miércoles, 1 de abril de 2015

Alfonsina, uno de mas de los doce cuentos que seran al terminar la coleccion.




La sirena
Por Javier Bosmediano.
                       “Como el toro he nacido  
Para el luto y el dolor
Como el toro te sigo y te persigo,
Y dejas mi deseo en una espada,
como el toro, burlado como el toro…”
                            Miguel Hernández.
                       Poeta español

Alfonsina
 
El lugar, era donde el tiempo parece detenerse porque novedad alguna no llegaba a ser de importancia para sus habitantes; gente inmutable dedicada a las labores del campo como la única manera de conocer el mundo dentro de su propio mundo un pueblecito enclavado en un lejano paraje montañoso bañado  por dos grandes ríos, el cual se me figuraba que un día desaparecería por la majestad caudalosa de sus aguas  y la frágil insignificancia del pueblo hecho de una sola calle con  doce o quince casas; unas de madera, otras de caña y unas pocas hechas de grandes bloques de barro como para durar siglos de siglos.
En San francisco de Sigsipamba, el 6 de enero es una fecha de festejo en que los pobladores esperan el año nuevo con una fiesta fruto de su imaginación.
Es una forma de desearse que el nuevo año sea mucho, mejor que el anterior. De esta fiesta se encarga a una familia que el año anterior ha recibido un muñeco que es el símbolo del año nuevo, a este personaje hecho de trapos se ha de vestirle cambiándole su ropa y por supuesto esta familia se hace cargo de los gastos que se genere  en la noche de fiesta o sea, tragos y comida. A eso de la media noche se entrega al muñeco al nuevo prioste que se encargará del festejo del siguiente año.
Una tarde, conversábamos con Martha, amiga inseparable, ella me puso al tanto de las festividades del 6 de enero; me dijo:
- Este año la fiesta la hace la familia de Dña Elvira, y para el próximo los priostes van a ser los profesores les vamos a dar al símbolo de San francisco, es el  patrono del pueblo es un muñeco que representa a los comuneros, lo deben cambiar de vestido; asi el  nuevo año empezará con muncha suerte para todos.  Usted y Marcelo son los elegidos. Luego prosiguió:
 No vayan a  negarse, porque el muñeco es milagroso, ustedes deben pedirle un deseo, si lo festejan bien y con fe, se les cumple  pero si no lo toman con voluntad, les puede ocurrir una desgracia.
-No es problema, voy a conversar con Marcelo le dije muy convencido, pues en lo más profundo de mi ser estaba necesitando algo así como un hechizo mágico que producto de la superstición hiciera que me ocurra el milagro que estaba esperando.
 Esa era la sentencia que todo el pueblo conocía y era una forma de seguir manteniendo la tradición  festejándose año a año; en fin la fecha se venía encima yo solamente estaba esperando lo que venga porque me sentía bien allí, solamente quería que Alfonsina apareciera de un momento a otro, porque no estaba en ninguna parte de la plaza del pueblo.
