viernes, 5 de junio de 2015

Un hecho desafortunado







Un hecho desafortunado.
Volviendo a mis etapas infantiles les contaré mi primera desgracia. En Ibarra se fue la luz, los vetustos postes de madera que ya no servían, fueron reemplazados por los de hormigón, las veredas de mi barrio, estaban llenas de huecos que habían excavado los albañiles, en una calle sola, por lo menos había cuatro o cinco huecos grandes dispuestos a lo largo de toda la cuadra. Mi hermano menor y yo saltábamos  uno por uno. Yo tomé uno de los huecos para saltarlo a lo ancho, entonces siento la mano de mi hermano menor que me detiene del saco, algo asustado por prevención, no alcanzo la otra orilla y voy a dar al fondo, aproximadamente unos dos metros, me dolía la cabeza, sentía un escozor en la parte  posterior del cráneo, me toque mi cabeza estaba rota, lo sentí porque me chorreaba mucha sangre por detrás de mi cabeza.
 Además  quedé en una postura muy incómoda, los pies para arriba y la mitad el cuerpo en la otra pared del hueco; algo así como doblado en dos y no podía salir, mi hermano como es lógico corrió a casa por ayuda, para fortuna mía la asa estaba bastante cerca de donde me había caído.
Para la época esperábamos ansiosos la llegada del abuelo; un hombrecito pequeño de sonrisa bonachona, inmediatamente, le asocie a la mirada del buen  Sancho Panza de la novela universal del Quijote de la mancha,  su cara era redonda, llevaba bigote cortado, sus ojos pequeños e hirsutos de mirada inquisidora como si todo lo analizara o lo supiera, era un don que lo había adquirido sin pedírselo a nadie, ya no tenía dentadura, nosotros lo veíamos curiosos lavar su dentadura, cosa que no le gustaba, para mí edad era rarísimo ver los dientes del abuelo en sus manos callosas por la labranza de la tierra, además, el abuelo no tenía cortado parte del dedo anular  de su mano derecha, se los había volado en un trapiche en donde se fabricaba la panela, con el pulgar cortado, nos hacía cosquillas mientras bailaba para nosotros Mi abuelo se llamaba Jorge, acólito de profesión de estatura pequeña su carita más bien redonda que alargada y su sonrisa era infantil, en la iglesia era requerido e infaltable sabía entonar a viva voz los réquiems para los muertos y toda celebración religiosa; se jactaba de hablar en latín, pues conocía todo el misal de los ritos religiosos y tocaba el melódico, mientras cantaba a voz en cuello. Había aprendido de los curas  a quienes servía de forma honorable y respetuosa,  ellos le habían enseñado  esa lengua muerta, se lo veía muy esporádicamente por acá en Ibarra  nos llevaba a su tierra, la zona de Intag, al llegar las vacaciones.
 Nosotros no entendimos porqué estaba separado de mi abuela; solamente le escuchábamos a mi abuelita  decir que el abuelo tenía en la una mano  la biblia y en la otra el trago. Lo que si se es  que durante la estadía con el abuelo en esas tierras prodigas por el trabajo y la generosidad de dios, empecé a valorar cada pisada y cada contacto con la tierra en una especie simbiosis natural  a pesar de no ser un hombre de las montañas, ni poder trabajar la tierra como es propio del campesino que conoce y descubre los secretos de producir la tierra,  mi mejor ruta hacia lo trascendental es hacia las entrañas de la tierra y sus tupidos bosques, las enmarañadas vegetaciones sus caminos polvorientos y el mirar hacia lo alto de las montañas con esa sensación indescriptible de libertad con   sus ríos diáfanos y profundos sucumbir hacia el lecho de  sus corrientes dejándose llevar al compás de sus ondas claras y azuladas   las cascadas vertiginosas y sus fuentes de agua  las frutas y los alimentos y cada insecto que corretea en la hoja de un robusto árbol es parte       del milagro de la existencia misma con la que el hombre está comprometido por el resto de su permanencia en el planeta.  Componer mejor Neruda en Temuco ferrocarrilero

 La abuela, a pesar de no estar siempre entre nosotros era adorable, la veíamos llegar al almacén de mi padre llevando para la casa huevos, café y frutas; se la veía un tanto enferma, padecía de fuertes dolores de cabeza y sus huesitos ya estaban bastante gastados, por lo que su caminar era lento y penoso, verla así nos despertaba ternura, la  veíamos llegar y lo primero que hacía era abrazarnos y darnos cariño, luego sacaba de un algún bolsillo secreto de sus ropas de color negro una “monedita” con la que comprábamos un helado en la heladería de la esquina. Cuando la abuela estaba con nosotros en Intag siempre nos atendía con mucha amabilidad, mi madre decía que si no fuera por ella, mis primeros hermanos no hubieran nacido, porque mi madre dio a luz sus  dos primeros hijos con la ayuda de mi abuela quien se dedicó a cuidarle a mi madre con esmero durante el embarazo y el posparto de mi madre.
