sábado, 28 de febrero de 2015

El coloso de la cinta de acero"



El coloso de la cinta de acero.
por javier Bosmediano


Esta es una historia de dos hermanos que cursaban sus últimos años de escuela; ellos siempre  caminaron juntos y se dejaron llevar por su curiosidad y sobre todo por sus emociones infantiles de forma singular; sucede en esos días en que  no quieres ir a la escuela por alguna razón, entonces, tomas otro camino, una alternativa de juego o de distracción distinta pero no siempre sucede esto, sino lo contrario o quizá las dos cosas distracción y desgracia al mismo tiempo.
Es una edad en la que no estás consiente  simplemente se presenta un camino desconocido para ti, lo tomas, pero no sabes que tan desconocido puede resultar.
Mi nueva escuela evangélica me agradaba, no a mi entera satisfacción, pero si me agradaba, algunos acontecimientos que los vivimos, son ahora los recuerdos más duraderos que los llevo conmigo, cuando se trata de compartirlo, lo hago, pensando en que nosotros los dos hermanos, no estábamos demasiado cuidados en casa y, en materia de educación tampoco existía la preocupación que hoy se nota en las nuevas generaciones donde se forman núcleos de convivencia organizada en sus afanes y otras actividades. 
Nos cuidábamos unos a otros entre hermanos y nuestro pasatiempo era el juego. Un juego que permitía el contacto afectivo lleno de calidez entre los integrantes. Por los poros de los niños corrían torrentes de adrenalina y emoción.  Hoy ya no existen por obra de los avances tecnológicos. Esos pasatiempos que involucraban a muchos niños en la rayuela, el florón, los marros, las canicas y las infaltables escondidas.
O “a las cogidas” El juego que más disfrutaba era aquel en que existían dos bandos de niños uno de los  bandos se llevaba el diablo y el otro San Benenito, cuando el diablo venía a llevarnos al infierno, todos entrábamos en estado de miedo colectivo, nos atábamos unos a otros fuertemente entrelazados los brazos, pero el diablo era el más fuerte y lograba desatarnos e irremediablemente tendríamos que acompañarlo al infierno y por supuesto nadie quería eso. San Venenito venía cojeando por el camino a propinarle su merecida paliza al diablo usurpador de los dominios del santo; lamentablemente éste no llegaba a tiempo a auxiliarnos, entonces el diablo se llevaba la mejor parte y ganaba la pelea. 
No faltaba la “Chichiba Barbona” en la que un grupo hacía una fila a manera de  burros de carga; el otro grupo saltaba en los lomos del otro grupo que tenía que aguantar el peso de los jinetes hasta que estos terminaban una letanía de canticos y números, si el grupo de los burros no aguantaban la carga, se tenía que repetir la monta este juego era por demás sabroso.
Otra forma de pasatiempo eran las infaltables canicas donde se demostraba la habilidad y puntería del jugador para hacerse con el mayor número de ellas. etc. O el juego de aquella pelota que se la lanzaba lo más alto posible hasta que nos escondiéramos para no ser alcanzados por el muchacho que nos quemaba de un tiro con su pelota. En fin había mucha creatividad al momento de jugar en el barrio; estos juegos nos permitan desarrollar destrezas de pensamiento, creatividad y motricidad; eran épocas en que no conocíamos los juegos electrónicos menos aún el celular o el Internet.
Por las noches incluían historias de espantos: duendes, fantasmas y aparecidos  así como las leyendas mal contadas por algún vecino del barrio que nos mandaba a la cama a dormir llenitos de susto.