La noche del 6 de enero llegó, pero antes a la tarde ya estuvimos armando la discomóvil y cada uno de los profesores tenía que disfrazarse de lo que se le ocurra. Poco a poco le gente llegaba  e iba  apostándose en sus ventas. Los globos, los confites y los dulces las manzanas con miel, los niños corrían a lo largo de la calle con silbatos y cornetines poniendo el ambiente de fiesta, un hombre que cargaba a un mono en una especie de armario, pequeño hecho de cajoncitos pequeños sacaba de uno de los cajoncitos un sobrecito de colores, a cambio de 25 ctvos, el mono les echaba su suerte o el horóscopo para ese día. Este era el puesto que más demanda tenia entre la abigarrada muchedumbre. También había llegado una  camioneta pequeña desvencijada  tapado con unas lonas pintadas con la publicidad de un brebaje que sanaba enfermedades de los pulmones, el riñón y el  hígado. Otro remedio por el que los comuneros se apilaban era un sobrecito con un polvo blanquecino que evitaba el aparecimiento de las caries.
   Los comuneros salían de sus casas con sus mejores vestidos, la tarde estaba luminosa y colorida  en un costado de la plaza se detonaban los voladores y desde lo alto de la torre de la capilla se apostaba una corneta que emitía las notas de la una música que envolvía la atmosfera  del pequeño pueblo. A lo largo  de la calle se veía paseando a los jinetes que llegaban de otras comunidades a encontrarse con sus amigos, se los veía tomándose una cerveza o comiendo los platillos del infaltable chancho honrado para toda ocasión.  Los comuneros eran gente mestiza el único negro del pueblo era un alborotista que les tenía subyugados con sus cuentos y fantasías nunca cumplidas a los comuneros que ahora no le hacían mucho caso porque estaban sorprendidos de las bondades de la medicina que ofrecía el extranjero del carromato.
Nosotros estábamos charlando amenamente en mi habitación de alquiler tomando una que otra cerveza, a pesar de las expectativas yo me sentía tranquilo estaba pensando en lo que sucedería en ese año, no tenía planes, ni compromisos en camino, solamente una idea estaba fija en mi cabeza donde estará ella, aquella mujer que me habían presentado el primer día de trabajo en el colegio, a lo mucho tenía unos treinta años; no se veía demasiado delgada, su figura era perfecta se podía notar que era una mujer que desprendía mucho dinamismo y alegría,  sus ojos  claros de un verde bajito hacían contraste con el color canela de su piel. Su mirada apacible llamó mi atención  y por donde se la mire era hermosa ni demasiado alta, tampoco  muy bajita, a la luz del sol su cabello tenía un brillo delicado como el de la miel madura en días de primavera. Vestía blusas multicolores pequeñitas que se ajustaban a su talle finísimo. Cuando hablaba su voz parecía calmar el entorno y a toda criatura que habitara a su alrededor.
Me llamó la atención su seguridad al emitir sus opiniones cuando le eran requeridas lo que hizo que mis sentidos se agudizaran para entenderla y conocerla mejor, cosa que no fue fácil, debo decirlo.
Siempre servicial con todas las personas, tenía una paciencia extraordinaria para soportar a los demás, claro está que tampoco le gustaba que alguien se pase de listo con ella porque sabía detenerlos sutilmente, con estilo.
Trabajaba siempre su jornada, era su virtud y lo hacía libremente. Recuerdo que me decía que un colegio sea grande o pequeño los trámites administrativos son los mismos y tomaba el mismo tiempo organizarlos. No la veía mucho solamente en los recreos cuando todos salíamos a  tomar el sol junto al árbol de naranjas del huerto del colegio, allí charlábamos, reíamos contándonos chistes o comentábamos los últimos acontecimientos de la semana.