Mi abuela tenía un huerto de nardos, muy grande y bello se dedicaba al cultivo de los nardos frondosos y frescos  su destino eran adornar los grandes floreros de los regios salones y galerías de Otavalo e Ibarra  dándoles un toque elegante de pálido marfil. Una desgracia fatal le sucedió a mi abuelita, quien perdió la vida
 al bajarse del bus cogida su atado de nardos.

Nosotros esperábamos la llegada del abuelo a Ibarra que era una ciudad pequeña de 50 mil habitantes a lo sumo, en el año 75. Sus calles estaban tapizadas de piedras en forma de bolas anchas que le daban el aspecto de una villa medieval. Su arquitectura se sintetizaba en un conjunto de manzanas donde se edificaban casitas de adobe y techado de teja pintadas  con cal blanca.  Terremoto 1868
Este empedrado plano y derecho que se extendía de norte a sur a lo largo de todas las calles de la ciudad con sus dos parques principales, El parque Pedro Moncayo y La Merced, empezaba en la plaza Boyacá y terminaba en Caranqui. Cuentan que cuando el libertador Simón Bolívar  visitó por primera vez la ciudad le impresionó la belleza antigua de sus largas  y aplanadas calles   empedradas  como una obra de arte medieval  y dijo:  “Conocí una cuidad de piedra” algo más sobre Ibarra.
Volviendo a mi caída, no fue de graves consecuencias, pero había quedado cosido a la cabeza un trozo grande de gaza desinfectada que el abuelo al verme me dijo que yo ya estaba listo con el equipaje para el viaje. Quien no estuvo de acuerdo en enviarnos a mi hermano y a mí de vacaciones, fue mi padre porque días más tarde me sacarían los puntos. Ese día quedé bastante  apenado yo diría que frustrado; ahora que lo pienso cada vez que se me dificultan las cosas creo que las desgracias me persiguen, no puedo concretar lo que empiezo. Ese día estaba solamente esperando la llegada del abuelo quien nos llevaría  de vacaciones a una hermosa tierra desconocida para mí y era por largo larguísimo tiempo.
La segunda llegada del abuelo.
En fin, un buen día apareció el abuelo en casa con su jergueta azul marín un sombreo de fieltro negro  y un pequeño maletero color café de cuero grabado. La llegada del abuelo nos entusiasmó al máximo. Al siguiente día estábamos listos; a eso de  las 6 am tomábamos el bus que nos llevaría desde Otavalo a un lugar llamado Apuela, en horas del mediodía estábamos en casa de una tía quien nos recibió con el almuerzo:  un plato tolbado de fréjol  con arroz y un vaso de limonada. Minutos después, estuvimos saliendo de allí. Cruzamos una plaza en un costado de esta se podía ver una iglesia campesina caminamos al frente de esta hasta doblar por un costado que daba a un camino pequeño pendiente abajo se podía ver una filera de algunos caballos apiñados y amarrados a unos árboles de lechero. Mi abuelo en el acto habló con uno de los dueños de   los caballos y le dijo:
-Podría usted ayudarme con mis nietecitos hasta donde  pueda llevarnos. Íbamos camino de “el calvario” así le decían los lugareños al lugar donde vivía mi abuelo, por lo tortuoso de llegar pendiente arriba hasta el pueblo.