Al llegar a casa después de clases y antes del almuerzo teníamos obligaciones de oficio con nuestros padres como la de limpiar la chanchera que teníamos al extremo de los terrenos vecinos. Las tareas escolares las realizábamos por intuición, no creo que había alguien cercano que nos orientara en el nuestros apuros, así nuestra relación con la escuela en términos de aprendizaje no era buena y tampoco estaba definida como una responsabilidad o algo parecido, era una circunstancia que no lograba entender y realmente no me gustaba, su permanencia se me volvía tediosa. En consecuencia, a  cualquier estímulo del  exterior  sucumbiría, así fue como me “jalé la pera a clases” un día porque tenía fobia a los profesores enojados cuando me atrasaba y ese día me atrasé a clases.
Siempre les tuve miedo a los adultos en la escuela, siempre recibí castigos muy fuertes e inesperados este terror me perseguiría a lo largo de toda mi vida estudiantil; lo debo confesar así sin recelo porque  a la final fue una parte de mi vivencia en la  que  me sentí lastimado  en lo más sensible de mi espíritu lo que no permitió disfrutar de mi niñez, menos de mi adolescencia  como yo lo hubiera deseado.
Íbamos  mi hermano camino de la escuela un poco retrasados y pensando seriamente si entrar o no a, la cara el profesor enojado era patética y no sabía las de razones de nuestras impuntualidades; cuando de pronto en la puerta  se encontraba un joven de no más edad que nosotros, este extraño  nos invitó a caminar, luego nos dijo que lo acompañáramos a un pequeño paseo en tren hasta que sea la hora de retornar a casa; o sea a eso del mediodía. ¡Los trenes me atraen  mucho!- pensé- y eso está mejor que la escuela claro que si…Su locomotora, ejercía una fuerza magnética en mí; se me figuraba la máscara de la cara del diablo, pero el temor lo desafiábamos en grupos de niños que regresábamos los domingos de las caminatas desde unos terrenos donde habían unas cochas de agua que la gente las llamaba “el agua amarilla” por esta ruta, en varias ocasiones vimos pasar al tren, se lo escuchaba venir desde de lejos, el crujido de sus aceradas ruedas sobre las rieles nos sobrecogía regresábamos a verlo y era el coloso de los rieles de acero que pasaba cerca de nosotros haciendo zumbar nuestros oídos por la descomunal fuerza de sus vagones desplazándose por entre la cinta metálica interminable, pero jamás pensé que un día tomaría la decisión de subir a uno para viajar solo por mi riesgo. 
Nos reuníamos en los patios de la estación cuando el tren estaba estacionado  subíamos por sus escalinatas hasta el techo allí corríamos por el lomo de los vagones, bajábamos y volvíamos a subir uno a uno los vagones las veces que sea necesario hasta vernos agotados de someter al coloso a nuestro antojo, siempre y cuando estaba estacionado.
 Inspeccionábamos cada uno de sus misteriosos escondrijos, veíamos con curiosidad como se acoplaban entre ellos los vagones y el estrépito que producían cuando chocaban; luego la  fricción contra los rieles  era estridente. Sin embargo un paseo en tren, me parecía de lo más fantástico y extraordinario, por mi cuerpo corría una extraña sensación desconocida que me intimidaba, pero al mismo tiempo la idea de un paseo en tren  me atraía con fuerza. 
Nuestra decisión fue inmediata, aceptamos la invitación del extraño desconocido Irnos en tren a Cachaco,  mi hermano y yo no teníamos idea de dónde queda ese lugar; por supuesto, ya a la tarde estaríamos en casa a eso de las 12:am; eso pensé. El pecado de faltar a clases se iba poco a poco desvaneciendo. Así fue como abordamos en horas de la mañana el tren, empezando nuestro codiciado viaje.
En tanto el tren empieza su tortuosa cabalgadura mi curiosidad cada vez más se agiganta y toma una forma fantástica. Hoy  trato de conservar el recuerdo de lo vivido.