Ese encuentro diario era idílico porque nadie molestaba nuestra paz, así la convivencia con los compañeros era serena y alegre.
No la he visto en toda la tarde, estará en su casa, pensé intrigado
 Entonces empecé a inquietarme, ya estaba entrada la noche, me sentía un tanto alborotado, salía  de un lado y otro en pretexto de encontrarla por allí. De pronto, se acerca Martha y me dice:
- Venga Javier, tráigale a Marcelo, le necesitan en la plaza, le van a entregar el muñeco.
- Si, claro que si, voy enseguida.
Salí en búsqueda de los demás amigos a la entrega del muñeco, en esos momentos me iba dando cuenta de que me estaba aferrando a una superstición, quería recibir el muñeco aferrándome a mi buena suerte vaticinada por un oráculo popular. Después mi suerte estaría echada Muy adentro de mí estaba pidiendo un deseo: salud, amor dicha y felicidad, creo que era un poco de todo lo que no tenía.
 En ese ambiente me podía dar cuenta de que existía magia. Como si cada uno de los acontecimientos y situaciones estuvieran de alguna manera conspirando en mi favor para que mi deseo se cumpliera. Toda la gente que se me acercaba, me parecía gente maravillosa, me sentía a gusto con todo el mundo y mi alegría se dejaba notar, ya estaba embriagado de ese ambiente, lejos de todo prejuicio, y lejos de la gente de la ciudad, de conocidos y familia, no había nadie que estropeara tan agradables momentos.
El muñeco pasó por las manos de toda la gente que lo hacía bailar, pero al final me lo entregaron como símbolo de que en el siguiente año, le haríamos la fiesta del 6 de enero. Nada suntuoso o derrochador, solo se trataba de continuar con una tradición de gente trabajadora, creyente y supersticiosa por sus evidentes  costumbres.
Pero ella no estaba ya entrada las ocho de la noche, en un momento me figuró verla en su ventana, pero no me detuve para llamarla. Estaba en su casa, esperando que alguien se acercase para invitarla a salir.
Placido, un conocido del grupo del colegio se acercó diciéndome:
- Javier, vaya usted por Alfonsina, invítela para que esté con nosotros en la fiesta-. Por un momento dudé, tal vez no era yo el indicado para traerla, pero si quería verla, tendría que ir a buscarla, y así lo hice, subí las gradas de su casa, golpeé la puerta, salió la vi, estaba muy bonita y encantadora Un deseo, empezaba a  darse forma esa noche.
- Por qué no ha bajado antes- le pregunté.
- No pensaba bajar, hacía frío y preferí quedarme en casa.
- Sí está haciendo un poco de frío, pero en la plaza esta un ambiente cálido, salimos un rato, que me dice.
- Sí, claro, donde están los demás?.
- Venga por acá estamos todos.
La noche decurria tibia y lenta, no había prisa por nada, importaba el hecho de estar acompañados charlando de cosas sin importancia; la fiesta fue como se esperaba, sin nada de que lamentarse, valía la pena que ella esté con nosotros y en cualquier momento  podía acercármele y hablar un poco más. Sin embargo, más entrada la noche tuve que darme cuenta de algo que siempre resté importancia.

