La sirena
Por
Javier Bosmediano.
“Como
el toro he nacido
Para el luto y el dolor
Como el toro te sigo y te persigo,
Y dejas mi deseo en una espada,
como el toro, burlado como el toro…”
Miguel Hernández.
Poeta español
El lugar,
era donde el tiempo parece detenerse porque novedad alguna no llegaba a ser de
importancia para sus habitantes; gente inmutable dedicada a las labores del
campo como la única manera de conocer el mundo dentro de su propio mundo un
pueblecito enclavado en un lejano paraje montañoso bañado por dos grandes ríos, el cual se me figuraba
que un día desaparecería por la majestad caudalosa de sus aguas y la frágil insignificancia del pueblo hecho
de una sola calle con doce o quince
casas; unas de madera, otras de caña y unas pocas hechas de grandes bloques de
barro como para durar siglos de siglos.
En San
francisco de Sigsipamba, el 6 de enero es una fecha de festejo en que los
pobladores esperan el año nuevo con una fiesta fruto de su imaginación.
Es una
forma de desearse que el nuevo año sea mucho, mejor que el anterior. De esta
fiesta se encarga a una familia que el año anterior ha recibido un muñeco que
es el símbolo del año nuevo, a este personaje hecho de trapos se ha de vestirle
cambiándole su ropa y por supuesto esta familia se hace cargo de los gastos que
se genere en la noche de fiesta o sea,
tragos y comida. A eso de la media noche se entrega al muñeco al nuevo prioste
que se encargará del festejo del siguiente año.
Una tarde, conversábamos con
Martha, amiga inseparable, ella me puso al tanto de las festividades del 6 de
enero; me dijo:
- Este año la fiesta la hace
la familia de Dña Elvira, y para el próximo los priostes van a ser los
profesores les vamos a dar al símbolo de San francisco, es el patrono del pueblo es un muñeco que
representa a los comuneros, lo deben cambiar de vestido; asi el nuevo año empezará con muncha suerte para
todos. Usted y Marcelo son los elegidos.
Luego prosiguió:
No vayan a
negarse, porque el muñeco es milagroso, ustedes deben pedirle un deseo,
si lo festejan bien y con fe, se les cumple
pero si no lo toman con voluntad, les puede ocurrir una desgracia.
-No es problema, voy a
conversar con Marcelo le dije muy convencido, pues en lo más profundo de mi ser
estaba necesitando algo así como un hechizo mágico que producto de la
superstición hiciera que me ocurra el milagro que estaba esperando.
Esa era la sentencia que todo el pueblo
conocía y era una forma de seguir manteniendo la tradición festejándose año a año; en fin la fecha se
venía encima yo solamente estaba esperando lo que venga porque me sentía bien
allí, solamente quería que Alfonsina apareciera de un momento a otro, porque no
estaba en ninguna parte de la plaza del pueblo.
La noche del 6 de enero llegó,
pero antes a la tarde ya estuvimos armando la discomóvil y cada uno de los
profesores tenía que disfrazarse de lo que se le ocurra. Poco a poco le gente
llegaba e iba apostándose en sus ventas. Los globos, los
confites y los dulces las manzanas con miel, los niños corrían a lo largo de la
calle con silbatos y cornetines poniendo el ambiente de fiesta, un hombre que
cargaba a un mono en una especie de armario, pequeño hecho de cajoncitos
pequeños sacaba de uno de los cajoncitos un sobrecito de colores, a cambio de
25 ctvos, el mono les echaba su suerte o el horóscopo para ese día. Este era el
puesto que más demanda tenia entre la abigarrada muchedumbre. También había
llegado una camioneta pequeña
desvencijada tapado con unas lonas
pintadas con la publicidad de un brebaje que sanaba enfermedades de los
pulmones, el riñón y el hígado. Otro
remedio por el que los comuneros se apilaban era un sobrecito con un polvo
blanquecino que evitaba el aparecimiento de las caries.