-Claro que si don Jorge, no se preocupe- A fin de cuentas todas las personas se conocían y se daban la mano así era en esos tiempos, además a mi abuelo le consideraban los parroquianos, en unas ocasiones era el Teniente político, o el secretario de alguna parroquia rural lugar de la zona. Despúes de avanzar unos quilómetros por un sendero de pequeños arboles de lechero lo primero que alcancé a ver en el camino fue un largo puente hecho de enormes vigas de  madera añosa y gastada por el paso del tiempo  fijado por una estructura de piedra y sostenido por unos gruesos cordones de metal algunos fierros gastados sujetaba la estructura que al paso de las bestias con sus cargas  y las personas de a pie, se mecía como hamaca haciéndonos perder la vista en una especie de mareo al ver el correr de las torrentosas aguas del diáfano Rio Apuela. El agua que viajaba vertiginosa chocaba con fuerza contra las piedras agrietadas haciendo crepitar hacia arriba borbotones de blanquísima espuma  que alcanzaba a bañar nuestras cabezas. El bramido del agua me asustaba y de no ser por mi abuelo que guiaba nuestros pasos, no lograríamos atravesarlo.   
Luego de cruzar el añoso puente acabándose al sol y al agua se habría a nosotros un largo camino junto al rio en cuyo sendero se me figuraba que de súbito   nos encontraríamos  con un piquete soldados medievales  con sus armaduras de plata, acorazados  con escudo y lanza, nosotros nos haríamos hacia un costado y ellos pasarían de largo a las cruzadas en busca de gloria para su rey.
_ Abuelito, mira hacia esa curva del camino- le dije porque me , llamó poderosamente mi atención por delante trotaban a paso rápido  una recua de acémilas con cargas de cabuya y más atrás se veía la figura de un hombre de unos 55 años flaco y desgarbado, de cejas pobladas y una barba lacia y larga que empezaba  a pintarse de gris  llevaba una  armadura  envejecida por los años una lanza se destacaba en su diestra y venia avanzando al tránsito que le llevaba un caballo   igual de desmejorado como su dueño.
El abuelo no disimulo su asombro pero yo encontré a este caballero de mirada halagadora  y triste figura un personaje de leyenda con el que debía entablar una larga conversación, si me lo permitía claro está.
- Buenos días caballero adonde le guían sus pasos esta mañana y que aventura le ha traído por estos  singulares parajes.
- Estando recogiendo mis libros y situándolos en el lugar que ocupan he sido víctima de un encantamiento que no sé de qué suerte me ha depositado a mí y mi noble amigo en este camino que dios ha elegido para encontrarme con vuestras mercedes, sacándome de mi destino que ocupa mi razón de ser.
-         Y cuál es su destino , noble caballero,-pregunté 
-         Soy caballero andante y es preciso que en mis afanes esté el ir buscando un hombre que no se deje envolver del mal presagio de terminar convertida víctima de la ambición, al cual estoy obligado a entregarle la caja de los tesoros encontrada en la cueva de montesinos, destinada para este fin.
-         Si encuentras al hombre indicado al que entregaras el tesoro, que es preciso hacer con él? - le inquirí dejándome llevar por mi curiosidad.
-         Que hay demasiada hambre y miseria en el mundo por do he venido he encontrado a  hombres, mujeres y niños   víctimas de la injusticia e impotentes de resarcirse en sus derechos, mientras la opulencia y el derroche campea libre a su antojo de corromper a la humanidad. Decía esto el buen caballero, mientras se posaba la mirada en la quietud de mi abuelo que no pronunciaba palabra alguna.
-         Decidme, quien es el hombre con el que te  dejáis acompañar
-         Es mi noble abuelo y queremos llegar al pueblo del El calvario de donde se pertenece y al mismo que voy ya pasar unas semanas de vacaciones.
-         Si, seguro estoy que tú eres el que busco dado que  la casualidad ha permitido este dichoso encuentro.
-         Un caballero como yo necesita de su escudero y como lo podréis  haber notado yo no tengo uno así que os haré nombrar mi escudero al cual le presentaré a la corte que  me pertenezco   y en pago a sus servicios le haré gobernador vitalicio del lugar que el escoja en estas santas tierras de Dios.
Mi abuelo visiblemente reía disimuladamente y me dijo
-         Igual que éste han aparecido muchos por aquí andan un poco descocados pero se los deja pasar y nada mas.