Las personas en su mayoría negros y campesinos toman su asiento en el tren, llevan petacas, fundas y mochilas, uno que otro animal doméstico y algo de beber. Las señoras se suben con niños de pecho y otros más grandecitos se toman de las manos. Todo el escenario se convierte en un espectáculo de circo nunca antes visto por mí, parece que el tiempo se detiene en ese vagón que parte con rumbo desconocido hacia otra dimensión. A veces deteniéndose en lugares desconocidos mi mirada se perdía por extensos valles a los dos flancos de la ruta un paisaje siempre verde se puede ver desde sus ventanas, son terrenos de varias haciendas; allí a lo lejos el ganado pastando con tranquilidad  y los campesinos trabajando la tierra, a nuestro paso algunos perros ovejeros salen asustados a ladrar al tren que sigue su marcha inmutable.
 El tren tiene que detenerse en algunas estaciones y entonces la algarabía otra vez, la gente grita y gesticula entre ellos se entienden, se dejan encargos, hacen comercio  suben y bajan las cajas de frutas, leche, el queso, el tomate de la sierra, se intercambia por frutas tropicales. Los empleados del tren entran y salen de sus oficinas llevando el correo y otros trámites necesarios; parece que es el tren una comarca flotante en búsqueda de horizontes perdidos en la gigante espesura de la selva y al mismo  tiempo el tren, parece la vida de estas personas. Entonces en un costado de la vía se puede ver a algunos negros apilando unos maderos enormes de color amarillo  todo el lugar está lleno de aserrín, son los durmientes que tienen que subir al tren para construir otros tramos de la vía. A ese tren solamente le hacía falta volar como  en las pinturas del genial……………………….. y así complacer mi encanto.
Sin duda a alguien se le ocurrió la idea de que un tren viajara por los caminos del Ecuador y este mentado señor se llamó Dn. Eloy Alfaro, mejor conocido como el viejo Luchador.
Este revolucionario y visionario manabita latinoamericano viajó satisfecho por los rincones que logró unir, vitoreado por sus seguidores a bordo del tren, pero nunca se imaginó que en ese mismo tren que paradójicamente logró construir fuera llevado de Guayaquil a Quito donde se le esperó en la Plaza Grande para asesinarlo y quemarlo en lo que se conoce como “La Hoguera bárbara”[1], producto de la virulencia política enardecida en el Ecuador de entonces.
Se cuenta que en el afán de conectar Guayaquil con Quito, la cinta de acero en un momento, pareció vencerse al encontrarse con una enorme pared de roca, casi perpendicular a la que llamaron “la nariz del diablo”. Sin duda concitó la atención de toda la gente, que construía esta titánica obra y empezaron a llamarle “El ferrocarril más difícil del mundo”, que no pocas vidas de  ecuatorianos y extranjeros ya había cobrado; las herramientas que tuvieron que utilizar era de un acero puro que se importaba desde Inglaterra para perforar la roca a pulso que habrían de abrir los túneles a lo largo de la geografía ecuatoriana. Obra titánica sin duda, comparada con la construcción de la Gran Muralla China en la antigüedad.
  Muchos murieron físicamente en esta difícil empresa, pero el espíritu renovado de algunos ingenieros lograron hacer lo que hasta ahora se considere una obra maestra: un zigzag cava la roca y permite el tren avanzar primero y luego retroceder hasta alcanzar la altura necesaria para llegar a la ciudad de Alausí, destino final del coloso, partiendo desde Riobamba.
Por momentos me detengo en mi relato para tratar de entender lo sucedido en esta época históricamente relevante en la vida miserable del país. El oscurantismo habría de cegar las mentes de un pueblo casi ignorante. Hubiera querido estar presente en el momento en que la turba enardecida por las pasiones, víctimas de un instinto asesino, ciegos de ira, casi en estado salvaje, toman la vida de un hombre valioso en su manos, lo torturan y lo asesinan como si se tratase de un monstruo abyecto,  y cruel al que debían eliminar en ese estado de pánico e ignorancia; o tal ves se les antojaba un macabro festín con un anciano de 70 años cual estropajo tirado en la calle al que deliberadamente debían quemar sin saber que se trataba de un  portentoso y talentoso hombre cuyas virtudes constituyen una herencia y legado en el consciente colectivo del Ecuador y América así pensó Dn. Juan Montalvo cuando afirma que “los grandes hombres no se conforman con poco han de combatir hasta ver colocada la imagen de la libertad en el altar de la patria”.
