas de adobe y techado de teja
pintadas con cal blanca. Terremoto 1868
Este empedrado plano y derecho que se extendía
de norte a sur a lo largo de todas las calles de la ciudad con sus dos parques
principales, El parque Pedro Moncayo y La Merced, empezaba en la plaza Boyacá y
terminaba en Caranqui. Cuentan que cuando el libertador Simón Bolívar visitó por primera vez la ciudad le impresionó
la belleza antigua de sus largas y
aplanadas calles empedradas como una obra de arte medieval y dijo:
“Conocí una cuidad de piedra” algo más sobre Ibarra.
Volviendo a mi caída, no fue de graves
consecuencias, pero había quedado cosido a la cabeza un trozo grande de gaza
desinfectada que el abuelo al verme me dijo que yo ya estaba listo con el
equipaje para el viaje. Quien no estuvo de acuerdo en enviarnos a mi hermano y
a mí de vacaciones, fue mi padre porque días más tarde me sacarían los puntos.
Ese día quedé bastante apenado yo diría
que frustrado; ahora que lo pienso cada vez que se me dificultan las cosas creo
que las desgracias me persiguen, no puedo concretar lo que empiezo. Ese día
estaba solamente esperando la llegada del abuelo quien nos llevaría de vacaciones a una hermosa tierra
desconocida para mí y era por largo larguísimo tiempo.
La
segunda llegada del abuelo.
En fin, un buen día apareció el abuelo en casa
con su jergueta azul marín un sombreo de fieltro negro y un pequeño maletero color café de cuero
grabado. La llegada del abuelo nos entusiasmó al máximo. Al siguiente día
estábamos listos; a eso de las 6 am
tomábamos el bus que nos llevaría desde Otavalo a un lugar llamado Apuela, en
horas del mediodía estábamos en casa de una tía quien nos recibió con el
almuerzo: un plato tolbado de
fréjol con arroz y un vaso de limonada.
Minutos después, estuvimos saliendo de allí. Cruzamos una plaza en un costado
de esta se podía ver una iglesia campesina caminamos al frente de esta hasta
doblar por un costado que daba a un camino pequeño pendiente abajo se podía ver
una filera de algunos caballos apiñados y amarrados a unos árboles de lechero.
Mi abuelo en el acto habló con uno de los dueños de los caballos y le dijo:
-Podría usted ayudarme con mis nietecitos hasta
donde pueda llevarnos. Íbamos camino de
“el calvario” así le decían los lugareños al lugar donde vivía mi abuelo, por
lo tortuoso de llegar pendiente arriba hasta el pueblo.
-Claro que si don Jorge, no se preocupe- A fin
de cuentas todas las personas se conocían y se daban la mano así era en esos
tiempos, además a mi abuelo le consideraban los parroquianos, en unas ocasiones
era el Teniente político, o el secretario de alguna parroquia rural lugar de la
zona. Despúes de avanzar unos quilómetros por un sendero de pequeños arboles de
lechero lo primero que alcancé a ver en el camino fue un largo puente hecho de
enormes vigas de madera añosa y gastada
por el paso del tiempo fijado por una estructura
de piedra y sostenido por unos gruesos cordones de metal algunos fierros
gastados sujetaba la estructura que al paso de las bestias con sus cargas y las personas de a pie, se mecía como hamaca
haciéndonos perder la vista en una especie de mareo al ver el correr de las
torrentosas aguas del diáfano Rio Apuela. El agua que viajaba vertiginosa
chocaba con fuerza contra las piedras agrietadas haciendo crepitar hacia arriba
borbotones de blanquísima espuma que
alcanzaba a bañar nuestras cabezas. El bramido del agua me asustaba y de no ser
por mi abuelo que guiaba nuestros pasos, no lograríamos atravesarlo.
Luego de cruzar el añoso puente acabándose al
sol y al agua se habría a nosotros un largo camino junto al rio en cuyo sendero
se me figuraba que de súbito nos
encontraríamos con un piquete soldados
medievales con sus armaduras de plata,
acorazados con escudo y lanza, nosotros
nos haríamos hacia un costado y ellos pasarían de largo a las cruzadas en busca
de gloria para su rey.
_ Abuelito, mira hacia esa curva del camino- le
dije porque me , llamó poderosamente mi atención por delante trotaban a paso
rápido una recua de acémilas con cargas
de cabuya y más atrás se veía la figura de un hombre de unos 55 años flaco y
desgarbado, de cejas pobladas y una barba lacia y larga que empezaba a pintarse de gris llevaba una
armadura envejecida por los años
una lanza se destacaba en su diestra y venia avanzando al tránsito que le
llevaba un caballo igual de desmejorado
como su dueño.
El abuelo no disimulo su asombro pero yo
encontré a este caballero de mirada halagadora
y triste figura un personaje de leyenda con el que debía entablar una
larga conversación, si me lo permitía claro está.