Era que Alfonsina tenía un compromiso, yo sabía de ello, pero siempre le resté importancia, eso no me preocupaba. No sé por qué lo hice tal vez porque mi ilusión eclipsaba la realidad.
Al cabo de estar pensando en este particular, el hombre asoma no sé de dónde diablos, dice haber estado con un amigo suyo en otra comunidad cercana, le pide a ella que baile con su amigo y con nadie más, al inicio  ella  lo hace, pero después baila con quien escoja. Alfonsina le resta importancia a lo sucedido, pero se ve perturbada, sin embargo, empiezo a entender que cuando estábamos juntos bailando,  sentía, que toda preocupación se esparcía en la helada noche, se trastocaba tibia y única como de un mundo de dos detenido por el tiempo, y sostenido en los impulsos fuertes de dos seres que se miran y se desean al mismo tiempo. De mis poros se exhalaba una transpiración que me delataba cada vez que me sentía cerca de sus finos labios.
Así como apareció, de súbito desapareció, era que se había marchado, no supe cuándo porque de rato en rato me encontraba entretenido alzando alguna copa con los vecinos del lugar. El conquistar un amor toma tiempo, pensé.
El tiempo siguió su marcha después de esa noche casi no hablábamos mucho, cada quien a sus ocupaciones, pero llegó el mes de abril, ambiente de primavera poca ropa, el sol calentaba los huesos hasta fundirlos, el rio era la mejor opción, pasamos largos ratos entre tardes de verano y noches de guitarreadas iluminados por un débil candil o  unas dos velas. Esa noche nos propusimos festejar el día del maestro, era un evento ya anunciado y no se podía pasar por alto. No faltó quien llevara una botella de ron, algo de comer y mucha fiesta, eran días perfectos; me dije para mis adentros, de esta forma  me gustaría vivir siempre, con poca plata pero sin preocupaciones.
Decidimos ir a un paraje turístico en Ambuquí, se trataba de un pueblecito ideal donde el sol abriga pero no abrasa, en un salón no demasiado grande nos encontramos solamente entre compañeros y compañeras de trabajo.
Las horas transcurrieron muy de prisa,  era ya de noche y debíamos volver; esa noche algo en mi interior me decía que estaba a punto de suceder: un acontecimiento decisivo a mi favor o en mi contra, era el momento de decidir lo que debía hacer respecto de mis sentimientos, creo que me estaba tardando demasiado y en mi corazón se anegaban sentimientos a punto de explotar.
Había pasado un año desde que la conocí en el y en todo ese tiempo, no me atreví a decirle algo respecto de lo que me estaba ocurriendo, y era que esa noche debía decirle lo que estaba buscando: su amor, debía mirarme a los ojos.
Ella debía descubrir el fondo de mi alma y debía saber que mi corazón latía alocadamente por un beso de sus labios; un deseo atrapado en mí estaba a punto de estallar; La penumbra del bus nos acompañaba, estaba un poco embriagado por los tragos y supongo que eso me daba valor de decirle lo que me propuse:
-Alfonsina, quiero decirle algo…, musité. Pero el temor me perseguía, pensé  de inmediato “ y si me rechaza”;  no sé qué debía hacer.
-No, no me diga eso, me dijo como imaginado mis intenciones no quiero escucharlo, me dijo y su voz, la delataba  estaba hecha  un montón de nervios como yo. Me di cuenta que nos sentíamos igual.
- Es que tengo que decirle algo que  usted tiene que saber, al menos déjeme decirle lo que siento y lo dije de un solo golpazo: yo la quiero mucho, estoy enamorado de usted y estoy empezando a sufrir porque siento que necesito su amor”. Quiero que lo sepa. Le decía mientras se me hacía un nudo en la garganta, era el momento más sensible de mi vida, nunca antes me había confesado con nadie; mis ojos comenzaron a humedecerse sin ningún esfuerzo mis lágrimas brotaban como gotas de rocío sobre un manojo de madreselvas  ruborizadas en medio de la complicidad de la noche. Entonces levanté la mirada, me dirigí hacia ella, me miro y nos dimos un beso y después otro y otro y muchos más, era que estaba probando el cáliz más dulce del amor. Tomé su mano y no la solté hasta que terminó el viaje.