Aludido mi abuelo le respondió,
-  Para mí sería un honor serviros noble caballero, se ve que tus afanes son dignos de   apoyo  en tan encomiable empresa, tenéis razón al decir que mucha miseria y sed de justicia existe en este mundo ancho y        sin fin; pero como veis, mi única encomienda, está como podéis ver el llevar a mi nietecito a disfrutar de la paz y el regocijo  que le puedo brindar en esta hermosa tierra donde yo he visto la luz por primera vez y es donde mis tareas se ocupan desde que el sol sale hasta que anochece. Pero te puedo decir que he oído decir que existe un lugar en otro continente donde por medio de tus encantos te podéis transportar, he oído que en un lugar llamado Calcuta encontraras a una pequeña mujer que lleva una túnica desde su cabeza hasta sus pies la encontraras fácilmente porque en su frente lleva una franja de color azul con la que la  distinguirás, además se deja acompañar de una hermosa princesa  ella esta bendecida su alma por el todopoderoso y se ocupa de los enfermos y desvalidos  y sus recurso son muy pocos,
Dicho esto,  con un movimiento a su corcel, el hidalgo se hizo a un lado permitiéndonos continuar nuestro viaje mientras se alejaba nos decía, intentare encontrarla, pueden estar seguros de ello.
- Crees abuelo que con el tesoro de la cueva de Montesinos le alcance a esa mujer a terminar con el hambre de los niños.
- Imposible me respondió el abuelo, ningún tesoro por cuantioso que sea alcanzará para terminar con las miserias humanas, No se trata de riquezas sin de solidaridad.


El paisaje era sin duda, salvaje pero al mismo tiempo paradisiaco y encantador.  
De vez en cuando nos encontrábamos con árboles de guayabas o de naranjas. Mi abuelo nos comentaba que 20 años atrás todo había en abundancia, las naranjas, se perdían el hileras infinitas de árboles. Nadie las compraba y el ciento se vendía en tres reales. Hoy decía cuesta 35 sucres. La naranja de Apuela es única en el mundo dulcísima y sin semilla, lástima que en otras partes, la hormiga arriera les liquida, pues se come toda la hoja del árbol.  Nosotros admirados de ver las naranjas en el camino el abuelo nos cogía  y las comíamos con tortillas de tiesto preparadas para el camino.
La caminata nos resultaba cansada, no estábamos acostumbrados a esas aventuras, sin embargo no nos podíamos quedar y el abuelo descansaba muy poco porque iba entretenido en la conversa con algún conocido suyo. Nosotros nos entreteníamos mirando las mariposas y los insectos que no conocíamos y nos resultaban extraños por sus formas y apariencias, mientras el abuelo nos comentaba sobre la “Leyenda del Señor de Intag”. Mi abuelo decía la gente de Apuela es muy católica. Cada domingo acuden a la misa de 9 y de 12 del día. Todos los fieles son creyentes del Señor de Intag. Los antiguos dicen que hubo tres esculturas  iguales, preciosas bellamente talladas por manos de un  verdadero talento artístico, uno de ellos corresponde al de Apuela. Cuentan que un día apareció una mula echada, a causa del peso de la carga en un sitio cercano a Apuela llamado Cristopamaba. Después de esperar largas horas por el dueño, este nunca apareció.
Las autoridades abrieron el baúl que transportaba y en su interior encontraron un Cristo desarmado. Le armaron con mucho cuidado, le hicieron una especie de choza con hojas de anón y le dejaron allí, sin valorar su belleza. Pero cada día, la imagen del Cristo aparecía en algún lugar distinto de donde le dejaron, cuentan que un día apareció en Apuela que quedaba a varios kilómetros del lugar donde habían dejado la escultura. Los lugareños comentaban que  el hecho  se repetía con frecuencia; entonces la gente se organizó y decidió hacer una capilla en la actual parroquia. Y cada año festejan la llegada del Señor de Intag con una fiesta en la plaza mayor. Muchos afirman que la imagen fue hecha por Caspicara y que las potencias de la escultura eran de oro puro. Los Cristos quedaron uno en Otavalo, otro en Caranqui y el último en Apuela.