Al encuentro con lo desconocido.
De rato en rato, el tren hacía sentir su gemido profundo y largo; entonces parecía tomar fuerza, empinándose con toda su carga de fierros y gente, era que se aproximaban los túneles…., ¡si a eso lo que vinimos, a cruzar los túneles!, agujeros largos, pardos, verduscos y húmedos lugares que el hombre los había cavado al interior de las entrañas de la tierra para hacer que el tren pasara; a la salida de los túneles se podía escuchar el portentoso sonido del agua cayendo desde las alturas de las montañas y formando hermosos piscinas de azuladas aguas naturales, eran las cascadas que formaban parte  del paisaje que se podía ver en el trayecto del tren, en verdad era idílico y sobrecogedor .
-¡Salgamos a la puerta, gritaban los muchachos,-vamos a ver a los murciélagos que revolotean por encima del tren . Entonces me daba miedo, me escondía por los rincones; a lo mejor un murciélago se acercaría a mi cuello y me chuparía la sangre. Eso me aterraba, lo había escuchado en las radionovelas de “El Conde Drácula” en casa por las noches. En ese entonces tenía unos 9 años y no sabía distinguir la ficción de la realidad; por lo que se me figuraba que el murciélago era un engendro de los vampiros
 Otros momentos parecía tomar fuerza.  En su recorrido, se presentaban ante mi paisajes nunca antes vistos y poblaciones diferentes, todos eran negros o de piel morena sus cabellos negrísimos y tenían un brillo raro, pasamos por las poblaciones de Lita, Guallupe, Chuchubí, Lita alto tambo y otros que no recuerdo ahora.
Luego de un lapso indefinido  llegamos a nuestro destino, era la población de Cachaco, inmediatamente una persona nos esperaba era el padre del muchacho que nos llevaba, tras caminar eso de un kilómetro llegamos a una casa de madera y techado de zing. Recuerdo al padre que nos dijo:
-Hasta que esté la comida vayan a pasear por el río.
 A eso de las 11 de la mañana  bajamos a conocer el rio, jugábamos muy felices chapoteando en el agua,  colectando algunos bichos raros del lugar y piedrecillas de formas caprichosas que simulaban faunos petrificados. El sol de mediodía estaba en su cenit, poco a poco las  felices horas pasaban para dar paso a la tarde. Era la hora de regresar a casa preocupado, pregunté:
-A qué horas sale el tren de regreso a Ibarra.-
-A esta hora ya no regresa el tren, lo hará mañana muy temprano.
Inmediatamente me di cuenta que me engañaron, el tren no regresaría ese mismo día
- ¡No es que debemos regresar a casa ahora mismo, si no vamos a casa , mi padre nos va a matar!.
–No se puede ahora, el tren sale mañana por la mañana.
Escuchar esta respuesta, me dejó sin palabras, mi hermano y yó estábamos muy asustados, no ir a casa era algo que no estaba en mis planes,.. Qué diría en casa, que diría como justificación a mi maestro; las lágrimas se me salió de puro miedo, le temía a mi padre por su forma de reprendernos, le temía al maestro por su estricta forma de increparnos por la mínima, la falta era dura y lo sabíamos; no era para menos.
 Esa fatídica noche no comía ni podía dormir. En algo debía pensar, mi hermano, parecía estar tranquilo sin hablar, me daba algo de valor, pero yo era el mayor y la responsabilidad recaía sobre mí.
 Yo no tenía idea de los que nos esperaba. Me había dejado llevar por  una situación que no sabía controlar.