- Buenos días caballero adonde
le guían sus pasos esta mañana y que aventura le ha traído por estos singulares parajes.
- Estando recogiendo mis
libros y situándolos en el lugar que ocupan he sido víctima de un encantamiento
que no sé de qué suerte me ha depositado a mí y mi noble amigo en este camino
que dios ha elegido para encontrarme con vuestras mercedes, sacándome de mi
destino que ocupa mi razón de ser.
-
Y cuál es su destino , noble
caballero,-pregunté
-
Soy caballero andante y es
preciso que en mis afanes esté el ir buscando un hombre que no se deje envolver
del mal presagio de terminar convertida víctima de la ambición, al cual estoy obligado
a entregarle la caja de los tesoros encontrada en la cueva de montesinos,
destinada para este fin.
-
Si encuentras al hombre
indicado al que entregaras el tesoro, que es preciso hacer con él? - le inquirí
dejándome llevar por mi curiosidad.
-
Que hay demasiada hambre y
miseria en el mundo por do he venido he encontrado a hombres, mujeres y niños víctimas de la injusticia e impotentes de
resarcirse en sus derechos, mientras la opulencia y el derroche campea libre a
su antojo de corromper a la humanidad. Decía esto el buen caballero, mientras
se posaba la mirada en la quietud de mi abuelo que no pronunciaba palabra
alguna.
-
Decidme, quien es el hombre
con el que te dejáis acompañar
-
Es mi noble abuelo y queremos
llegar al pueblo del El calvario de donde se pertenece y al mismo que voy ya
pasar unas semanas de vacaciones.
-
Si, seguro estoy que tú eres
el que busco dado que la casualidad ha
permitido este dichoso encuentro.
-
Un caballero como yo necesita
de su escudero y como lo podréis haber
notado yo no tengo uno así que os haré nombrar mi escudero al cual le
presentaré a la corte que me
pertenezco y en pago a sus servicios le
haré gobernador vitalicio del lugar que el escoja en estas santas tierras de
Dios.
Mi abuelo visiblemente reía disimuladamente y
me dijo
-
Igual que éste han aparecido
muchos por aquí andan un poco descocados pero se los deja pasar y nada mas.
Aludido
mi abuelo le respondió,
- Para mí sería un honor serviros noble
caballero, se ve que tus afanes son dignos de
apoyo en tan encomiable empresa,
tenéis razón al decir que mucha miseria y sed de justicia existe en este mundo
ancho y sin
fin; pero como veis, mi única encomienda, está como podéis ver el llevar a mi
nietecito a disfrutar de la paz y el regocijo
que le puedo brindar en esta hermosa tierra donde yo he visto la luz por
primera vez y es donde mis tareas se ocupan desde que el sol sale hasta que
anochece. Pero te puedo decir que he oído decir que existe un lugar en otro
continente donde por medio de tus encantos te podéis transportar, he oído que
en un lugar llamado Calcuta encontraras a una pequeña mujer que lleva una
túnica desde su cabeza hasta sus pies la encontraras fácilmente porque en su
frente lleva una franja de color azul con la que la distinguirás, además se deja acompañar de una
hermosa princesa ella esta bendecida su
alma por el todopoderoso y se ocupa de los enfermos y desvalidos y sus recurso son muy pocos,
Dicho
esto, con un movimiento a su corcel, el
hidalgo se hizo a un lado permitiéndonos continuar nuestro viaje mientras se
alejaba nos decía, intentare encontrarla, pueden estar seguros de ello.
-
Crees abuelo que con el tesoro de la cueva de Montesinos le alcance a esa mujer
a terminar con el hambre de los niños.
- Imposible me respondió el
abuelo, ningún tesoro por cuantioso que sea alcanzará para terminar con las
miserias humanas, No se trata de riquezas sin de solidaridad.
El paisaje era sin duda, salvaje pero al mismo
tiempo paradisiaco y encantador.
De vez en cuando nos encontrábamos con árboles
de guayabas o de naranjas. Mi abuelo nos comentaba que 20 años atrás todo había
en abundancia, las naranjas, se perdían el hileras infinitas de árboles. Nadie
las compraba y el ciento se vendía en tres reales. Hoy decía cuesta 35 sucres.
La naranja de Apuela es única en el mundo dulcísima y sin semilla, lástima que
en otras partes, la hormiga arriera les liquida, pues se come toda la hoja del
árbol. Nosotros admirados de ver las
naranjas en el camino el abuelo nos cogía
y las comíamos con tortillas de tiesto preparadas para el camino.