Realmente mis pequeños pies de niño citadino no daban más, entonces queriéndome detener y sin hacerlo  pregunté:
  -Ya llegamos abuelito?.
-¿Sí alcanzas a ver por detrás de esos árboles?; fíjate allí ya asoman las orejas del pueblo-, nos decía.
Nosotros alzábamos la vista y alcanzábamos a ver en la distancia una pequeña parte de unos techados de teja de unas casas pequeñitas. Según el abuelo, eso que asomaba a la distancia eran graciosamente llamadas por mi abuelo “Las orejas del pueblo“.
Así fue como hicimos contactos por primera vez con los parientes: tíos y tías, primos y primas por montones  también con las costumbres de la vida en el campo. El abuelo solía contarnos historias de fallecidos conocidos suyos que llegaban por la noche, se sentaban en una silla junto a su cama a agradecerle  por sus oraciones, mi abuelo era entre otras cosas acólito de capilla y era infaltable en las velaciones de los muertos en el pueblo; junto a los deudos rezaba largas noches el rosario que les purgaría a las almas del fuego del infierno. Pero sucede que en esas noches de rezo no faltaba el sabroso aguardiente de Intag, famoso por su alto grado de alcohol que se fabricaba en los trapiches de toda la zona. Así fue como me hice la imagen de mi abuelo Jorge: un hombre muy católico, amable y solidario con su gente, de buen humor y le encantaba andar con sus nietecitos a donde él iba.
Por las mañanas muy por la mañana, leche de vaca calientita con café pasado. La abuela que desde muy temprano estaba lista para servirnos el desayuno nos decía: “Mijo, coja la panela y sazone su café”.  
En una de las casas del pueblo vivía una señora de cabello largo y albino sus ojos no se podían exponer a la luz del sol; siempre estaba cubierta de harina desde la cabeza hasta los pies; era una señora gorda de cachetes colorados, en su caminar lento iba sacudiéndose el harina que volaba por toda la casa e iba a depositarse en los trastos y todo objeto de madera de la habitación. Jamás he vuelto a probar uno de esos grandes panes rellenos de leche y mantequilla, sabrosísimos por demás horneados en leña. Cuando regresé a la ciudad, el pan de la ciudad dejó de gustarme, extrañaba el pan de  de Intag.
La iglesia del pueblo estaba en una explanada cuesta arriba a la que se llegaba por un largo camino tapizado de grandes piedras rectangulares. Allí se veía tendidas al sol secándose la fibras de cáñamo que los campesinos las extraían de una planta llamada penca. La agricultura y la extracción de la cabuya para fabricar cordeles de forma artesanal, era la fuente de subsistencia de los inteños, grandes bultos de cáñamo enrollados a manera de melcochas gigantes viajaban en los camiones que salían de la zona hacia la ciudad, la gente viajaba cómodamente sentados en esos bultos mientras charlaban hasta llegar a su destino final. No menos de 100 quintales salían por semana a Apuela para que sean transportados hacia Otavalo además  la panela.  El aguardiente era una actividad de contrabando a la ciudad de Otavalo e Ibarra.
Mi padre tenía un tío de esos con fama de mujeriego y  trasnochador contrabandista de aguardiente y por consiguiente enemigo de los guardias del estanco, estos guardias se dedicaban a perseguir a los contrabandistas de aguardiente donde quiera se encontraban, Agustín Pasquel, el tío de mi padre un hombre alto y delgado de aspecto intolerante,  seco de carnes, de nariz perfilada y delgada, lo vi un día en que mi abuelo habría de llevarme a Otavalo, para luego seguir el camino de Intag, el tío de mi padre  estaba allí frente a mí en una casa antigua de paredes grises y patio con glorieta al centro , no olvidare su aspecto usaba un sombrero de paja  toquilla, su delgado bigote cano se destacaba entre unos labios finísimos   otorgándole regia personalidad  estaba viejo y parecía enfermo, pero en cuanto estuve frente a él, éste  alzo la mirada para distinguirme yo le parecí insolente al tratar de conocerlo, no pronunció palabra alguna, se me figuraba el Quijote de la mancha, era igualito a las imágenes del hidalgo caballero de la triste figura. Pero en distinta versión y personalidad por supuesto.