No había pasado una semana de lo ocurrido cuando nos reunimos un jueves por la noche, los compañeros de trabajo, no sé con qué pretexto. Alfonsina estaba en su alcoba y yo lo sabía, recuerdo que ya entrada la noche estábamos en la habitación de un amigo; hacíamos planes, nos encantaba hacer algún plan que a final de cuentas se cumpla o no era cuestión de la suerte o del empeño que se ponía en consolidarlo, pero siempre se debía hablar de algo que interese a la institución o al trabajo, problemas por resolver no faltaban  o se charlaba de algo en particular o simplemente era la hora de jugar cartas y reír un poco a costilla del evento humorístico del día. Nuestras compañeras eran inseparables, las tres se llevaban bien. En algunas ocasiones provocaban situaciones en las que nos veíamos ridiculizados, simplemente por el hecho de reírle a la vida, pero en esa ocasión estábamos solamente los hombres. De un momento a otro me sentí molesto conmigo mismo y abandoné el lugar  pero lo disimulaba. No sé si fue por el deseo que tenía de verle; será que me pasé pensando en los besos del bus. Estaba realmente embriagado de amor  y perdía la conciencia de lo correcto, pero pesaba más la fuerza de verla y hablarle; yo sabía que era peligroso, que no debía hacerlo, ella perdería su estima y yo sería el causante de un escándalo mayor en un futuro inmediato. Sin embargo y sin previo aviso, sin autorización alguna subí las escaleras de piedra de una vetusta casa, se me figuraba un castillo azul encantado por lo que guardaba en su interior: una apetecida mujer de sabrosas caderas y piel color canela. Por primera vez, estuve decidido a estar con ella, era de madrugada no alcanzaba a ver a nadie en las calles, y mi desafortunado esfuerzo terminó en tragedia. Abría su puerta, no tenía llave, me estaba entrando a su casa  a tientas, despacio como  queriendo no ser visto en la cueva de un tesoro escondido, me dije en secreto: “Mujer, un extranjero ha venido a sorprender tus secretos, pero ese extranjero tiene corazón y  puedes perdonarlo” me vi en su habitación, ella dormía, me senté a su lado muy despacito y le hablé en voz baja, dije su nombre. Alfonsina me escucho y sabía que se trataba de mí. En el acto, salto de la cama y le vi en medio de la habitación sorprendidísima y algo asustada en camisa de dormir. Se veía un tanto aletargada por el sueño, pero verme allí, le causo rabia, mucha rabia, pero se contenía, me dijo:
       ¡Javier, váyase de aquí, váyase ahora!
       Hablemos, un rato y me voy, un momento nada más, no se ponga así, ¡cálmese y me voy!
       No, no quiero, ¡váyase de aquí, qué le pasa!.
 Me repitió como cinco veces o más debí haberlo hecho, sin embargo, no lo hice, era que de alguna manera quería provocar una situación comprometedora para que recordara que yo iba a ser el hombre que le amaría toda la vida. Quise acercármele, pero me detuvo con sus manos, entonces comenzamos a forcejear con las manos tocándonos en intentos de que saliera de allí, por algunos minutos duró una situación disimulada entre el temor y el recato, luego de pocos instantes, empecé intentar calmarla y poder irme, ella me apuró una bofetada, que no la sentí. Solamente salí, me fui en camino hacia la puerta de salida,  era de día me encontré con alguien que me tomó del brazo,  me dejé llevar despacio hacia afuera, sin articular palabra.
No tardaron los días de invierno en llegar, el lugar era insoportable lodazales por todas partes ni un espacio seco por donde caminar   y un frio extremo que se calaba en las paredes de barro de las casas, produciendo en sus ocupantes una sensación de esquimales en sus iglús  buscando abrigo.
-      Si quiere tomar un café puede venir Javier, me dijo, yo acepté, fui invitado esta vez. Tomaba los sorbos de café sin quitarle la mirada de encima, se veía tranquila, yo estaba dejándome llevar por un camino de sana complacencia.
-      Puede venir cuando quiera y tomarnos un café, pero luego debe irse.
-      Está  bien dije-, pero quería que tomar café durara toda la noche, y en efecto charlamos hasta entrada la media noche, ella decidió meterse en su cama
-      Puedo acostarme a su lado- le dije casi convencido
-      Está bien.