La caminata nos resultaba cansada, no estábamos
acostumbrados a esas aventuras, sin embargo no nos podíamos quedar y el abuelo
descansaba muy poco porque iba entretenido en la conversa con algún conocido
suyo. Nosotros nos entreteníamos mirando las mariposas y los insectos que no
conocíamos y nos resultaban extraños por sus formas y apariencias, mientras el
abuelo nos comentaba sobre la “Leyenda del Señor de Intag”. Mi abuelo decía la
gente de Apuela es muy católica. Cada domingo acuden a la misa de 9 y de 12 del
día. Todos los fieles son creyentes del Señor de Intag. Los antiguos dicen que
hubo tres esculturas iguales, preciosas
bellamente talladas por manos de un
verdadero talento artístico, uno de ellos corresponde al de Apuela.
Cuentan que un día apareció una mula echada, a causa del peso de la carga en un
sitio cercano a Apuela llamado Cristopamaba. Después de esperar largas horas
por el dueño, este nunca apareció.
Las autoridades abrieron el baúl que
transportaba y en su interior encontraron un Cristo desarmado. Le armaron con
mucho cuidado, le hicieron una especie de choza con hojas de anón y le dejaron
allí, sin valorar su belleza. Pero cada día, la imagen del Cristo aparecía en
algún lugar distinto de donde le dejaron, cuentan que un día apareció en Apuela
que quedaba a varios kilómetros del lugar donde habían dejado la escultura. Los
lugareños comentaban que el hecho se repetía con frecuencia; entonces la gente
se organizó y decidió hacer una capilla en la actual parroquia. Y cada año
festejan la llegada del Señor de Intag con una fiesta en la plaza mayor. Muchos
afirman que la imagen fue hecha por Caspicara y que las potencias de la
escultura eran de oro puro. Los Cristos quedaron uno en Otavalo, otro en Caranqui
y el último en Apuela.
Realmente mis pequeños pies de niño citadino no
daban más, entonces queriéndome detener y sin hacerlo pregunté:
-Ya llegamos abuelito?.
-¿Sí alcanzas a ver por detrás
de esos árboles?; fíjate allí ya asoman las orejas del pueblo-, nos decía.
Nosotros alzábamos la vista y
alcanzábamos a ver en la distancia una pequeña parte de unos techados de teja
de unas casas pequeñitas. Según el abuelo, eso que asomaba a la distancia eran
graciosamente llamadas por mi abuelo “Las orejas del pueblo“.
Así fue como hicimos contactos por primera vez
con los parientes: tíos y tías, primos y primas por montones también con las costumbres de la vida en el
campo. El abuelo solía contarnos historias de fallecidos conocidos suyos que
llegaban por la noche, se sentaban en una silla junto a su cama a
agradecerle por sus oraciones, mi abuelo
era entre otras cosas acólito de capilla y era infaltable en las velaciones de
los muertos en el pueblo; junto a los deudos rezaba largas noches el rosario
que les purgaría a las almas del fuego del infierno. Pero sucede que en esas
noches de rezo no faltaba el sabroso aguardiente de Intag, famoso por su alto
grado de alcohol que se fabricaba en los trapiches de toda la zona. Así fue
como me hice la imagen de mi abuelo Jorge: un hombre muy católico, amable y
solidario con su gente, de buen humor y le encantaba andar con sus nietecitos a
donde él iba.
Por las mañanas muy por la mañana, leche de
vaca calientita con café pasado. La abuela que desde muy temprano estaba lista
para servirnos el desayuno nos decía: “Mijo, coja la panela y sazone su
café”.
En una de las casas del pueblo vivía una señora
de cabello largo y albino sus ojos no se podían exponer a la luz del sol;
siempre estaba cubierta de harina desde la cabeza hasta los pies; era una
señora gorda de cachetes colorados, en su caminar lento iba sacudiéndose el
harina que volaba por toda la casa e iba a depositarse en los trastos y todo
objeto de madera de la habitación. Jamás he vuelto a probar uno de esos grandes
panes rellenos de leche y mantequilla, sabrosísimos por demás horneados en
leña. Cuando regresé a la ciudad, el pan de la ciudad dejó de gustarme,
extrañaba el pan de de Intag.
La iglesia del pueblo estaba en una explanada
cuesta arriba a la que se llegaba por un largo camino tapizado de grandes
piedras rectangulares. Allí se veía tendidas al sol secándose la fibras de
cáñamo que los campesinos las extraían de una planta llamada penca. La
agricultura y la extracción de la cabuya para fabricar cordeles de forma
artesanal, era la fuente de subsistencia de los inteños, grandes bultos de
cáñamo enrollados a manera de melcochas gigantes viajaban en los camiones que
salían de la zona hacia la ciudad, la gente viajaba cómodamente sentados en
esos bultos mientras charlaban hasta llegar a su destino final. No menos de 100
quintales salían por semana a Apuela para que sean transportados hacia Otavalo
además la panela. El aguardiente era una actividad de
contrabando a la ciudad de Otavalo e Ibarra.