Mi madre un día me contó algo de la personalidad de los Pasqueles, especialmente de los hombres, eran en realidad una dinastía de hombres rudos dedicados a las faenas del campo y a  transitar por todos los senderos de la zona en búsqueda de aventuras, siempre armados por su condición de contrabandistas de aguardiente. Agustin, estaba una noche libando con sus amigos, pero antes sus entradas al pueblo eran triunfales en un hermoso y bien dotado caballo entraba a la plaza mayor disparando su revolver en todas las direcciones llamando la atención de las jovencitas más bonitas del lugar, les reunió a sus amigos para contarles que había hecho una apuesta con los guardias del estanco, les dijo que pasaría su preciosa carga de aguardiente sin que ellos pudieran tocarle a él o a su carga. Y lo haría en medio de sus narices. Inmediatamente, los guardias se pusieron en alerta vigilándolo todo el día y toda la noche para saber qué camino de la montaña seguiría para interceptarle en su afán de ganar la mentada apuesta. Mientras Agustín charlaba despreocupadamente con sus amigos durante la madrugada, a eso de ya entrada la tarde del día anterior un féretro de tabla rasa se hacía acompañar de  unas cuantas indígenas a pie  en actitud de luto, caminando descalzas, pasaban las pipas de aguardiente al interior del insignificante ataúd de madera por las narices de los guardias del estanco.
Alborozado  un tanto pasado de copas Agustín , salto de súbito de su silla   a la mitad de la noche sacando  de su cintura un poderoso Smith Watson calibre 38 largo y les dijo a sus trasnochadores amigos haciéndose notar el odio acrecentado que tenía por los guardias de estanco: “Quien me acompaña quiero desaparecerles a unos cuantos de esos guardias que están en el control de Aguagurún, nadie de sus amigos quiso secundarle en su loca decisión, entonces salió a la plaza y desahogo sus intentos de muerte  disparando repetidas veces al aire de la inmensa noche. Se cuenta que los caballos de Agustin eran ariscos y mantenía una obediencia única a su amo, lo cuidaban y lo llevaban a su casa a pesar de que iba montado dormido o despierto. Solamente el tiempo habría de dominar las ínfulas de contrabandear aguardiente, al tío Agustín, ya cansado y enfermo, se retiró a su casa de Otavalo a dejarse morir por el peso de los años gastados en sus aventuras de un hombre de valor y honor.
Recuerdo que una de las religiosas que se encontraban como misioneras en aquel convento de “El calvario” junto a la iglesia ubicado en ese rincón más alejado del pueblo, me preguntaron que quien era yo y que hacía por allí, les expliqué que venía con mi abuelito, me preguntó que si yo sabía cantar, le dije que sí; entonces tomó un megáfono, se situó en la piedra más alta desde donde se veía todo el pequeño pueblo, desde allí canté algunas canciones, las mojas me decían que tengo una preciosa voz de lo que me convencí y seguí cantando todas las canciones que me las sabía siempre que estaba de camino hacia los parajes que  día a día iba descubriéndolos en mi aventura en “El Calvario”.
Años más tarde unos  jóvenes trotamundos  europeos llegaron al lugar para enseñarles a tejer bolsos de cabuya teñidos de varios colores  como  artesanías de exportación. Hoy sé que los extranjeros, se quedan largas temporadas en “El Calvario” disfrutando su estancia en esa parte de la sierra ecuatoriana compartiendo experiencias con los campesinos, pero yo he dejado de ser niño, ero lo que viví no se borrará de mi corazón y el recuerdo del abuelo a quedado para siempre en mi mente.

4 comentarios:

  1. este cuento me ha hecho pensar en mi niñez cuando antes jugabamos con los niños del barrio pero este cuento esta chevere muy espantoso

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  3. Buenas noches ami en lo personal me ah gustado este cuento es entretenido y claro este cuento me recuerda a mi niñez cuando saliamos a jugar en la calle con nuesttro amigos con la pelota o a las escondidas y cuando jugabamos a los juegos tradicionales me ah gustado mucho el cuento y siga asi usd tiene un gran talento escribiendo

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    1. Gracias Carolina, algun dia llegara en que publique muchos cuentos que tengo escritos en borradores.

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