Los comuneros salían de sus casas con sus
mejores vestidos, la tarde estaba luminosa y colorida en un costado de la plaza se detonaban los
voladores y desde lo alto de la torre de la capilla se apostaba una corneta que
emitía las notas de la una música que envolvía la atmosfera del pequeño pueblo. A lo largo de la calle se veía paseando a los jinetes
que llegaban de otras comunidades a encontrarse con sus amigos, se los veía
tomándose una cerveza o comiendo los platillos del infaltable chancho honrado
para toda ocasión. Los comuneros eran
gente mestiza el único negro del pueblo era un alborotista que les tenía
subyugados con sus cuentos y fantasías nunca cumplidas a los comuneros que
ahora no le hacían mucho caso porque estaban sorprendidos de las bondades de la
medicina que ofrecía el extranjero del carromato.
Nosotros estábamos charlando
amenamente en mi habitación de alquiler tomando una que otra cerveza, a pesar
de las expectativas yo me sentía tranquilo estaba pensando en lo que sucedería
en ese año, no tenía planes, ni compromisos en camino, solamente una idea
estaba fija en mi cabeza donde estará ella, aquella mujer que me habían
presentado el primer día de trabajo en el colegio, a lo mucho tenía unos
treinta años; no se veía demasiado delgada, su figura era perfecta se podía
notar que era una mujer que desprendía mucho dinamismo y alegría, sus ojos
claros de un verde bajito hacían contraste con el color canela de su
piel. Su mirada apacible llamó mi atención
y por donde se la mire era hermosa ni demasiado alta, tampoco muy bajita, a la luz del sol su cabello tenía
un brillo delicado como el de la miel madura en días de primavera. Vestía
blusas multicolores pequeñitas que se ajustaban a su talle finísimo. Cuando
hablaba su voz parecía calmar el entorno y a toda criatura que habitara a su
alrededor.
Me llamó la atención su
seguridad al emitir sus opiniones cuando le eran requeridas lo que hizo que mis
sentidos se agudizaran para entenderla y conocerla mejor, cosa que no fue
fácil, debo decirlo.
Siempre
servicial con todas las personas, tenía una paciencia extraordinaria para
soportar a los demás, claro está que tampoco le gustaba que alguien se pase de
listo con ella porque sabía detenerlos sutilmente, con estilo.
Trabajaba
siempre su jornada, era su virtud y lo hacía libremente. Recuerdo que me decía
que un colegio sea grande o pequeño los trámites administrativos son los mismos
y tomaba el mismo tiempo organizarlos. No la veía mucho solamente en los
recreos cuando todos salíamos a tomar el
sol junto al árbol de naranjas del huerto del colegio, allí charlábamos,
reíamos contándonos chistes o comentábamos los últimos acontecimientos de la
semana.
Ese encuentro diario era
idílico porque nadie molestaba nuestra paz, así la convivencia con los
compañeros era serena y alegre.
No la he visto en toda la
tarde, estará en su casa, pensé intrigado
Entonces empecé a inquietarme, ya estaba
entrada la noche, me sentía un tanto alborotado, salía de un lado y otro en pretexto de encontrarla
por allí. De pronto, se acerca Martha y me dice:
- Venga Javier, tráigale a
Marcelo, le necesitan en la plaza, le van a entregar el muñeco.
- Si, claro que si, voy
enseguida.
Salí en búsqueda de los demás
amigos a la entrega del muñeco, en esos momentos me iba dando cuenta de que me
estaba aferrando a una superstición, quería recibir el muñeco aferrándome a mi
buena suerte vaticinada por un oráculo popular. Después mi suerte estaría
echada Muy adentro de mí estaba pidiendo un deseo: salud, amor dicha y
felicidad, creo que era un poco de todo lo que no tenía.