Lo que pasó después lo recuerdo hasta ahora. A eso de las 3 o 4 de la tarde del siguiente día ya estábamos de regreso en Ibarra, sin el valor de ir a casa por la reprimenda que nos esperaba, ya en la tarde el sol se ponía en las montañas y mientras se confundía entre las grises nubes, mi temor aumentaba. Nos encontrábamos en el parque de La Merced, sentados en una banca de piedra, empezaba  sentir frío y no teníamos a donde ir, cuando de pronto….
-Que hacen aquí…?.
Levanté la mirada, era nada mas que mi profesor de 6to grado Washington Dávila.  No articulamos palabra, solamente un sudor frío corría por mi cuerpo. El profe nos tomo del brazo y nos llevó a un almacén de ropa que mi padre era el propietario y allí nos dejó. Nos ordenó que fuéramos a casa, en la noche no paso nada, dormimos en casa, al siguiente día iríamos a la escuela.
La desobediencia, se castiga.
De regreso de la jornada de clases, nos metimos en nuestro cuarto y estábamos esperando lo peor, y así fue. Entró mi padre al cuarto, nos encontró sentados en la cama en posición de oración.
-Porqué no fueron a clases, que hicieron, preguntó
-Es que un amigo nos llevó en el tren y dijo que volveríamos el mismo día,
  Respondí…., vacilante, acongojado, desarmado y fatal   
Mi padre no esperó más argumentos, estaba  con una especie de látigo de cuero en la mano, y se veía encolerizado se alcanzó con los dos y nos propinó la paliza más dura de nuestras vidas, creo que no se cansaba de darnos de latigazos, como queriendo dejar bien sentada su autoridad de padre y hacernos notar que nuestra desobediencia se pagaba muy caro.
Nadie pudo intervenir a nuestro favor; debíamos pagar por ello y punto, eso era todo.
Mi apreciación de lo ocurrido para mi es confusa, para la época en que sucedió me parece que yo no estaba siendo consciente de las consecuencias, lo acepto; pero lo que si sé es que a esa edad cualquier aventura es atrayente y si los cuidados y la vigilancia es poca, no se puede dar cuenta de los desafortunados resultados que les puede ocurrir a dos niños de 10 y 12  años respectivamente. Lo importante de este acontecimiento es en realidad  lo que he podido compartir con ustedes de la forma como yo lo he querido.
Todas las cosas tienen una historia, los trenes la tienen y son testigos mudos de una época  en que todo el mundo de la segunda ola marco el progreso de la civilización humana dando inicio a una etapa denominada la revolución industrial. El carbón fue la materia prima que hacía que el hombre pudiera mover máquinas gigantes como trenes y barcos a vapor y otras máquinas manufactureras de uso en grandes fábricas de producción en serie. Pero a mí en particular me atraen los trenes, estos gigantes de acero tiene un efecto mágico en las personas que los disfrutan, son fuente de inspiración de artistas, novelistas y cineastas que los han dotado de vida, magia y misterio alrededor del mundo.


[1] Título de la obra literaria del escritor Alfredo Pareja Diescanseco

2 comentarios:

  1. Buenas Tardes Licenciado Bosmediano , para mi este cuento me parecio muy interesante e inspirador ya que ahora en estos tiempos ya no jugamos a juegos tan divertidos y recreativos como los que usted jugaba en su infancia.
    Me gusto cuando relato los hechos importantes de su infancia ya que estos hechos han quedado marcados en el trayecto de su vida.
    Y tambien le quiero decir que le aprecio mucho por haber escrito un cuento tan fascinante como el "Coloso de la cinta de acero".Su estudiante

    ResponderEliminar
  2. Buenas noches ami este cuento me gusta porq nos recuerdan a nuestro juegos a nuestras lokuras q asiamos de pequeños y usd tiene un gran talento escribiendo libros siga asi y llegara muy lejos
    ATT:su alumna

    ResponderEliminar