Mi padre tenía un tío de esos con fama de
mujeriego y trasnochador contrabandista
de aguardiente y por consiguiente enemigo de los guardias del estanco, estos
guardias se dedicaban a perseguir a los contrabandistas de aguardiente donde
quiera se encontraban, Agustín Pasquel, el tío de mi padre un hombre alto y
delgado de aspecto intolerante, seco de
carnes, de nariz perfilada y delgada, lo vi un día en que mi abuelo habría de
llevarme a Otavalo, para luego seguir el camino de Intag, el tío de mi
padre estaba allí frente a mí en una
casa antigua de paredes grises y patio con glorieta al centro , no olvidare su
aspecto usaba un sombrero de paja
toquilla, su delgado bigote cano se destacaba entre unos labios
finísimos otorgándole regia
personalidad estaba viejo y parecía
enfermo, pero en cuanto estuve frente a él, éste alzo la mirada para distinguirme yo le parecí
insolente al tratar de conocerlo, no pronunció palabra alguna, se me figuraba
el Quijote de la mancha, era igualito a las imágenes del hidalgo caballero de
la triste figura. Pero en distinta versión y personalidad por supuesto.
Mi madre un día me contó algo de la
personalidad de los Pasqueles, especialmente de los hombres, eran en realidad
una dinastía de hombres rudos dedicados a las faenas del campo y a transitar por todos los senderos de la zona
en búsqueda de aventuras, siempre armados por su condición de contrabandistas
de aguardiente. Agustin, estaba una noche libando con sus amigos, pero antes
sus entradas al pueblo eran triunfales en un hermoso y bien dotado caballo
entraba a la plaza mayor disparando su revolver en todas las direcciones
llamando la atención de las jovencitas más bonitas del lugar, les reunió a sus
amigos para contarles que había hecho una apuesta con los guardias del estanco,
les dijo que pasaría su preciosa carga de aguardiente sin que ellos pudieran
tocarle a él o a su carga. Y lo haría en medio de sus narices. Inmediatamente,
los guardias se pusieron en alerta vigilándolo todo el día y toda la noche para
saber qué camino de la montaña seguiría para interceptarle en su afán de ganar
la mentada apuesta. Mientras Agustín charlaba despreocupadamente con sus amigos
durante la madrugada, a eso de ya entrada la tarde del día anterior un féretro
de tabla rasa se hacía acompañar de unas
cuantas indígenas a pie en actitud de
luto, caminando descalzas, pasaban las pipas de aguardiente al interior del
insignificante ataúd de madera por las narices de los guardias del estanco.
Alborozado
un tanto pasado de copas Agustín , salto de súbito de su silla a la mitad de la noche sacando de su cintura un poderoso Smith Watson
calibre 38 largo y les dijo a sus trasnochadores amigos haciéndose notar el
odio acrecentado que tenía por los guardias de estanco: “Quien me acompaña
quiero desaparecerles a unos cuantos de esos guardias que están en el control
de Aguagurún, nadie de sus amigos quiso secundarle en su loca decisión,
entonces salió a la plaza y desahogo sus intentos de muerte disparando repetidas veces al aire de la
inmensa noche. Se cuenta que los caballos de Agustin eran ariscos y mantenía
una obediencia única a su amo, lo cuidaban y lo llevaban a su casa a pesar de
que iba montado dormido o despierto. Solamente el tiempo habría de dominar las
ínfulas de contrabandear aguardiente, al tío Agustín, ya cansado y enfermo, se
retiró a su casa de Otavalo a dejarse morir por el peso de los años gastados en
sus aventuras de un hombre de valor y honor.
Recuerdo que una de las religiosas que se
encontraban como misioneras en aquel convento de “El calvario” junto a la
iglesia ubicado en ese rincón más alejado del pueblo, me preguntaron que quien
era yo y que hacía por allí, les expliqué que venía con mi abuelito, me
preguntó que si yo sabía cantar, le dije que sí; entonces tomó un megáfono, se
situó en la piedra más alta desde donde se veía todo el pequeño pueblo, desde
allí canté algunas canciones, las mojas me decían que tengo una preciosa voz de
lo que me convencí y seguí cantando todas las canciones que me las sabía
siempre que estaba de camino hacia los parajes que día a día iba descubriéndolos en mi aventura
en “El Calvario”.
Años más tarde unos jóvenes trotamundos europeos llegaron al lugar para enseñarles a
tejer bolsos de cabuya teñidos de varios colores como
artesanías de exportación. Hoy sé que los extranjeros, se quedan largas
temporadas en “El Calvario” disfrutando su estancia en esa parte de la sierra
ecuatoriana compartiendo experiencias con los campesinos, pero yo he dejado de
ser niño, ero lo que viví no se borrará de mi corazón y el recuerdo del abuelo
a quedado para siempre en mi mente.