En ese ambiente me podía dar cuenta de que
existía magia. Como si cada uno de los acontecimientos y situaciones estuvieran
de alguna manera conspirando en mi favor para que mi deseo se cumpliera. Toda
la gente que se me acercaba, me parecía gente maravillosa, me sentía a gusto
con todo el mundo y mi alegría se dejaba notar, ya estaba embriagado de ese
ambiente, lejos de todo prejuicio, y lejos de la gente de la ciudad, de
conocidos y familia, no había nadie que estropeara tan agradables momentos.
El muñeco pasó por las manos
de toda la gente que lo hacía bailar, pero al final me lo entregaron como
símbolo de que en el siguiente año, le haríamos la fiesta del 6 de enero. Nada
suntuoso o derrochador, solo se trataba de continuar con una tradición de gente
trabajadora, creyente y supersticiosa por sus evidentes costumbres.
Pero ella no estaba ya entrada
las ocho de la noche, en un momento me figuró verla en su ventana, pero no me
detuve para llamarla. Estaba en su casa, esperando que alguien se acercase para
invitarla a salir.
Placido, un conocido del grupo
del colegio se acercó diciéndome:
- Javier, vaya usted por
Alfonsina, invítela para que esté con nosotros en la fiesta-. Por un momento
dudé, tal vez no era yo el indicado para traerla, pero si quería verla, tendría
que ir a buscarla, y así lo hice, subí las gradas de su casa, golpeé la puerta,
salió la vi, estaba muy bonita y encantadora Un deseo, empezaba a darse forma esa noche.
- Por qué no ha bajado antes-
le pregunté.
- No pensaba bajar, hacía frío
y preferí quedarme en casa.
- Sí está haciendo un poco de
frío, pero en la plaza esta un ambiente cálido, salimos un rato, que me dice.
- Sí, claro, donde están los
demás?.
- Venga por acá estamos todos.
La noche decurria tibia y
lenta, no había prisa por nada, importaba el hecho de estar acompañados
charlando de cosas sin importancia; la fiesta fue como se esperaba, sin nada de
que lamentarse, valía la pena que ella esté con nosotros y en cualquier
momento podía acercármele y hablar un
poco más. Sin embargo, más entrada la noche tuve que darme cuenta de algo que
siempre resté importancia.
Era que Alfonsina tenía un
compromiso, yo sabía de ello, pero siempre le resté importancia, eso no me
preocupaba. No sé por qué lo hice tal vez porque mi ilusión eclipsaba la
realidad.
Al cabo de estar pensando en
este particular, el hombre asoma no sé de dónde diablos, dice haber estado con
un amigo suyo en otra comunidad cercana, le pide a ella que baile con su amigo
y con nadie más, al inicio ella lo hace, pero después baila con quien escoja.
Alfonsina le resta importancia a lo sucedido, pero se ve perturbada, sin
embargo, empiezo a entender que cuando estábamos juntos bailando, sentía, que toda preocupación se esparcía en
la helada noche, se trastocaba tibia y única como de un mundo de dos detenido
por el tiempo, y sostenido en los impulsos fuertes de dos seres que se miran y
se desean al mismo tiempo. De mis poros se exhalaba una transpiración que me
delataba cada vez que me sentía cerca de sus finos labios.
Así como apareció, de súbito
desapareció, era que se había marchado, no supe cuándo porque de rato en rato
me encontraba entretenido alzando alguna copa con los vecinos del lugar. El
conquistar un amor toma tiempo, pensé.
El
tiempo siguió su marcha después de esa noche casi no hablábamos mucho, cada
quien a sus ocupaciones, pero llegó el mes de abril, ambiente de primavera poca
ropa, el sol calentaba los huesos hasta fundirlos, el rio era la mejor opción,
pasamos largos ratos entre tardes de verano y noches de guitarreadas iluminados
por un débil candil o unas dos velas.