Yo lo hacía como si se tratara de un rito sagrado. Al rato estaba metido en su cama sin atreverme a rozar su cuerpo, sentí el contacto de su piel  sus caderas se acercaban cada vez más rozando mis muslos; sentí un sobresalto que me llevo a abrazarme de su cuerpo en forma total. Y sin reparos. Me pareció que la noche duró lo que dura el destello de una estrella sin encontrar descanso ni tregua mientras nos bebimos el uno al otro con una sed que empezaba a secarnos los labios.
 En sus treinta años juveniles era el complemento de mis treinta y cinco gastados años.
Mi paciencia y mi  dicha estaban justificadas,
Fue muy complicado el tener que desprenderme de sus tibios brazos y salir y encontrarme con la gélida noche para ir hacia mi habitación, no lo hacía , no podía era que me sentía tan bien el estar entrelazados uno del otro yo estaba como fundido en su cuerpo, no se puede describir con palabras, cuando los cuerpos se acoplan en una amalgama de sensaciones bebiendo de los besos prometidos y deseados, desgarrándose la piel como queriendo encontrar  cual es la fuente de donde se desprende  una violenta pasión que cada vez nos envolvía sin querer parar como una forma de aferrarse a la vida.
Como ocurrió esto:
 La luna estaba grande y redonda, se podía ver a lo lejos el correr  las aguas del límpido río como una serpentina plateada que rompía entre  las sombras de las montañas, los árboles y las casas se agigantaban a lo largo de la calleja, los hombres y las mujeres recogidos en la penumbra de sus hogares charlaban alumbrados por el candil de una esperma, solamente se escuchaba el susurro de sus conversaciones a través de ventanas que proyectaban  sombras animadas; seres indiferentes a la sensación que yo estaba empezando a vivir en complicidad con la soledad y luz  diamantina de la inmensa luna.
Se podía ver en el firmamento brillar  en las profundidades de lo infinito de una noche clara y constelada. Allí estaba Dios y yo le agradecía cada noche. La luz de los astros se refleja en cualquier objeto, las baratijas y los papelitos de caramelo que se hacían innumerables en el camino a cada paso que daba para llegar a su casa. A lo lejos las carcajadas de los bohemios que trasnochaban en la cantina del viejo anciano se me hacían familiares; se trataba de los compañeros de trabajo y otros campesinos que trasnochaban rumiando sus recuerdos, jactándose de sus  hazañas y picardías más recientes. Algunas veces  salía de su casa y me dirigía hacia la cantina, es que necesitaba de un trago, no podía creer lo que me ocurría cada vez que Alfonsina me habría las puertas de su corazón, ella tenía una forma sutil de demostrar su cariño; era silente, tibia y expresaba su amor con innumerables caricias que yo respondía con inusitado afán.
 Al siguiente día me preguntaba que había hecho, yo le decía que me había tomado algunas copas, ella me dijo: - Usted es un borracho; - ese día me dio mucha vergüenza y traté de cambiar de actitud, al momento,  me di cuenta de que  ella me podía decir lo que  pensara sin que pueda dañar mi corazón.
De repente advertí  que estábamos compartiendo muchas cosas. Entre Alfonsina y yo, estábamos compartiendo una vida, pero era una vida sin compromisos, pensé que siempre que en algún momento sus decisiones serían el separarse de mí, a pesar de que dormía con ella, comíamos juntos preparando lo que nos apetecía. Si se trataba de discutir algún asunto importante, lo hacíamos sin tratar de  lastimarnos, pero siempre pensé que algo no estaba bien y que ocultaba en su pensamiento: el hecho de abandonarme para siempre.
Los últimos meses del año 1999 llegaron los ecuatorianos estábamos expectantes esperando el cambio de moneda como una medida urgente para sacarnos de la crisis económica en que los banqueros junto con las mafias de la política nos habían metido. Para el año 2.001 el país sufría las consecuencias de una banca rota que afectaba por igual a pobres y ricos; claro con más fuerza  a los pobres.
Alfonsina me habló un día y me dijo:

-      Javier me voy del país. Voy a España, tengo un puesto de trabajo esperando por mi.
-      Cuando se va será el próximo año.?
-      No, me voy en ocho días
                                                      ¡ Hasta en el ultimo destello                                                                                                                    de luna                                                                                                                                                               te recordaré, no solamente porque                                                                                                     te amé
Sino por lo difícil de alcanzarte!
Me quedé recordando los versos  del poeta:  “la noche está callada y constelada/ puedo escribir los versos más tristes esta noche”[2].


                                        




[1] Título de la obra literaria del escritor Alfredo Pareja Diescanseco
[2][2] Pablo Neruda:20 poemas de amor y una canción desesperada,p20.

No hay comentarios:

Publicar un comentario