Esa noche nos propusimos festejar el día del maestro, era un evento ya
anunciado y no se podía pasar por alto. No faltó quien llevara una botella de
ron, algo de comer y mucha fiesta, eran días perfectos; me dije para mis
adentros, de esta forma me gustaría
vivir siempre, con poca plata pero sin preocupaciones.
Decidimos ir a un paraje
turístico en Ambuquí, se trataba de un pueblecito ideal donde el sol abriga
pero no abrasa, en un salón no demasiado grande nos encontramos solamente entre
compañeros y compañeras de trabajo.
Las horas transcurrieron muy
de prisa, era ya de noche y debíamos
volver; esa noche algo en mi interior me decía que estaba a punto de suceder:
un acontecimiento decisivo a mi favor o en mi contra, era el momento de decidir
lo que debía hacer respecto de mis sentimientos, creo que me estaba tardando
demasiado y en mi corazón se anegaban sentimientos a punto de explotar.
Había pasado un año desde que
la conocí en el y en todo ese tiempo, no me atreví a decirle algo respecto de
lo que me estaba ocurriendo, y era que esa noche debía decirle lo que estaba
buscando: su amor, debía mirarme a los ojos.
Ella debía descubrir el fondo
de mi alma y debía saber que mi corazón latía alocadamente por un beso de sus
labios; un deseo atrapado en mí estaba a punto de estallar; La penumbra del bus
nos acompañaba, estaba un poco embriagado por los tragos y supongo que eso me
daba valor de decirle lo que me propuse:
-Alfonsina, quiero decirle
algo…, musité. Pero el temor me perseguía, pensé de inmediato “ y si me rechaza”; no sé qué debía hacer.
-No, no me diga eso, me dijo
como imaginado mis intenciones no quiero escucharlo, me dijo y su voz, la
delataba estaba hecha un montón de nervios como yo. Me di cuenta
que nos sentíamos igual.
- Es que tengo que decirle
algo que usted tiene que saber, al menos
déjeme decirle lo que siento y lo dije de un solo golpazo: yo la quiero mucho,
estoy enamorado de usted y estoy empezando a sufrir porque siento que necesito
su amor”. Quiero que lo sepa. Le decía mientras se me hacía un nudo en la
garganta, era el momento más sensible de mi vida, nunca antes me había
confesado con nadie; mis ojos comenzaron a humedecerse sin ningún esfuerzo mis
lágrimas brotaban como gotas de rocío sobre un manojo de madreselvas ruborizadas en medio de la complicidad de la
noche. Entonces levanté la mirada, me dirigí hacia ella, me miro y nos dimos un
beso y después otro y otro y muchos más, era que estaba probando el cáliz más
dulce del amor. Tomé su mano y no la solté hasta que terminó el viaje.
No
había pasado una semana de lo ocurrido cuando nos reunimos un jueves por la
noche, los compañeros de trabajo, no sé con qué pretexto. Alfonsina estaba en
su alcoba y yo lo sabía, recuerdo que ya entrada la noche estábamos en la
habitación de un amigo; hacíamos planes, nos encantaba hacer algún plan que a
final de cuentas se cumpla o no era cuestión de la suerte o del empeño que se
ponía en consolidarlo, pero siempre se debía hablar de algo que interese a la
institución o al trabajo, problemas por resolver no faltaban o se charlaba de algo en particular o
simplemente era la hora de jugar cartas y reír un poco a costilla del evento
humorístico del día. Nuestras compañeras eran inseparables, las tres se
llevaban bien. En algunas ocasiones provocaban situaciones en las que nos
veíamos ridiculizados, simplemente por el hecho de reírle a la vida, pero en
esa ocasión estábamos solamente los hombres. De un momento a otro me sentí
molesto conmigo mismo y abandoné el lugar
pero lo disimulaba. No sé si fue por el deseo que tenía de verle; será
que me pasé pensando en los besos del bus. Estaba realmente embriagado de
amor y perdía la conciencia de lo
correcto, pero pesaba más la fuerza de verla y hablarle; yo sabía que era
peligroso, que no debía hacerlo, ella perdería su estima y yo sería el causante
de un escándalo mayor en un futuro inmediato. Sin embargo y sin previo aviso,
sin autorización alguna subí las escaleras de piedra de una vetusta casa, se me
figuraba un castillo azul encantado por lo que guardaba en su interior: una
apetecida mujer de sabrosas caderas y piel color canela. Por primera vez,
estuve decidido a estar con ella, era de madrugada no alcanzaba a ver a nadie
en las calles, y mi desafortunado esfuerzo terminó en tragedia. Abría su
puerta, no tenía llave, me estaba entrando a su casa a tientas, despacio como queriendo no ser visto en la cueva de un
tesoro escondido, me dije en secreto: “Mujer, un extranjero ha venido a
sorprender tus secretos, pero ese extranjero tiene corazón y puedes perdonarlo” me vi en su habitación,
ella dormía, me senté a su lado muy despacito y le hablé en voz baja, dije su
nombre. Alfonsina me escucho y sabía que se trataba de mí. En el acto, salto de
la cama y le vi en medio de la habitación sorprendidísima y algo asustada en
camisa de dormir. Se veía un tanto aletargada por el sueño, pero verme allí, le
causo rabia, mucha rabia, pero se contenía, me dijo:
–
¡Javier, váyase de aquí,
váyase ahora!
–
Hablemos, un rato y me voy, un
momento nada más, no se ponga así, ¡cálmese y me voy!
–
No, no quiero, ¡váyase de
aquí, qué le pasa!.
Me repitió como cinco veces o más debí haberlo
hecho, sin embargo, no lo hice, era que de alguna manera quería provocar una
situación comprometedora para que recordara que yo iba a ser el hombre que le
amaría toda la vida. Quise acercármele, pero me detuvo con sus manos, entonces
comenzamos a forcejear con las manos tocándonos en intentos de que saliera de
allí, por algunos minutos duró una situación disimulada entre el temor y el
recato, luego de pocos instantes, empecé intentar calmarla y poder irme, ella
me apuró una bofetada, que no la sentí. Solamente salí, me fui en camino hacia
la puerta de salida, era de día me
encontré con alguien que me tomó del brazo,
me dejé llevar despacio hacia afuera, sin articular palabra.
No tardaron los días de
invierno en llegar, el lugar era insoportable lodazales por todas partes ni un
espacio seco por donde caminar y un
frio extremo que se calaba en las paredes de barro de las casas, produciendo en
sus ocupantes una sensación de esquimales en sus iglús buscando abrigo.
- Si
quiere tomar un café puede venir Javier, me dijo, yo acepté, fui invitado esta
vez. Tomaba los sorbos de café sin quitarle la mirada de encima, se veía
tranquila, yo estaba dejándome llevar por un camino de sana complacencia.
- Puede
venir cuando quiera y tomarnos un café, pero luego debe irse.
- Está bien dije-, pero quería que tomar café durara
toda la noche, y en efecto charlamos hasta entrada la media noche, ella decidió
meterse en su cama
- Puedo
acostarme a su lado- le dije casi convencido
- Está
bien.
Yo lo hacía como si se tratara
de un rito sagrado. Al rato estaba metido en su cama sin atreverme a rozar su
cuerpo, sentí el contacto de su piel sus
caderas se acercaban cada vez más rozando mis muslos; sentí un sobresalto que
me llevo a abrazarme de su cuerpo en forma total. Y sin reparos. Me pareció que
la noche duró lo que dura el destello de una estrella sin encontrar descanso ni
tregua mientras nos bebimos el uno al otro con una sed que empezaba a secarnos
los labios.
En sus treinta años juveniles era el
complemento de mis treinta y cinco gastados años.
Mi
paciencia y mi dicha estaban justificadas,
Fue muy complicado el tener
que desprenderme de sus tibios brazos y salir y encontrarme con la gélida noche
para ir hacia mi habitación, no lo hacía , no podía era que me sentía tan bien
el estar entrelazados uno del otro yo estaba como fundido en su cuerpo, no se
puede describir con palabras, cuando los cuerpos se acoplan en una amalgama de
sensaciones bebiendo de los besos prometidos y deseados, desgarrándose la piel
como queriendo encontrar cual es la
fuente de donde se desprende una violenta
pasión que cada vez nos envolvía sin querer parar como una forma de aferrarse a
la vida.
Como ocurrió esto:
La luna estaba grande y redonda, se podía ver
a lo lejos el correr las aguas del
límpido río como una serpentina plateada que rompía entre las sombras de las montañas, los árboles y
las casas se agigantaban a lo largo de la calleja, los hombres y las mujeres
recogidos en la penumbra de sus hogares charlaban alumbrados por el candil de
una esperma, solamente se escuchaba el susurro de sus conversaciones a través
de ventanas que proyectaban sombras
animadas; seres indiferentes a la sensación que yo estaba empezando a vivir en
complicidad con la soledad y luz
diamantina de la inmensa luna.
Se podía ver en el firmamento
brillar en las profundidades de lo
infinito de una noche clara y constelada. Allí estaba Dios y yo le agradecía
cada noche. La luz de los astros se refleja en cualquier objeto, las baratijas
y los papelitos de caramelo que se hacían innumerables en el camino a cada paso
que daba para llegar a su casa. A lo lejos las carcajadas de los bohemios que
trasnochaban en la cantina del viejo anciano se me hacían familiares; se
trataba de los compañeros de trabajo y otros campesinos que trasnochaban
rumiando sus recuerdos, jactándose de sus
hazañas y picardías más recientes. Algunas veces salía de su casa y me dirigía hacia la
cantina, es que necesitaba de un trago, no podía creer lo que me ocurría cada
vez que Alfonsina me habría las puertas de su corazón, ella tenía una forma
sutil de demostrar su cariño; era silente, tibia y expresaba su amor con
innumerables caricias que yo respondía con inusitado afán.
Al siguiente día me preguntaba que había
hecho, yo le decía que me había tomado algunas copas, ella me dijo: - Usted es
un borracho; - ese día me dio mucha vergüenza y traté de cambiar de actitud, al
momento, me di cuenta de que ella me podía decir lo que pensara sin que pueda dañar mi corazón.
De repente advertí que estábamos compartiendo muchas cosas.
Entre Alfonsina y yo, estábamos compartiendo una vida, pero era una vida sin
compromisos, pensé que siempre que en algún momento sus decisiones serían el
separarse de mí, a pesar de que dormía con ella, comíamos juntos preparando lo
que nos apetecía. Si se trataba de discutir algún asunto importante, lo
hacíamos sin tratar de lastimarnos, pero
siempre pensé que algo no estaba bien y que ocultaba en su pensamiento: el
hecho de abandonarme para siempre.
Los últimos meses del año 1999 llegaron los
ecuatorianos estábamos expectantes esperando el cambio de moneda como una
medida urgente para sacarnos de la crisis económica en que los banqueros junto
con las mafias de la política nos habían metido. Para el año 2.001 el país
sufría las consecuencias de una banca rota que afectaba por igual a pobres y
ricos; claro con más fuerza a los
pobres.
Alfonsina me habló un día y me dijo:
- Javier
me voy del país. Voy a España, tengo un puesto de trabajo esperando por mi.
- Cuando
se va será el próximo año.?
- No,
me voy en ocho días
¡ Hasta en el ultimo destello de
luna te recordaré, no
solamente porque te amé
Sino
por lo difícil de alcanzarte!
Me quedé recordando los
versos del poeta: “la noche está callada y constelada/ puedo
escribir los versos más tristes esta noche”[2].
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